La recientemente estrenada película Ponsonbyland – La trama de la identidad, de Ramiro Cabrera, es un documental basado en una investigación original que constituye un admirable acto de sinceramiento explicando, en alguna medida, cierta inconsistencia propia de nuestra identidad como uruguayos. De él se desprende esta enseñanza: si bien todo relato de origen es -como tal- una ficción, la mala conciencia de una verdad arteramente reprimida en el nacimiento de nuestro país sigue teniendo consecuencias sobre sus habitantes.
Las siguientes líneas no constituyen en sentido estricto ni una reseña ni una crítica, son el producto de la reflexión personal que la película me provocó. Eso sí: no hubiera llegado a comprender cuestiones medulares de la identidad uruguaya sin haber visto Ponsonbyland.
Para comprender la falta de consistencia en la percepción de nuestra nacionalidad no basta con analizar el nombre de nuestro país -aunque el documental no lo omite-, que es apenas una vaga indicación geográfica. La “Banda Oriental”, la “República Oriental del Uruguay” no denota más que una franja de tierra costera sobre el Río Uruguay. Sobran los nombres que en su origen no quieren decir nada pero pueden llegar a significar mucho, aunque este no es el caso.
Todos los uruguayos hemos escuchado en la escuela la cantinela del “proceso independentista”. Algunos también escuchamos, fuera de la escuela, algo de la versión soterrada de la invención del país por parte de los ingleses, en favor de sus intereses comerciales, vehiculizada por la intervención del diplomático Lord John Ponsonby. De eso, cuando se habla, se dice poco. Pero más allá de la información, quien más o quien menos, percibe de alguna manera el origen dudoso.
A diferencia de nuestros “hermanos” argentinos -de los que fuimos separados al nacer-, que en la fecha de su declaratoria de la independencia en buen número llevan la escarapela nacional en la solapa, nosotros ya casi no recordamos qué fue lo que pasó -o supuestamente pasó- en la fecha de cada feriado patrio. Los argentinos apoyan a su selección como a la patria misma, nosotros nos alegramos moderadamente cuando La Celeste gana, pero muchos uruguayos se declaran ante todo hinchas de Peñarol o de Nacional. En el mismo sentido, para “triunfar” en la música o en la literatura hay que salir del país, porque si sos “solamente” uruguayo, para la mayoría: no sos nadie. Los ejemplos sobran. Por otra parte, ¿qué uruguayo no ha fantaseado alguna vez con el presente que tendríamos si fuéramos parte de Argentina o de Brasil, quién no ha expresado, aunque más no fuera en broma, su preferencia por la nacionalidad de uno o del otro de nuestros “países hermanos”?
Ponsonbyland se auto-propone como una investigación “sobre la línea lejana e invisible que une” a Uruguay con Bélgica, país que también fue creado por Ponsonby, de manera muy similar a la invención del Uruguay, apenas un año después. Sin ir más lejos, la independencia belga se firmó en Londres. Bélgica se inventó como Estado tapón entre Francia y Alemania. La indagación que el documental realiza en Bélgica establece algunas comparaciones entre el sentimiento nacionalista en uno y otro país. Aparentemente los belgas no se cuestionan su origen, no tendrán necesidad.
La película tiene el gran mérito de plantear sus cuestiones desde la gente del común y para ellos, aunque apelando también a inteligentes entrevistas con expertos en ciencias sociales, cuyo testimonio es hilvanado mediante un ágil montaje. Tampoco falta el primer plano de documentos. Por ejemplo el texto de la Convención Preliminar de Paz, tratado por el cual el Imperio de Brasil “declara” la independencia de nuestro actual territorio, en acuerdo con Las Provincias Unidas del Río de la Plata (actual Argentina) sin intervención de los supuestos interesados. Inglaterra no estampó su firma. Esta independencia forzada es leída por algunos de los historiadores consultados como una “amputación” o al menos una “dislocación” traumática. El de Estado-tapón no es un destino agradable de asumir.
El film brinda claves para pensar nuestro “malestar de conciencia”, al decir del historiador Carlos Demasi, en torno a nuestro origen como uruguayos. Pepe Mujica recordaba que los 33 orientales de la “Cruzada libertadora” ni eran 33 ni eran todos orientales, pues entre ellos había argentinos. Señalaba cómo primero se hizo el país y después surgimos los uruguayos. Su postura, en tanto político, desestimaba la importancia de este origen para enfatizar la necesidad de mirar hacia delante. Sin embargo, comprender el pasado permite un mejor acceso al presente.
A nivel de nuestro imaginario social, la mala conciencia respecto del origen produce un sentimiento de ilegitimidad que nunca termina de saldarse, como una suerte de duelo patológico. Una persistente sensación de falta de raigambre, emparentada con cierta tendencia a la improvisación. Lo cual se combina con una autopercepción de desvalimiento, que en alguna medida se vincula con el hecho de ser un Estado-tapón, artificialmente creado, entre dos países territorialmente enormes. Esto conlleva un sentimiento de inferioridad, de insuficiencia, que se trasluce incluso en expresiones que se pretenden cariñosas como la del “paisito”. Estoy abordando lugares comunes, ciertamente, no pretendo englobar a cada uno de los uruguayos.
Ponsonbyland se detiene largamente en explicar qué es la historia y cómo el peso que llevamos sobre los hombros determina nuestro camino. En tal sentido importa destacar la anécdota que cuenta Demasi acerca de la discusión que hubo en el parlamento, entre 1883 y 1884, a propósito de colocar en la Plaza Independencia la estatua de Artigas -a quien la historia oficial convirtió en el héroe nacional uruguayo-. La discusión estaba centrada en la pregunta: “¿Qué tenía que ver Artigas con la independencia?” Artigas concebía nuestro territorio como parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata, no imaginaba un estado independiente e incluso habría rechazado la idea de la independencia.
Cuando la investigación del documental llega hasta las tierras de Irlanda a conocer a Caroline Talbot-Ponsonby, consigue incluso que esta abra el libro de su familia -con heráldica en la tapa- pero los datos que se recogen no dicen mucho. Cabe pensar que, en tanto diplomático, Ponsonby estaba más cerca de la figura del espía, del conspirador que se mueve en las tinieblas, que del embajador. Una figura fantasmática que sirve en Ponsonbyland para nombrar una identidad sostenida en la mentira, acaso como toda identidad nacional, en tanto construcción ideológica, pero con el agravante de ocultar ciertos hechos -literalmente- fundamentales.
