La Odisea sin autor

Lo nuevo de Christopher Nolan llega a Uruguay en 35 mm, disponible solo en Cinemateca

Frente a la digitalización cada vez mayor de todos los medios audiovisuales, insistir en el uso de tecnología del siglo XX para llevar a cabo uno de los artes más caros que existen puede parecer caprichoso, pero en el caso del director inglés Christopher Nolan la elección está respaldada por una pasión confesa y por más de 25 años de trayectoria.

Debido a la complejidad que esto suscita conviene reparar en qué tecnología específicamente quiso emplear para esta ocasión el director de la trilogía de Batman: negativo de 65 mm que luego se exhibe en 70 mm, y el sistema de proyección IMAX, el cual, mediante pantallas de 18 por 24 metros genera un nivel de inmersión enorme. Por sus costos tan elevados estos formatos luego de su aparición en 1968 jamás se masificaron; hoy hay en todo el mundo solo 41 salas de estas características distribuidas en 6 países -las únicas que verán la película tal como pretendía el director-, y aunque el espíritu quijotesco del mayor archivo fílmico de Uruguay acompaña y celebra la misión del cineasta británico de no perder el rango y la textura de la imagen, lo que la distribución de la película puede procurar es hacer llegar al mundo las casi tres horas de metraje en un formato de encanto y relegación similares, pero muchísimo más accesible.

El viernes 10 de julio Cinemateca exclamaba con entusiasmo a través de sus redes sociales la llegada de 9 rollos de película de 35 mm: nada menos que la adaptación de La Odisea de Homero, una de las obras fundamentales de lo que el crítico estadounidense Harold Bloom definió como El canon occidental, y parte de esa interminable lista de clásicos que la gran mayoría reconoce sus personajes y argumentos pero casi nadie leyó. Llama la atención que luego del éxito de Oppenheimer –la cual fue la anterior oportunidad que tuvo Cinemateca de proyectar un estreno en este formato fuera de sus ciclos mensuales-, Nolan haya optado por algo tan profundamente ambicioso.

La Odisea y sus adaptaciones al cine son rastreables al menos hasta 1911, con L‟Odissea (1911) de Francesco Bertolini, pero podemos decir que la más recordada y el antecedente directo de la presente es Ulysses (1954) de Mario Camerini, con Kirk Douglas estelarizado como Odiseo y un reparto de grandes estrellas de la época. Presentar estos antecedentes sirve más como coordenada que como punto de comparación; el crítico André Bazin ya manifestó en su ¿Qué es el cine? (1958) que la fidelidad en estos casos es ilusoria, lo que importa es “la equivalencia de sentido y efecto”. De esta manera es que, por marcar un caso ejemplar, mirar El evangelio según San Mateo (1964) de Pier Paolo Pasolini y La última tentación de Cristo de Martin Scorsese (1988) acaba por producir, sobre un mismo argumento, significados totalmente distintos.

Desde que comenzó a divulgarse información sobre el elenco a principios del año pasado fue deslumbrante enterarse de la cantidad de estrellas de primer orden que encarnan a personajes tan emblemáticos como Penélope (Anne Hathaway), Telémaco (Tom Holland), Atenea (Zendaya) o el propio Odiseo (Matt Damon). Esto también generó escepticismos sobre la posible calidad de la obra; qué tan mainstream iba a ser, qué tan rigurosa, viniendo de un director que, entre los más taquilleros y exitosos de Norteamérica, es de los que aún es calificado como un “cine de autor”, ajustándonos todavía a este título tal como lo definía Cahiers du Cinema; ese fenómeno en que la voluntad del artista no solo sobrevive a los avatares de la industria sino que justifica las imágenes logradas. Hoy, en el ámbito comercial, por obras como La Odisea, este concepto se encuentra en una gran disputa.

Cierto es que poco le importa al cine la pasión que se puede llegar a sentir por él y las múltiples ofrendas que se le presentan como la reivindicación en este caso de una forma de proyección, pero la taquilla sigue siendo el factor determinante de lo que el posible autor puede llegar a hacer con su obra cuando realiza una carrera profesional, como es el caso de Nolan, el cual siendo artífice de algunos de los mayores éxitos del siglo cuesta encontrarle novedad y, en ocasiones, siquiera una intención de construir otra impronta.

El posible sello autoral de Nolan –como el de cualquier director– podría basarse en algunos principios de estilo fácilmente reconocibles: fragmentación del tiempo narrativo, montaje trepidante, y un gusto por personajes en situaciones morales extremas. Sin embargo, cuando uno mira La Odisea puede probarse muy rápido que si la marca del director se redujera a elementos tan simples no valdría la pena plantear el asunto. Al tratarse de una adaptación de este calibre este problema se nota aún más, porque a pesar de que como película de acción y aventuras el profesional de la industria cinematográfica Christopher Nolan consigue, una vez más, resultados muy óptimos, La Odisea es entretenida, el argumento no sorprende, es conocido, por lo tanto lo que se puede esperar en un proyecto como este es que, en algún momento de las casi 3 horas que dura la película, se asome un poco el autor, en forma de experimentación, de búsqueda de algo más.

En comparación a Oppenheimer o Dunkerque donde Nolan demostró, no de manera total y balanceada pero sí en unas cuantas escenas clave su capacidad de ofrecer tratados singulares e interesantes, en La Odisea que es donde formalmente más se lo pide a gritos apenas se llega a esta situación. Hay actuaciones correctas como es el caso de Matt Damon, en un protagónico que sorprende, olvidables como lo es Zendaya, destacables como la de Robert Pattinson y sobre todo de algunos secundarios como John Leguizamo, Himesh Patel, Samantha Morton, particularmente notable en su rol de la bruja Circe en una las secuencias más ricas de la película, una presencia que se ha vuelto llamativa en Nolan desde Tenet (2020) como lo es el actor galés Andrew Howard, recordado desgraciadamente por el remake de Escupiré sobre tu tumba (2010), actuaciones flojas como Elliot Page –sorprende que así sea–, y gravemente malas como es el caso de Tom Holland en un rol además central; Telémaco queda reducido a un muchacho torpe que pulula por Ítaca.

La estandarización industrial de La Odisea de Christopher Nolan deja a todos sus espectadores privados de, precisamente, acceder como ya lo hemos hecho en Oppenheimer o Dunquerque, a la que podría ser la visión del director sobre una de las cumbres de la cultura occidental. Es posible realizar cine de calidad adentro del negocio, en cuanto a Nolan, aguardamos que la próxima esto ocurra.

A no perderse los 35 mm que ofrece Cinemateca en una de las mejores salas del país, -la única que puede proyectar en fílmico en Uruguay, en los demás cines será digital-. Entradas a la venta en la web de la institución que vuelve a reafirmar, por encima de todo, el amor por el cine.

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