El pasado lunes 30 de marzo, en la apertura del 44º Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, que tuvo lugar en el Teatro Solís, la directora de Cinemateca, María José Santacreu, dio un discurso de carácter casi ensayístico detonado por los dichos de Wim Wenders en el Festival de Berlín.
El eje del discurso aparece desde el comienzo, aunque no haya quedado registrado en este texto porque tarde se me ocurrió empezar a grabar: el icónico “how dare you?” (“cómo se atreven”) de Greta Thunberg, tomado como una especie de disparador. A partir de ahí, Santacreu lo usa para apuntar contra una idea que reaparece —la de separar el cine, o los festivales, de la política— y lo va desplegando en distintos niveles:
“Ese “cómo se atreven” tuvo hace un par de meses su versión en festivales de cine, cuando el jurado del Festival de Berlín, presidido por Wim Wenders, nos explicó que —escuchen bien— no era justo que los obligaran a pronunciarse políticamente.
Últimamente se ve mucho esto: tomar como parámetro de la justicia la comodidad de los que ya están, de por sí, muy cómodos. Y lo notable de lo que pasó en febrero es un gran “¿cómo se atreven?” a decir que cine y política no se mezclan desde el propio seno del Festival de Berlín, un festival que no sé si se imaginan por qué se creó en Berlín en 1951. Deben pensar que somos medio bobos.
Festivales y política siempre han ido de la mano. Cannes nació para contrarrestar el Festival de Venecia, creado por la Italia fascista de Mussolini. Berlín, claro, en una ciudad dividida por la Guerra Fría, para mostrar las bondades de la democracia y del capitalismo. El primer festival de América Latina fue creado en 1951: el de Punta del Este. Y en su inauguración pudimos ver a dos presidentes de Uruguay: el de aquel entonces, Luis Batlle Berres, y el del futuro, su hijo Jorge Batlle.
Aquel festival de Punta creó un pequeño terremoto cultural, porque Carlos Quijano, director del semanario Marcha, les dijo a los críticos de cine del semanario que estaba totalmente en contra de cubrirlo, ya que consideraba que el evento no era más que una excusa de un promotor inmobiliario para vender terrenos en Punta del Este.
Homero Alsina Thevenet le dijo que, dijera lo que dijera, él no iba a dejar de escribir sobre aquellas películas, las trajeran por las razones que las trajeran. Es ahí donde la crítica rioplatense descubre a Bergman —unos dirán que es un mito, otros dirán que no; nosotros decimos que no—. También ahí se pudo ver Rashomon, de Kurosawa, y Umberto D., de De Sica.
Para que tengan una idea de en qué medida impactan los festivales en la historia cultural de un país, Alsina Thevenet se peleó con Quijano. Quijano lo despidió. Van a juicio. El abogado de Alsina era Darío Queigeiro, esposo de María Esther Gilio, una de las periodistas más importantes del Río de la Plata. Alsina gana el juicio e invita a todos a comer. Ese era el valor del trabajo periodístico en aquel entonces.
Ayer estuve viendo imágenes de ese festival de Punta del Este y, mirando esas imágenes, muchas de ellas de nuestro archivo, me encontré con algo: ahí aparece Elina Berro. Elina Berro era cancionista y humorista uruguaya. Y yo me pregunté: ¿existirían imágenes en movimiento de Elina Berro si no hubiera sido por el festival de Punta del Este?
Luego de aquella fulgurante edición de 1951, el festival de Punta del Este decayó. Para desgracia de los cinéfilos, probablemente Quijano tenía razón: no se vendieron suficientes terrenos para sostenerlo.
Pero en 1954, Juan Domingo Perón inauguró el Festival de Mar del Plata. Sí, ese, que una de las primeras medidas del gobierno de Javier Milei fue prácticamente destruirlo. Ah, pero los festivales de cine y la política no se mezclan.
Imagínense pensar eso en un festival como el nuestro, que nació en 1982, en plena dictadura uruguaya. Y que haya nacido en dictadura es tan casual como que el Festival de Berlín haya sido creado en el Berlín de la Alemania dividida.
Ayer me acordé de que en aquel festival de julio-agosto de 1982 hubo una película argentina que no se pasó. Era Quebracho, de Ricardo Wullicher, que estuvo 19 semanas en cartel en 1974, hasta que su director fue amenazado de muerte y tuvo que exiliarse.
La película relata las luchas obreras en el marco de la explotación forestal del quebracho por empresarios ingleses. Y yo pensaba: qué raro que esta película esté en este festival en plena dictadura. Claro: 1982, Guerra de las Malvinas.
Según el boletín de nuestro primer festival, la película había vuelto a los cines de Buenos Aires con el beneplácito oficial, justamente por la guerra. Pero para cuando llegó el Festival de Montevideo, la guerra había terminado. Y la película se prohíbe.
Las dictaduras no pueden ni siquiera convivir con sus propias contradicciones.
Este festival que inauguramos tiene una sola aspiración, que es la misma que tenemos como ciudadanos: estar a la altura de los tiempos que corren. De los tiempos políticos, sociales, artísticos, cinematográficos.
Pero si, fruto de los complejos tiempos de la historia, uno se equivocara, al menos aspiremos a corregir nuestros errores de juventud y envejecer como Jürgen Habermas, y no como Wim Wenders.
Este festival también nos compromete a estar a la altura de lo que ustedes esperan de nosotros. Por ejemplo, ayer me escribió Enrique, nuestro socio número 25.721. El asunto del mail era “agradecido y contrariado”. El problema era que Enrique, junto con Elvina, nuestra socia 25.722, quieren ver cuatro películas por día… y no pueden. Ya les sugerimos una solución.
Así que a ellos, y a todos los que a partir de hoy van a luchar por ver la mayor cantidad de películas posible en estos 14 días de festival: bienvenidos, y muchas gracias.”
