No debería sorprendernos que en un futuro próximo Christopher Nolan hiciera lo que algunos consideren la primera “obra maestra” de un cada vez más posible cine de inmersión. Un “cine” que utilice los recursos y la tecnología del audiovisual para ponernos en el lugar de la acción y hacernos sentir que “estamos ahí”. Algo que de hecho, ya está esbozado en Dunkirk (2017). Cabe preguntarse, entonces, qué estaríamos dejando atrás ante la inminencia de ese “nuevo cine”.
Vayamos por partes. Primero que nada es verdad que Dunkirk es un poco diferente a las anteriores películas del director. Dejó atrás la filosofía cutre y la necesidad de “decir” con palabras cosas trascendentes sobre la vida, los sueños y todo lo demás, y ahora trata de usar las imágenes para comunicar (le llevó un rato pero lo entendió). Sigue pensando que una narración confusa y complicada es lo mismo que una narración novedosa: la no-linealidad del relato nunca fue tan extraña y tan innecesaria. Ahí algunos indicios de este “nuevo cine” de inmersión: la tradición narrativa es abandonada. De esta forma, los personajes tampoco importan: casi no hay rasgos de personalidad, no hay carácter y no hay por lo tanto desafíos individuales para los personajes, más allá de un objetivo muy preciso (sobrevivir, rescatar o ser un patriota). Nolan es incapaz de ver -o de construir- algo más sobre los soldados, de rostros mucho más pulcros y publicitarios de lo esperable. Todo se camufla bajo el pretexto del “soldado anónimo”. Los personajes son más bien marionetas que revisten “la experiencia” de inmersión.
Puede servirnos para entender mejor lo que estamos dejando atrás, tomar una película con una premisa similar y algunas decisiones estilísticos casi idénticas, en este caso La Patrulla Perdida (1933), de John Ford, donde un grupo de militares, durante la Primera Guerra Mundial, quedan atrapados en un oasis del desierto, asediados por los árabes, que los van matando uno a uno. Como en Dunkirk, nunca veíamos a los árabes y por supuesto, no se veía una gota de sangre. Dos aspectos que se están destacando como “novedades” de la puesta de Nolan. Otra evidencia de este “nuevo cine”: hay que mirarlo sin conciencia histórica. El cine empieza con cada nueva película.
Al abandonar a los personajes y la tradición narrativa se pierde la dimensión humana de los sucesos representados. La narración no es más que un artilugio (el director de El Gran Truco debería saberlo) que sirve para invocar la emoción humana en una representación. Se trata de disponer elementos de forma tal que la emoción aflore en los intersticios, en un giro, en un gesto re-significado por gestos anteriores. En La Patrulla Perdida hay varios ejemplos, a saber. El agua y la necesidad de guardarla como anticipo para cuando encuentran el oasis y los hombres sumergen sus cabezas junto a sus caballos para hidratarse y refrescarse (una imagen tan elocuente y terrible que hace ver a Nolan como un boyscout sonso). También el vínculo estrecho entre los hombres y sus caballos, no solo un anticipo de que los necesitan para sobrevivir, sino un nexo esperable entre hombres que combatieron montados a su animal durante años. La puja entre la fe religiosa, escenificada en un personaje, y el pragmatismo militar, representado en otro, que traerá ciertas consecuencias nefastas. O la última noche de un personaje, en la que confiesa que antes de venir a la guerra vio a su madre llorar por única vez. Son pequeños gestos que nos hacen (nos hacían) sentir que estos seres en glorioso blanco y negro eran personas, por más que en realidad eran rayos de luz impresos en granos de plata.
Este tipo de elementos no existen en Dunkirk. El esfuerzo es hacernos sentir que estamos ahí, y no hacernos sentir que ellos están ahí. Nolan no puede evitar ver al humano como una hormiga, enredada en un entramado que él controla y dispone a su capricho, con el fin de sacudirnos en la butaca. Es un titiritero malvado, sin ninguna compasión por sus personajes, a los que considera fichitas en un tablero. Para Nolan la guerra es una oportunidad, no una tragedia. Y ahí está lo terrible, ahora más evidente, con esta primera película “basada en hechos reales”: la guerra para él es un jueguito con el que divertirse y divertirnos. El chiste de Orson Welles, de que hacer cine en Hollywood es como jugar con el mejor tren eléctrico del mundo, Nolan se lo tomó en serio. Ve la guerra con total desapego, como un político. Una mirada indiferente, a veces lúdica, a veces sádica, a veces nacional-triunfalista, a veces compasiva.
Este es el cine que nos espera y que estamos aplaudiendo como focas.
Título original: Dunkirk / Año: 2017 / Duración: 107 min. / País: Estados Unidos / Director y Guión: Christopher Nolan / Música: Hans Zimmer / Fotografía: Hoyte Van Hoytema / Reparto: Fionn Whitehead, Mark Rylance, Kenneth Branagh, Tom Hardy, Cillian Murphy, Barry Keoghan, Harry Styles, Jack Lowden, Aneurin Barnard, James D’Arcy, Tom Glynn-Carney, Bradley Hall, Damien Bonnard, Jochum ten Haaf, Michel Biel / Presupuesto: US$ 100 millones


