La duda no es una condición agradable, pero la certeza es absurda. Esta afirmación la realizó Voltaire en una carta a Federico Guillermo II, rey de Prusia, en julio de 1770. Las corrientes se construye y se siente cómoda entre la duda y la ambigüedad conceptual. El argumento aborda la desmotivación vital, el agobio profesional, resquebrajamiento matrimonial, maternidad, traumas de la infancia, deseos y pérdida de la materialidad corpórea. Tratados como causa y consecuencia paralelamente, Mumenthaler encuentra un tratamiento sensible y de sutilezas, que se desarrolla entre preguntas y no a través de respuestas.
Mientras se proyectaba en la sala 1 de la Cinemateca Uruguaya, me quedé pensando en una decisión narrativa en particular. La mayoría de planos finales de escenas o secuencias estaban cortados mientras la acción pertinente sucedía, el giro de una cabeza, un ritual cotidiano, un trayecto siendo recorrido. Esta decisión de montaje es, en sí misma, una capa que sintetiza el título de la película y los problemas de Lina. Si nos paramos frente al cauce de un río y nos concentramos en una sección -un encuadre- y lo miramos fluir, vemos la corriente como canales interconectados de agua. Centrados en ese mismo encuadre, o incluso cerramos los ojos tras definirlo, sabemos que agua viene fluyendo antes y agua fluye después. Negar la acción completa al espectador resulta en un puzzle a completar, una incógnita que tendrá su respuesta o resolución en un espacio artificial generalizado, pero que será único en tanto cada intérprete particular ubicado en las butacas. Son estás resoluciones variables que construyen ambigüedad en el sentido, una narrativa sobre la incertidumbre que brinda incógnitas, que genera empatía con su protagonista a través de la búsqueda de comprensión y la completación.
Este armado y complemento argumental tuvo un reflejo en el Q&A con la directora tras la proyección. Una persona reflexionó sobre el nombre de la protagonista y cómo cambia en la trama según con quién estuviera hablando. Su nombre legal es Catalina, que se fragmenta en Lina, utilizado por el personaje cotidianamente y como presentación profesional. Sin embargo, el único personaje que se refiere a ella como Cata es su madre, con quien comparte una única escena. Esta distinción refuerza la aspereza y desconexión del vínculo madre-hija, cómo Lina quiere olvidarse de ser Cata. Aunque consciente de que negar una parte de su identidad la incompleta a ella misma, también traza paralelismos relacionales con su propia hija, Sofía, por quien evalúa el valor de la presencia activa, a pesar de su desfase interno entre lo físico y emocional.
