EL DIRIGIBLE (1994)

Con motivo de la proyección de El Dirigible que llevará a cabo hoy y mañana el Festival MONFIC en marco de la retrospectiva de cine uruguayo, revisamos la película de Pablo Dotta. 

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En una charla con Pablo Dotta a la que asistí hace dos o tres años, luego de que se proyectara El Dirigible, el director hizo una suerte de catarsis con el público, en la que no dio lugar a que le hicieran preguntas. Según dijo había visto solo las últimas escenas pero hacía quince años que no veía nada de su película. Emocionado y conflictuado, terminó la charla diciendo que él cada vez que volvía a Uruguay, todavía se sentía como esa mujer del final de su película, que camina por la rambla llorando, abajo de la lluvia.

Uruguay tiene una relación extraña con sus películas, como si nunca lograra darle su lugar correspondiente a cada una. Salvo escasas excepciones que gozan de cierto reconocimiento aceptable y medianamente indiscutible, lo normal para las películas uruguayas es una suerte de deriva luego de su fecha de estreno. Por eso ésta nota no puede empezar diciendo que El Dirigible es una película de culto, aunque quizá sí lo sea. Pero es necesario preguntarse,  ¿para quién realmente? Da la sensación de que todavía nos seguimos preguntando, ¿al final era buena o era mala? El Dirigible nunca logra posicionarse, más allá de los años que han pasado, de los premios que ganó en su momento y del reconocimiento de muchos a posteriori, como la película que quiso ser.

Es evidente que cualquier conclusión que se intente sacar sobre la historia del cine nacional estará basada en diagnósticos apresurados, porque no es sencillo rastrear patrones sostenidos por mucho tiempo y porque la producción no es tan abundante, aún hoy, aunque sí es más sostenida. Sin embargo, contra la naturaleza propia de nuestro cine, parece haber un empeño por sacar conclusiones apuradas y resolver que sí hay patrones de conducta y que todo lo que se hace se parece, o que no es lo que nuestro cine necesita; algo que parece venir justamente de la época de El Dirigible, que intentó ser dejada como esa película rara que nadie entendió, por poética y poco amigable.

Es difícil rastrear las críticas de esos años hoy en día, pero para las generaciones jóvenes que recién nacíamos cuando se estrenaba, la leyenda cuenta que el comentario era algo así como “esto no es lo que necesita el cine uruguayo en este momento”, que probablemente buscaba emparentarse con el renacer del cine argentino de esos años, con películas más de género o más cercanas a una narrativa convencional, clásica. Una maniobra muy poco efectiva y de una torpeza brutal. Esto de alguna forma explica una serie de consecuencias directas: que El Dirigible determinara el fin de Pablo Dotta como realizador de largometrajes de ficción, y que nunca más se volviera a hacer una película como aquella.

 

Pablo Dotta, el director de El Dirigible

 

Es cierto que la carrera de Dotta no terminó ahí y que el director continuó trabajando en televisión, en publicidades y en otro largometraje que fue Jamás leí a Onetti (2009), aunque ya en el terreno documental. Y aunque no haya tenido solo detractores, sino también algunos que estaban afín de su propuesta y sus búsquedas (había hasta un graffiti que decía “yo entendi El Dirigible”), no deja de ser el único ejemplar de su tipo (grandilocuente, poética, estética y personal) cuyo legado quizá solo podría haberlo continuado su propio impulsor.

Nada cobraría este aire tan misterioso ni legendario si estuviéramos hablando de una película cualquiera de un director cualquiera. Al verla hoy, a veintitrés años de su estreno y en una pantalla de cine, hay una serie de ideas que aparecen con claridad. Se trata de una película grande, que salió 800.000 dólares, que se mandó a Cannes como la primer película uruguaya (el país con la historia del cine más reiniciada del mundo), que tomaba a Onetti -uno de los autores más reconocidos de nuestro país- como hilo conductor de su trama, y sobre la que evidentemente había mucha expectativa. Por supuesto, al ser exhibida no dejó contento a nadie. Claro, se trata de una película que Uruguay no quiere ver y que ningún país quiere que le hagan. La película trasmite el espíritu de las novelas y los cuentos de Onetti, ese aire de pueblo cansino, espeso, de una existencia vaciada de sentido en manos de una idiosincrasia por lo menos patética. Este es el aire que se respira en toda la obra de Dotta, que en realidad no está basada ni toma ningún fragmento de su literatura, pero que llega infinitamente más cerca de su espíritu que otros que sí han tomado más al pie de la letra sus historias, como Alvaro Brechner en Mal día para pescar (2009), una adaptación que parece no haber entendido nada -ni haber querido entender nada- de los mundos sobre los que escribía Onetti.

Como la definiera el propio escritor quien murió antes de que estuviera terminada, El dirigible es “una locura”, que replica como suceso lo que evidencia en su trama: éste es un país que no se quiere ver a sí mismo y que todo lo que se haga sobre él será tomado como un ataque personal de no ser condescendiente. También adelantó que Uruguay es un país propenso a tener una relación poco amigable con su cine; porque dejar que una película como ésta se pase de largo y se pierda en la deriva habitual, no es lo más normal, considerando que antes no había nada. Cierto que se trata de una película difícil, que antes que un buen cuento es arte. ¿Pero habría que haberla condenado por eso? ¿No era mejor que películas así siguieran pasando? ¿Era buena o era mala? Yo pienso que sí y otros pensaran que más o menos. Pero, ¿importa?

Las preguntas sobre ella siguen siendo pertinentes, porque si algo le pasa a El Dirigible, en cada revisión, en cada nueva proyección, es que revive y vuelve a plantearnos las mismas cuestiones y a dejar en claro su postura y su discurso que sigue allí, vivo, intacto, válido.


Título original: El Dirigible / Año: 1994/ Duración: 87 min. / País: Uruguay, Reino Unido, Francia, México, Cuba / Director: Pablo Dotta / Guión: Pablo Dotta / Música: Fernando Cabrera / Fotografía: José María Ciganda, Miguel Abal / Elenco: Laura Schneider, Marcelo Bouquet, Eduardo Miglionico, Gonzalo Cardozo, Ricardo Espalter / Empresas Productoras: Nubes Montevideo / Channel 4/ Centro de Capacitación Cinematográfica/ ICAIC/ Universidad de Guadalajara

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  • Juan Andrés Belo

    Algunas acotaciones posteriores, que hago a título personal. Son diferencias que, como editor de la revista, prefiero hacer públicas antes que dejarlas en una discusión interna, porque creo que aportan:

    1. El graffiti “yo entendí El Dirigible” aparecía firmado por José Feliciano, que es un cantante ciego, lo que no da a pensar que se tratara de gente muy “afín”.

    2. Si bien quizá decís que “antes no había nada” más como un exabrupto sentimental que como un dato histórico, me parece que la idea es poco afortunada, porque estás ignorando las películas del ’60 de Jacob, Handler, Musitelli, Ulive, entre otros; las de los ’80 de CEMA y Grupo Hacedor, entre otras; Mataron a Venancio Flores, de Rodriguez Castro; Un Vintén pal Judas, de Ulive (que se perdió, pero no importa), Más allá de Rio das Mortes, de Fabre y Serés, El Pequeño Héroe del Arroyo de Oro, de Carlos Alonso, y al menos otras cuatro decenas de películas que por fallidas, truncas, malas o pésimas, si fuera el caso, no merecen el desdén de ser omitidas como “nada”.

    3. Es cuestionable afirmar que no se ha vuelto a hacer una película como aquella: Alma Mater de Álvaro Buela (por no nombrar sus posteriores, de menor porte) es semejante a El Dirigible en muchos sentidos… Whisky, aunque exitosa, es extrañísima, al igual (o incluso menos) que Hiroshima… La Vida Útil, si bien es más simpática, también es “poética y poco amigable”, y creo que son varios los puntos de contacto de El Dirigible con Los Enemigos del Dolor, de Arauco Hernández… Creo que podría nombrar más.