Ver el mar cortometraje dirigido por Victoria de Souza, realizado en el contexto de una tesis de grado y producido por Náutica Films, ha tenido un extenso recorrido por salas y festivales desde su proyección en la séptima edición del FESTAV, pasando por la 26.ª edición del FIEC, hasta el Festival de Cine Nuevo, en su 14.ª edición, donde emprendió una de sus últimas vueltas por el circuito festivalero.
La película ha cosechado un importante recorrido en los circuitos montevideanos y del interior del país, a mérito de sus propios realizadores en un esfuerzo de descentralizar su exhibición. Su premisa es tan sencilla como efectiva: en la Escuela Rural N.º 74 «El Paraíso», de Tacuarembó, Lucía y sus compañeros emprenden un viaje hacia la costa para conocer el mar por primera vez.
El parentesco con el largometraje Un viaje hacia el mar (2003), de Guillermo Casanova, basado en el cuento homónimo de Juan José Morosoli, resulta inevitable. Sin embargo, aunque ambas obras parten de una premisa semejante, difieren radicalmente en su aproximación formal. Mientras Casanova articula su relato según las convenciones de la road movie, haciendo del desplazamiento exterior su principio organizador, Victoria de Souza se detiene en aquello que precede al viaje: los preparativos, las expectativas y el mundo cotidiano desde el cual parten los estudiantes. Sus protagonistas ya no son los personajes de ficción que pueblan el interior rural de Casanova, sino niños cuya presencia conserva la espontaneidad del registro documental, tensionada aquí por una puesta en escena deliberada.
Desde las primeras secuencias, la fotografía de Enrique Barbero y Mariana Castro alterna con acierto entre el retrato paisajístico del entorno rural y el acompañamiento costumbrista de los estudiantes.
La película evita que la palabra se imponga sobre la imagen y encuentra en el sonido uno de sus recursos expresivos más lúcidos. Ocurre, por ejemplo, cuando se invita a los niños a imaginar el mar: mientras se escucha el rumor de las olas, la cámara recorre sus rostros con los ojos cerrados. Esa secuencia condensa la tesis central del cortometraje: antes del encuentro físico con el paisaje, existe una instancia de anticipación donde la imaginación prepara el terreno para lo desconocido.
Este pasaje dialoga sutilmente con aquella zona de la literatura —como el relato «Ayúdame a mirar» de Eduardo Galeano— que recuerda que descubrir no equivale a un mero choque visual, sino a un aprendizaje de la mirada. Desde esta perspectiva, la escuela rural deja de ser un mero telón de fondo para erigirse como el espacio cotidiano donde los niños se preparan para afrontar la experiencia. El registro verbal acompaña esa cotidianidad sin caer en la explicación didáctica; chistes atropellados, anécdotas inconclusas y expectativas difusas delinean los avatares de la infancia rural. Lucía funciona como hilo conductor, y el recorrido hacia su hogar introduce una dimensión íntima que no rompe la continuidad con el entorno.
El quiebre más notorio en la imagen aparece cuando Lucía graba desde una cámara y la película adopta un registro próximo al videoblog. La imagen adquiere una textura más cándida y la protagonista pasa de ser observada a narrar su propio espacio. Lejos de ser un mero capricho estético de origen académico, este salto de punto de vista le otorga a la niña una agencia activa en la construcción de aquello que el espectador observa.
La apuesta de De Souza alcanza su punto de mayor madurez en la secuencia final. Al llegar a la costa, los estudiantes avanzan hacia la playa con los ojos vendados. La película demora la revelación del paisaje para concentrar la atención en los rostros; la experiencia de los personajes condiciona así la del espectador, a quien se le niega también el acceso inmediato al mar. Si antes el rumor sonoro permitía imaginarlo, aquí la contención sonora prolonga la espera y densifica la incertidumbre.
Esta solución distancia definitivamente al cortometraje de los moldes de Casanova: el desplazamiento cede por completo su lugar a la expectativa. La toma más larga del metraje llega justamente cuando le quitan la venda a Lucía y ella contempla el mar por primera vez. La duración rigurosa del plano evita que el descubrimiento quede reducido a una reacción fugaz; le concede, en cambio, el tiempo necesario para desplegarse con plenitud ante la cámara. El viaje encuentra así su auténtica culminación cinematográfica no en la llegada a destino, sino en el instante en que Lucía puede, por fin, mirar.
