Es su debut como director, siendo también guionista de la película. Es un drama familiar con tintes de comedia, que retrata el presente de Rico y Destiny cuando se enteran del embarazo de la adolescente. Una historia de dominicanos radicados en el Bronx neoyorquino, ya establecidos pero sin solturas cotidianas. El tratamiento narrativo se transfigura en un registro fílmico cuasi documental. El trabajo de Vargas junto a Rufai Ajala, director de fotografía, resulta en incomodidad real al estar en la butaca de la sala. Una cinematografía que presenta principalmente planos fijos, con escenas sintetizadas en una única unidad temporo-espacial, que ceden a la audiencia el derecho a convivir con los personajes, con su universo y la profundidad de sus sentimientos.
Mad bills to pay tuvo su primera proyección en la Sala 3 de la Cinemateca Uruguaya, y mientras la descubría me fue imposible no pensar en The Belovs (1992), película documental de Viktor Kossakovsky. Fue precisamente en el uso de la cámara fija como hostigadora emocional en su aspecto formal, planos que instalan a la audiencia en el espacio y la deja convivir entre problemas y desilusiones personales y familiares. La forma fílmica resulta esencial en los puntos de giro de la trama, claro está. También viene a la mente Roma (2018), de Alfonso Cuarón, película con la que hay paralelismos narrativos y fílmicos.

Quiero detenerme en una escena en particular: la primera vez que Destiny va a casa de la familia de Rico, en la que habita junto a su madre y hermana, Andrea y Sally respectivamente. Vargas coloca una quinta silla en la habitación, cercana a la mesa, y nos hace sentarnos a escuchar. La decisión de dónde ubicar la cámara es notable. El encuadre, en sintonía con la perspectiva espacial y la iluminación, centra a Rico en el epicentro de la tensión. Los diálogos, silencios, gestualidades y sonidos del ambiente son utilizados como complemento suficiente para desarrollar la escena sin necesidad de mover físicamente la cámara, ni siquiera realizar cortes de montaje. El balance entre el uso sutil de estas herramientas y la decisión de crear una unidad temporo-espacial sin fragmentaciones, resulta en un plot-point narrativamente profundo, visualmente estable y emocionalmente incisivo e incómodo.
Resultó un destino grato el finalizar la película habiendo visto el trabajo de un director que adoptó un estilo particular, sostenido coherentemente casi como un dogma fílmico. Si tuviera que comparar la película de Vargas con una sensación, creo que el último tramo de una montaña rusa es una elección correcta. Una trama que comienza vibrando alto, con pleno espíritu latino, termina en un silencio incisivo tras la revelación de sexo del bebé en un parque. La película se proyectará nuevamente el viernes 10 de abril a las 22:10 en Cinemateca.
