Una vez comenzada la 14ª edición del Festival de Cine Nuevo, conversamos con Diego Kompel, director argentino de Escena final, un cortometraje de ficción de veinte minutos que comienza con una situación cotidiana: seis desconocidos se encuentran en una clase de teatro para principiantes. Pero lo que empieza como un espacio de juego y desinhibición pronto se transforma en una experiencia impredecible, en la que los personajes pierden el control de la situación y quedan expuestas sus distintas formas de reaccionar ante el miedo.
La película parte de una experiencia cercana al realizador. Durante años, Kompel participó en talleres de teatro con personas que no buscaban convertirse en actores, sino divertirse, vencer la timidez o conocer gente. En esos espacios encontró algo que le interesó llevar a la ficción: la disposición a exponerse frente a desconocidos y la posibilidad de que un ejercicio aparentemente inocente derive en una situación inesperada.
En esta conversación, Kompel habla sobre el origen del cortometraje, el trabajo con el elenco y la combinación de suspenso y humor. También reflexiona sobre el momento que atraviesa el cine argentino, la recepción de las películas en distintos países y la importancia de que el cine genere una respuesta concreta en el público.
El origen
Rocío: Quería empezar por el origen de la idea, especialmente por la situación emocional que atraviesa el corto. En esos veinte minutos hay cambios muy marcados. ¿Cómo surgió la idea de llevar todo eso a una clase de teatro?
Diego Kompel: La idea fue surgiendo a partir de mi propia experiencia. Durante muchos años hice talleres de teatro barriales y para principiantes. No con la intención de ser actor, sino como una actividad que empecé a hacer a los quince o dieciséis años. Después empecé a participar en talleres con adultos y armé grupos de amigos muy buenos, con gente de todo tipo que iba a hacer teatro para divertirse, soltarse, combatir la timidez o conocer personas.
Siempre me pareció un espacio muy especial, donde la gente se muestra abierta de una manera que cuesta encontrar en otros ámbitos: abierta a jugar, a conocer gente, a divertirse y a que pasen cosas que excedan lo cotidiano. Me sigue pareciendo un espacio muy interesante para la ficción.
En uno de esos talleres hubo un participante que no llegó a las consecuencias que vemos en el corto, pero que se hacía el barrabrava, decía que pertenecía a la hinchada de un equipo y construía ese personaje también en la vida real. Hacer ejercicios de teatro con él era impredecible, porque podía llevar las situaciones hacia lugares violentos. Ese fue el germen de la idea y, muchos años después, empecé a trabajar sobre ella.
R: ¿Te quedó grabada esa experiencia hasta que, tiempo después, pensaste que podía convertirse en una historia para el cine?
D: Sí. En el teatro estás poniendo el cuerpo en un ejercicio y, en cierto modo, asumís un riesgo al hacerlo con gente que conociste hace quince minutos. Cuando estaba escribiendo el guion, volví a meterme en una clase de teatro para principiantes. Quería vivir nuevamente esa primera clase y tener la experiencia fresca a la hora de escribir.
Desde el principio hay incomodidad, pero, como decís, va cambiando: son distintos tipos de incomodidad los que se viven.
R: Es un ambiente que te expone muchísimo. Tenés que interpretar distintas cosas frente a desconocidos y eso puede movilizarte emocionalmente.
D: Sin duda. Es tirarse a la pileta. No hay que pensarlo demasiado, porque cuando empezás a pensar, todo te cuesta mucho más en esos espacios.
Los personajes y el trabajo con los actores
R: A partir de esa experiencia inicial, ¿qué te interesaba explorar emocionalmente en los personajes?
D: El corto tiene dos partes bastante marcadas. La primera es una clase de teatro y la segunda se convierte en una situación cercana al secuestro, en la que los personajes pierden la libertad y el control sobre lo que va a pasar. A partir de ahí trabajamos mucho con los actores para pensar cómo reaccionaría cada personaje ante esa situación.
Cada uno la enfrenta de una manera distinta. Algunos quedan paralizados por el miedo; otros sienten que pueden hacer algo más o que pueden controlar al chico. Creo que esos matices son los que hacen que las reacciones resulten verdaderas: no todos reaccionamos igual ante una misma situación.
R: ¿Cómo fue trabajar esas reacciones con los actores? ¿Hubo lugar para improvisar o preferiste ceñirte al guion?
D: El guion estaba bastante claro desde el principio, pero tuvimos una instancia de lectura muy linda con los actores. Siempre pienso que, si el casting está bien, el director ya tiene más de la mitad del camino hecho. Se trata de ver qué traen ellos y ellas, escuchar cómo dicen las palabras y encontrar la manera de hacer que el texto se vuelva más natural.
Después hicimos una instancia de corrección y, finalmente, los actores pudieron memorizar el texto. Todos se tomaron el trabajo muy en serio y llegaron al rodaje con los diálogos muy aprendidos. Para un director eso es fundamental, porque permite dejar el texto en un segundo plano y trabajar otras cosas. Si el actor todavía está pensando qué tiene que decir, es mucho más difícil que pueda soltarse.
R: ¿Te costó encontrar a los intérpretes, especialmente para el personaje principal?
D: En realidad, todo empezó con él. Escribí una primera versión y se la mandé a Agustín Daulte, que interpreta a Seba. Es un actor muy talentoso al que había visto en varias obras de teatro. Tengo la suerte de vivir en una ciudad con un nivel actoral increíble y una escena teatral que permite descubrir intérpretes muy buenos.
Muchas veces voy al teatro, veo a alguien que me produce algo y me guardo su nombre. Cuando aparece un proyecto, intento acordarme de esa persona. Así que le mandé el guion a Agus, lo leyó, le gustó y nos juntamos a conversar. A partir de esas charlas, el personaje también fue cambiando.
Después fuimos convocando al resto del elenco. Casi no se conocían entre ellos y creo que logramos armar un equipo muy bueno, con la ayuda de una persona que trabajó conmigo en el casting.
Estoy especialmente orgulloso del casting y de cómo trabajamos con los actores para pensar esos momentos que a veces nos toca vivir. Casi todos habían atravesado alguna situación en la que les habían robado o habían perdido el control de lo que iba a pasar, sin saber cómo iba a terminar y teniendo que obedecer a otra persona por la fuerza. Fue muy interesante trabajar a partir de esas experiencias.
El cine argentino y el lugar del género
R: En Argentina hay muchísimo movimiento teatral y cinematográfico. ¿Cómo estás viviendo el momento actual del cine argentino?
D: Justo estamos en un momento de mucha retracción del sector. Se está filmando bastante menos y hay muchas menos vías de financiación y subsidios. Es una pena, porque veo a muchos profesionales a los que les está costando sostener el trabajo cotidiano en las producciones de ficción. Lo que se filma es bastante marginal en comparación con otros momentos.
Argentina supo tener una industria muy vibrante, con mucha gente trabajando y generando valor. A pesar de todo, el cine argentino sigue presente en festivales de todo el mundo. Creo que no hay forma de detenerlo, pero sí está más lento porque cuesta mucho más producir.
R: En Uruguay se consume bastante cine argentino y también hay interés por las propuestas nuevas. ¿Sentís que hay alguna tendencia que esté creciendo? Acá, por ejemplo, se hace mucho terror.
D: Me parece que es una tendencia global. En Argentina tuvimos recientemente dos casos muy fuertes: Cuando acecha la maldad y La virgen de la tosquera. Son películas que proponen algo que no se había visto tanto en el terror argentino: un terror muy particular, de autor, que sale de las grandes producciones de Hollywood y se lleva a situaciones rurales, autóctonas y muy argentinas.
Me parece una corriente muy interesante. El género también les permite a realizadores más independientes llegar a un público amplio, y se ve que la gente responde bien. Además, el terror puede abarcar muchas otras cosas.
Escena final estuvo en algunos festivales de terror, aunque nunca la consideré una película de ese género. Tiene suspenso e incluso algo de sangre, pero me encanta formar parte de esa movida.
R: ¿Te sentís identificado con esa tendencia?
D: Nunca fui muy fanático del cine de terror, básicamente porque me da miedo y no soy de las personas que disfrutan pasar miedo. El suspenso sí me gusta; son cosas distintas. No suelo elegir películas de gore o de terror muy explícito. No es que no reconozca que hay grandes obras, pero el género no me atrae especialmente.
Me gusta el suspenso, el thriller. Y, aunque me interesa la tensión, también me gusta que haya comedia. Me doy cuenta de que me cuesta escribir algo sin que aparezca alguna vez.
R: Eso tiene algo muy argentino: el humor aparece incluso en momentos que no son cómicos, como una forma de reírse de las tragedias y de uno mismo.
D: Sí, tal cual. Es una especie de mecanismo de defensa. Y creo que en Uruguay tenemos un humor bastante parecido.
La recepción en Uruguay y el vínculo con el público
R: ¿Cómo imaginás que va a ser la recepción de Escena final en Uruguay? ¿Creés que puede ser parecida a la que tuvo en Argentina?
D: Espero que sí. No sé qué tan habituales son en Uruguay los talleres de teatro para principiantes, aunque imagino que en Montevideo existen experiencias similares. En otros lugares del mundo, el concepto de una clase de teatro para personas que no son actores puede resultar menos familiar.
También hay algo en los personajes que es muy argentino, y algunas cosas pueden perderse en la traducción: los matices, los chistes, ciertos juegos de palabras. Incluso cuando una película se proyecta con subtítulos en el mismo idioma, a veces noto que algunas cosas no terminan de entenderse del todo por las reacciones del público.
En mi caso, cuando escribo un guion no pienso demasiado en cómo se van a traducir las palabras. En esta película hay bastante juego verbal y, visto desde otra perspectiva, quizá podría haber elegido palabras que funcionaran mejor en la traducción.
R: ¿Y cómo fue la recepción en otros países, por ejemplo, en Canadá?
D: Por suerte, siempre que se exhibe la película tiene una buena recepción y genera reacciones en el público. Eso me encanta, porque siento que termina de cerrar el círculo de por qué hacemos cine: cuando alguien se ríe, se asusta o se engancha con lo que está pasando.
Cuando voy al cine, además de reflexionar, me gusta estar entretenido. A veces parece que el entretenimiento estuviera desprestigiado, pero para mí es un valor. Me gusta que una película se te pase y que, durante la proyección, no estés pensando en lo que vas a hacer después. Que te quedes adentro de esa historia: esa es la magia que busco.
R: Acá pasa bastante que personas que no están metidas en el ambiente dicen que el cine uruguayo es lento o aburrido. Pero una película de ritmo pausado no necesariamente es aburrida. ¿Cómo lo ves?
D: Sí, son cosas distintas. Hay películas que tienen un ritmo más lento y que, aun así, son muy divertidas. Un cabo suelto, de Daniel Hendler, por ejemplo, tiene un ritmo bastante rápido.
Quizá haya algo de la idiosincrasia uruguaya, de llevar las cosas con un par de cambios menos o de tomarse la vida con más calma. Para mí eso también es una enseñanza: cuando alguien me ayuda a bajar un cambio, me doy cuenta de que está bueno hacer una pausa. Además, el humor uruguayo y esa capacidad de reírse de uno mismo me parecen muy valiosos.
Me estoy encontrando con un cine uruguayo muy floreciente. Estar en el festival, ver tantas producciones y conocer las iniciativas que se están generando me sorprendió gratamente. También me parece destacable ver las fuentes de fomento y a las empresas que participan. Es un ejemplo.
R: Hablando de Un cabo suelto, ¿cómo fue conocer a Daniel Hendler?
D: Vi la película en Biarritz, en el Festival de Cine Latinoamericano. Allí se estrenó Un cabo suelto y también tuvo su estreno internacional mi corto. Coincidimos con Daniel y pude escucharlo en una charla. Aprendí muchísimo: es un referente enorme y varias de mis películas argentinas favoritas cuentan con él.
También pudimos conversar en la cena del festival, hablar de cine, actuación y dirección. Es una de las cosas lindas de ir a festivales: tener esos momentos de encuentro con cineastas a los que admirás, con quienes en el día a día quizá sería imposible conversar.
Filmar para entretener y hacer reaccionar
R: ¿Qué es lo que más disfrutás de participar en festivales?
D: Conocer a otros cineastas y tener ese momento de encuentro con los espectadores. Para eso hago cine.
R: Antes de terminar, ¿hay algún detalle del proceso que te guste contar y que no hayamos mencionado?
D: Hay algo relacionado con el arma de fuego que aparece en la película. Desde el principio me hacía un poco de ruido incluirla en el guion; me parecía que podía resultar forzado. Justo hubo un caso en Argentina en el que un chico llevó un arma de fuego a una clase, y eso me dio pie para pensar que podía funcionar dentro de la historia.
Con Agustín fuimos a un polígono de tiro para aprender cómo se dispara y experimentar lo que se siente al tener un arma en la mano. Queríamos que esa escena estuviera atravesada por la experiencia de conocer su peso y lo que implica manipularla. Probablemente nunca habría tenido interés en hacer algo así por mi cuenta, pero el cine te puede llevar a cualquier lado, y eso también me gusta.
R: Esa escena me resultó especialmente genuina. Los movimientos transmiten algo muy concreto del personaje.
D: Agustín, en realidad, es un pan de Dios. No te imaginás lo pacífico y tranquilo que es como persona. Fue una transformación total y un trabajo muy bueno.
Reseña
En Escena final, una clase de teatro para principiantes se convierte en un espacio donde la vulnerabilidad de los personajes queda expuesta y las relaciones entre desconocidos adquieren un carácter impredecible. A partir de una situación cotidiana, Diego Kompel construye un relato que cambia progresivamente de tono y desplaza a sus personajes hacia un escenario en el que ya no pueden controlar lo que sucede.
Uno de los aspectos más interesantes del cortometraje es la manera en que trabaja las distintas reacciones frente al miedo. Los personajes no responden de forma uniforme: mientras algunos quedan paralizados, otros intentan recuperar el control o encontrar una salida. Esas diferencias sostienen la tensión y le dan espesor a una situación que podría limitarse al impacto de su giro narrativo.
El cruce entre suspenso y humor también resulta significativo. La comedia no funciona únicamente como un alivio entre los momentos de tensión, sino que forma parte de una mirada sobre los comportamientos humanos y sobre la capacidad de reírse incluso en circunstancias adversas. El cambio de tono permite que la historia conserve cierta imprevisibilidad sin perder de vista a sus personajes.
Las actuaciones contribuyen a que las situaciones mantengan su verosimilitud, incluso cuando la historia se desplaza hacia terrenos más extremos. La película encuentra allí uno de sus principales aciertos: intentar que la audiencia permanezca atenta a las reacciones de los personajes y a las formas en que cada uno enfrenta aquello que escapa a su control.
Escena final explora, en definitiva, la fragilidad de los acuerdos que establecemos con los demás y la facilidad con que un espacio de confianza puede transformarse en uno de amenaza. Su interés no reside solamente en el giro de la situación, sino también en observar qué sucede con las personas cuando las reglas dejan de ser las que esperaban.
