Conocer, aprender, implica establecer alguna relación entre lo nuevo y lo ya experimentado. Los “videos” de Lucía Seles -así los llama su autora- no se parecen a los de nadie, pero me recuerdan sensaciones vividas con algunas películas de Werner Herzog, como También los enanos empezaron pequeños, aunque más no sea por su originalidad, que obliga al espectador a inventarse una forma de recibirlos.
La pentalogía
Los personajes que protagonizan -sin ninguna jerarquía- la Pentalogía del odio están reunidos originalmente en torno a un complejo de tenis, del que Manuel es dueño y los otros son empleados -aunque raramente se vea a alguien trabajar-. Estos personajes son básicamente los mismos en las diferentes películas, al modo de una saga o un teleteatro. De un video al otro ellos evolucionan para irse concentrarse en su excéntrica esencia individual; las actuaciones devienen cada vez menos naturalistas. Sin embargo, pese a sus rarezas, cada personaje resulta inconfundible, aun si no es sencillo definirlos.
Uno de los personajes de contornos más nítidos -aunque paradójicamente se refiera a ella como “oscura”- es Marta, quien insistentemente se presenta como tenista, aun si profesora de tenis en funciones, y defiende su identidad de tenista como si en ello se le fuera la vida. Sergio, “el sanjuanino”, evoluciona en el arte de repetir lo que dicen los otros, de tal manera que genera en torno a cada frase la posibilidad de un sentido que por definición se nos escapa.
Por otra parte, no importando los que los mueva, cada uno de los personajes está determinado a buscar su objetivo contra viento y marea, por más absurdo o nebuloso que este pueda parecer. Así es como Luján -aun joven pero ya no tanto, permanentemente angustiada, dubitativa e hipersensible- emprende una suerte de peregrinación hacia la basílica de Luján, iglesia frente a la cual finalmente pasa de largo. Más que surrealista el relato se vuelve kafkiano, la aparente falta de sentido esconde razones desconocidas para nosotros aunque profundas para los personajes. Luján tampoco logrará tatuarse el dibujo del encendedor en homenaje a Sergio, pese a todas las idas al local de tatuajes y a todas las palabras que tanto ella como Sergio intercambian -y sobre todo repiten- acerca de la experiencia del tatuaje a la que Luján aspira.
El personaje de Susana -la madre de Sergio, que llega al pueblo de provincia de visita, desde su provincia más lejana: San Juan- adquiere de una película a la otra, mayor habilidad para disfrutar de la vida en sus expresiones más pequeñas. Recorriendo la terminal de micros o sentándose en una habitación de hotelucho, ante una ventana en la que normalmente nadie podría encontrar algo interesante, ella se siente plenamente feliz. La adquirida capacidad para ejercer la felicidad coincide con el desarrollo de su habilidad para encontrar belleza en lo más banal y sobre todo en ello.
Aunque desde cierta perspectiva los personajes de la Pentalogía del odio puedan parecer bizarros, las situaciones en que se los enfoca suelen ser cotidianas y la trama, por más vueltas que emprenda, no pierde su coherencia, aun tratándose de una coherencia interna despegada de cualquier referente. De hecho, aunque lata incesantemente la amenaza de un gran estallido, mediante una cuidadísima dirección y edición Seles sostiene la trama en un equilibrio más que perfecto, casi milagroso, que le permite la disección de conductas vulgares, buceando en las cuales consigue registrar aspectos de lo humano que resultan invisibles desde una panorámica. La inocuidad de lo observado termina siendo tan dudosa como la de una mosca vista al microscopio.
En este sentido, la trama de estos videos se asemeja a los textos de Felisberto Hernández. Sincerándonos, esos raros personajes son idénticos a nosotros mismos, solo que en nuestros aspectos inconfesables, ya sea por represión o mero auto-desconocimiento. Tanto Lucía como Felisberto capturan la psicología humana en sus márgenes, en el breve espacio donde las sensaciones no llegan a formularse con claridad cuando ya comienzan a perderse. Esa dimensión que acaso se pueda llamar subconsciente, término acuñado por Freud en cierto momento de su investigación y luego caído en desuso. Tanto Lucía como Felisberto son capaces de rescatar, volviendo su propia materia, esas vivencias que normalmente vemos con el rabillo del ojo durante una fracción de segundo sin llegar a tomar nota de lo que está sucediendo.
En la Pentalogía del odio, la repetición de líneas de diálogo genera un efecto mántrico y forma una melodía poética. El espectador, fascinado, permanece a la espera de cada reincidencia. Por un lado se produce cierta comicidad, por otro una sensación de realismo, dado que es propio de la comunicación humana la redundancia. Nietzscheanamente hablando, los personajes de Seles son demasiadorealistas.
El exceso es parte de la estética de esta creadora, así como de su ética. Dicho exceso permite, especialmente, canalizar mediante el humor la angustia que desborda a sus personajes, siendo Luján el ejemplo máximo de hasta qué punto el mundo es capaz de herir a las criaturas aun en niveles anodinos del devenir existencial. Con envidiable sutileza Seles camina por el borde del patetismo sin hundirse en él, siguiendo una veta melodramático-cómica, en cierta forma chaplinesca.
La forma en que las palabras juegan me recuerda a los textos de Marguerite Duras, que giran obsesivamente en torno a ciertas cristalizaciones lingüísticas, como por obra de cierta difícil digestión que llevara a una repetición tendiente a metabolizar las vivencias. La palabra cambia de naturaleza, se hace cosa, muta en una suerte de materia moldeable, convirtiéndose en figura protagónica más allá de sus posibles significados. Las frases adoptan formas coreográficas, recortándose de los supuestos propósitos que devienen mera excusa para una acción en todos los casos emocionante -lo ameriten las circunstancias o no-.
Esto, que los intelectuales gustan llamar “un trabajo sobre el lenguaje”, se complejiza con la ocasional intervención de ciertos subtítulos, que funcionan con independencia de los diálogos, por lo general comentando aspectos tangenciales, y están escritos en letra pequeña y en una lengua propia de Seles, mezcla sui generis de inglés y español. Esos “subtítulos” surgen a modo de una voz entrometida y juguetona, traviesa, realizando sugerencias a la mirada y que tímidamente se ofrece cual cómplice, compitiendo contra la imagen y su consabido poder. Cuando estas palabras aparecen, obligan al espectador a optar entre leerlas o seguir concentrado en las vicisitudes del relato visual. Algo así nos sucede también con los subtítulos de las películas en lengua extranjera, así como con los films de esos cineastas que saturan el cuadro de acciones diversas y sin orden jerárquico -Tati, Altman-. En todo caso, esa voz en sordina pero algo molesta, disruptiva, funciona como una advertencia: No crean que lo están percibiendo todo, no aspiren a la totalidad. Relájense.
Estos videos de Seles conforman un universo en el que uno querría seguir orbitando. Ojalá la pentalogía se extienda, y sus entrañables personajes continúen el impredecible proceso de cambio para ser cada vez más ellos mismos.
Montevideo
Empecé a ver Nocturnos de Montevideo de mí misma, un documental sobre la relación entre Lucía Seles y Montevideo, con cierto recelo. Difícilmente su Montevideo y la mía habrían de coincidir. La visión de ella competiría con las imágenes de mi ciudad íntima, esa que me fui forjando, que me ha ido forjando a mí, a lo largo de medio siglo y un lustro. Pero estaba decidida a ver todas las películas de Seles que pudiera y me planté ante la pantalla una mañana de domingo otoñal tan nublada como las que le gustan a ella.
El video consiste en un diálogo que Lucía establece con el espectador, pero su voz se expresa por escrito, mediante líneas como de chat, en su personal spanglish. Este diálogo se da a lo largo de varios paseos que incluyen la terminal de ómnibus de Tres Cruces, el Estadio Centenario, el Cementerio del Buceo y la zona céntrica, lugares por los que ella se traslada a pie, en ómnibus y en taxi.
En la terminal de Tres Cruces los ómnibus que entran y salen son filmados como si fueran los personajes de un film de acción. En el Estadio Centenario, el punto de vista cuidadosamente excéntrico, me llevó a preguntarme por primera vez -pese a haber transcurrido la mayor parte de mi vida a pocas cuadras- qué será lo que contienen los muchos pisos de la Torre de los Homenajes, resaltada en su cualidad fálica con evidente sentido cómico. Contra quién jugaba Racing ese día ni me fijé. Seles centró la visión en la nuca de una pareja de veteranos espectadores, luego en la zona de carritos dispensadores de alimentos y más tarde en las butacas, mayormente vacías, que fotografió para luego hacer imprimir y poder recortar. Fue un poco como volver a la infancia, cuando mis padres me llevaban con ellos a ver fútbol y yo centraba mi atención en cualquier otra cosa.
La mirada de Seles no obedece a ninguna agenda de lo importante, de lo que supuestamente hay que ver, sino que se aboca a todo lo demás. Así es cómo en el Cementerio del Buceo apenas muestra las tumbas con monumento; en cambio recorre los nichos y como al pasar, al fondo deja bosquejarse brevemente una de las postales emblemáticas de la Montevideo turística: la rambla del Buceo. Saliendo del cementerio sigue por los caminitos de las viviendas del complejo habitacional que está enfrente -mi Montevideo le habría contado a la suya sobre un antiguo conocido que tuvo que mudarse de allí porque su ventana daba a la tumba de su madre-.
Me conmovió especialmente el registro que hace del Centro. En particular el recorte de ciertas esquinas y de ciertas edificaciones que tienen algo indefinible y propio de esta fantasía en alguna medida compartible -queda demostrado- llamada Montevideo. Por ejemplo la esquina posterior al callejón de la Universidad, entre el neogótico edificio de la Iglesia de Cristo Científico, el edificio San Felipe y Santiago -del misterioso Pittamiglio- y la cancha deportiva del Liceo IAVA. La atención de la videasta sugestivamente privilegia también la fachada de algunos edificios ni históricos ni culturales, incluso comerciales, que uno ha visto un sinnúmero de veces pero a partir de ahora, probablemente, de otra manera.
Acerca de lo que Seles denomina la “confitería” del Hotel Klee, mi Montevideo no dejaría de contarle que mi abuelo, el pintor de paredes, tuvo a ese hotel como principal cliente durante años. Allí el video se adentra en un no lugar, porque esa cafetería es como todas: solo una función, el mero soporte de quien se encuentra en tránsito. Pero en el anonimato Seles imprime su propia subjetividad. Asoman las puntas de las biromes bic y los rulos de las encuadernaciones que lleva e incluso, en determinado momento, ella misma atraviesa el fondo del cuadro. (Algo similar puede apuntarse respecto de Gallega invernal -otro de sus videos- en el cual la videasta extrema su forma peculiar de llenar el no lugar con los contenidos de su imaginación, para el caso la “confitería” Manhattan, situada en el centro de La coruña.)
La escena final, en una Montevideo bajo lluvia, es apoteótica. Consiste en un diálogo entre la esquina de Colonia y Rondeau y la esquina de 18 de julio y Yi. En la primera hay un local de tatuajes donde fue el Lindo Bar, en la segunda la espalda de Gardel protagoniza la acción desde el frente del bar Facal. El diálogo conforma un extenso lamento, un llanto, una especie de réquiem que -paradójicamente- celebra la vida de los montevideanos, como quien fotografiara plantas nacidas en las grietas de unos muros decrépitos. Uno comprende que esta lamentación se fue conformando a lo largo del cementerio tanto como a través de los extensos fragmentos sonoros de una entrevista radial con Iván Loriente, en la que el basquetbolista expresa su angustia e ideas suicidas -recordemos que Montevideo es uno de los lugares del mundo con mayor índice de suicidios-.
El collage que realiza Seles, colocando las tomas de una y otra esquina en una suerte de plano-contraplano, la voz de Gardel mezclada con la de Zitarrosa y ambas rematadas por un comentario de la guitarrista Olga Pierri, forma una imagen insuperablemente realista de la poética y trágica nostalgia que da a Montevideo uno de sus colores más característicos: el de una falta de futuro que viene desde un pasado tan lejano como presente.
Justo antes del diálogo entre las dos esquinas, la menuda letra en que Seles escribe dice: “y para mí at Montevideo / una casi que quiere / organizar muertes”. Sin embargo, lo último que oímos en la voz de Olga es el mensaje de la salvación posible: “Qué importante que fue para mí la guitarra. Me hizo vivir, digamos, un momento fuera del mundo”.
