Montevideo es la ciudad perfecta para retratar el amor. El aire un poco nostálgico, la rambla, las luces del Parque Rodó, el Palacio Salvo como testigo omnipresente de toda la ciudad y el Río de la Plata besando sus costas (entre un millón de otros aspectos más que se podrían enumerar acá) son el escenario ideal para que se desarrolle una historia de amor. Dentro del concepto de “historia de amor” hay un abanico inmenso de posibilidades: aquellas que acaban bien, las trágicas, las más fantasiosas, y también las que son vestigio de que, a veces, el amor tiene implícita cierta lucha. En esta última categoría se encuentra El amor que sangramos, el cortometraje animado de Anita Aranha que se proyectó el pasado lunes 13 de octubre en la Sala Camacuá en el marco del Festival de Cine Nuevo.
Ya desde el vamos, con el título, la temática del corto queda clarísima: el sufrimiento y los sacrificios que conlleva amar. En palabras de su directora, la búsqueda del proyecto estaba en abordar el amor no solo desde lo romántico, sino que abrir la perspectiva e incluir aquellas partes un poco más agridulces del sentimiento.
La elección de Montevideo como escenario no es casualidad. En un artículo en la página web de la Universidad ORT, Aranha afirmó que decidió que transcurra en la capital porque esta fue piedra angular en su propio proceso personal. Allí también explicó que el rojo le parecía el color ideal para teñir su proyecto porque servía para ilustrar las dos caras del amor: su intensidad y a la vez el riesgo que viene con él.
El comienzo presenta a un Montevideo rojizo, donde está presente el Salvo. En ese primer instante surge la ¿llama? ¿estrella? ¿el fueguito? que va a simbolizar, durante los casi 5 minutos del corto, el amor entre los protagonistas. A lo largo de su historia, Luna y Aries, luchan contra una especie de sustancia acuosa y negra y que pretende apagar el símbolo brillante y cálido que representa su cariño. Cuanto más pelean juntos contra dicho líquido, más se fortalece su llama/estrella/fueguito.
“¿No te parece que es como mágico que dos personas se amen de la misma manera al mismo tiempo? Ese tiempo en el que coinciden, no importa qué tan largo sea, es como un milagro ¿no?” le dice Luna a Aries mientras están acostados en la cama. Pensamiento recurrente, sobre todo en la literatura que va sobre historias de amor, la idea del coincidir.
Roland Barthes, en Fragmentos de un discurso amoroso (1977), al hablar sobre el concepto del encuentro dentro del marco del amor afirma que “la figura (del encuentro) remite al tiempo feliz que siguió inmediatamente al primer rapto, antes de que nacieran las dificultades de la relación amorosa”. Al comienzo del vínculo entre Luna y Aries vemos cómo comen papitas picantes en el parque, comparten auriculares (¡de cable!) en el ómnibus, se bañan juntos, y miran películas.
Eventualmente, vemos que Luna está luchando sola contra la sustancia acuosa, y la distancia emocional con Aries es cada vez más evidente. Ahí es cuando entra en juego el título de la obra, y con ella la ruptura del suelo metafísico en el que habitaba su llama/estrella/fueguito del amor. El quiebre los obliga a alejarse físicamente, quedando uno de cada lado de la grieta, pero la lejanía ya venía de antes. En las escenas siguientes la rutina de Luna sigue igual, solo que ahora ya no es más compartida, y el recuerdo de Aries sobrevuela sus actividades cotidianas de la misma forma que el corpus barthesiano afirma que, en aquel que ama, una imagen o una palabra pueden resonar dolorosamente.
Barthes, parafraseando a Sigmund Freud en Duelo y melancolía (1915), explica, en cuanto al exilio en el plano romántico que “en el duelo amoroso el objeto no está ni muerto ni distante. Soy yo quien decido que su imagen debe morir (y esta muerte llegaría tal vez hasta a escondérsela). Durante el tiempo de este duelo extraño, me será necesario pues sufrir dos desdichas contrarias: sufrir porque el otro esté presente (sin cesar, a pesar suyo, de herirme) y entristecerme porque esté muerto (tanto, al menos, como lo amaba). Así, me angustio (viejo hábito) por una llamada telefónica que no llega (…)”.
En un lapso de tiempo inconcluso se ve que Luna está disfrutando, en ese Montevideo rojo, de hacer sola las actividades que hacía con Aries. Es en este momento que uno de los dos trata de contactar con el otro por teléfono, pero se rinde: no encuentra las palabras justas (idea muy interesante si se tiene en cuenta que los únicos diálogos de todo el corto son el previamente citado sobre coincidir y uno intercambiado por mensaje). ¿Estaba Luna esperando que la contacte de nuevo? Probablemente a esta altura ya no porque ya estaba cicatrizando. En ese momento, alguien toca el timbre.
