APUNTES SOBRE EL MONFIC

Balance al cierre del 16° Festival de Montevideo

zama de lucrecia martel
Zama (2017), de Lucrecia Martel, una de las destacadas en esta edición del MONFIC.

Ayer domingo 5 de Noviembre finalizó el MONFIC, Festival de Cine de Montevideo, organizado por Movie, que se llevó a cabo durante dos semanas en sus salas del Shopping Montevideo. A modo de balance, repasamos algunas de las muestras y funciones que nos importa destacar y compartimos algunos apuntes que tomamos durante estos días.

Esta edición en particular presentó la gran novedad de incluir entre sus ciclos una muestra retrospectiva de cine nacional, donde se exhibieron algunas películas muy difíciles de conseguir (como El Chevrolé (1999) o El Viñedo (2000)) y otras más accesibles pero no tan fáciles de encontrar en una pantalla grande (Reus (2010), El Viaje hacia el Mar (2003)). De entre todas, destacamos la elección de El Dirigible (1994), una película/trauma del cine uruguayo, a la cual siempre es conveniente volver, por múltiples razones.

A su vez, estas funciones sirven como recordatorio (y deberían alertar a las instituciones públicas responsables) del grave estado de situación que atraviesa el patrimonio fílmico en nuestro país: las exhibiciones de El Chevrolé y El Dirigible (las dos a las que asistimos) fueron hechas a partir de cassettes BETA digitalizados, cuando en realidad se tratan de dos películas producidas en 35mm. Esto deviene no sólo en una pérdida de calidad notoria, sino en una variación del formato de la película (el aspect-ratio), pasando de un 16:9 a un 4:3. No sabemos de las gestiones realizadas, pero si la organización se hubiese dispuesto a encontrar una mejor copia en digital, es muy probable que no la hubiese conseguido.

Otro aspecto a celebrar es la decisión de incluir un ciclo de cine nacional en el programa y de asociar el evento al Día del Cine Nacional que organiza el ICAU (el 4 de Noviembre) para el cual el festival programó una sala con películas uruguayas. Del ciclo, cabe mencionar que se trató principalmente de co-producciones minoritarias de Uruguay con otros países, lo que, a nuestro criterio, podría mejorarse incluyendo producción nacional mayoritaria.

La programación tuvo varias películas dignas de mención, siendo Zama (2017), de Lucrecia Martel, la que nos alegró por sobre todas las otras.

Por último, esta edición presentó un esfuerzo por definir el perfil del evento. Nos parece importante que surjan espacios que persigan formar una identidad y reflexionar sobre qué cine acercan a sus espectadores y de qué forma. En este sentido, lo que lamentamos es que, como festival, el evento prescinda de la pata más significativa, la que define a los festivales como tales, que es la competencia oficial y los jurados. Sin desmerecer el enorme esfuerzo que significa organizar y establecer en la agenda cultural una muestra de estas características, sigue siendo una pendiente de este evento que ya alcanza su edición número 16°, redoblar la apuesta y convertir esta instancia celebratoria en una instancia de competencia.

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  • panko

    Lo que “define a un festival” es justamente su carácter celebratorio y de encuentro. En ese sentido el Monfic lo sería, al igual que lo es la Fiesta de la Cerveza de Paysandú.

    Lo que no tiene el Monfic para ser un “festival de cine” es una curaduría estricta, una decisión estética y política que diga algo sobre el cine que se va a proyectar. El Monfic es, fue y al parecer será, una muestra de pre estrenos o lo que es peor, un lapso en el cual una compañía exhibidora decide poner en pantalla las películas de las que ostenta derechos pero no piensa estrenar.

    Eso, y no la ausencia de “la competencia y lo jurados” aleja a esta muestra de un verdadero festival.

    El Festival de Toronto no tiene competencia oficial (más allá de que se dan algunos premios) pero lo que tiene es una programación pensada y justificada, la idea de compartir con el público las mejores películas del año y el compromiso de que las películas que nunca llegaría a esa ciudad, se puedan ver y discutir con sus realizadores.

    El Monfic es un negocio de la gente que hace todo lo contrario: no permitir que en sus salas se pueda ver el mejor cine de todo mundo, sino solo lo que ellos han comprado.

    Que haya un “espacio” para el cine uruguayo es una burla, ya que todos conocemos cuál es el trato cotidiano a las películas uruguayas. Suena más a cola de paja que a compromiso cinéfilo.

    Que se llame festival y haya usurpado el nombre de la ciudad es una afrenta a los festivales y a los montevideanos.

    Por suerte ya no cuenta con la bendición de los críticos que ahora que ya no son socios de “la empresa” pueden enojarse por los doblajes.