La trompada latinoamericana de Un poeta, de Simón Mesa Soto

Mucho más que la exaltación del fracaso literario, un retrato lúcido del Tercer Mundo contemporáneo

El jueves 6 de agosto se estrenó en Cinemateca Uruguaya la película colombiana que, desde su premiación el año pasado en la sección Un Certain Regard del Festival de Cine de Cannes, ha batido récords locales (más de 200.000 espectadores) y provocando un fenómeno cada vez menos común no solo en su país de origen, sino en buena parte del mundo hispanohablante: la gente está yendo al cine a ver una obra nacional no solo como una muestra resignada de apoyo, sino con ganas y orgullo.

El crítico de The Hollywood Reporter en español André Didyme-Dome escribió sobre su posicionamiento en Cannes, “Allí, donde se celebra lo distinto, lo audaz, lo que incomoda con belleza, Un poeta encontró su lugar”. Desde los 16 milímetros, los cuatro tercios, los créditos iniciales que recuerdan a los de La Naranja Mecánica de Stanley Kubrick y la estructura por capítulos, Un poeta, contra lo que podrá parecer una marca de anacronismo propia de la obstinación del protagonista, formula una estética autóctona basada en el contraste entre la imagen ruidosa y gastada y un argumento que transcurre en la actualidad.

La ciudad de Medellín, con teléfonos celulares, clases medias venidas a menos, con pobreza estructural, e instituciones culturales donde la literatura parece ser un ejercicio de privilegiados corruptos como Efraín (Guillermo Cardona), locos alienados por el fracaso como Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos), los gestores alcahuetes y cobardes como Alonso (Humberto Restrepo), y jóvenes e inocentes promesas como Yurlady (Rebecca Andrade), se nos presenta con un neorrealismo que no desmerece la técnica ni persigue la adhesión a los preceptos más dogmáticos del movimiento originado en Italia, sino que rescata, golpea y actualiza los que consiguen mayores resultados cinematográficos.

El foco en la sociedad más desmerecida, el gusto por lo que Cesare Zavattini, principal teórico del neorrealismo –y por ello consignador de muchos fallos– llamaba ‘reparto auténtico”, es decir el empleo en su mayoría de actores no profesionales,  y de fondo un elemento de trascendencia, la literatura, la poesía, genera en las 2 horas de film (y en este caso el anglicismo no es cursilería), una narración muy novedosa en la familia de obras en la que podríamos ubicar a Un poeta.

Aunque corre constantemente el riesgo en cada una de sus escenas la película no caricaturiza: muestra. No cuenta: en cada una de sus escenas pega, impresiona y halla su fuerza no en una virtud específica sino en el conjunto de su construcción. El público y el propio director insisten en el rol del humor en la película, el cual funciona, sobre todo, como bálsamo y no como alivio.

Un poeta (2025, Simón Mesa Soto)

Más allá del adorado por el protagonista José Asunción Silva, un poeta de calidad y olvidos similares a casi todos los denominados “poetas de la patria”; pensemos los uruguayos en Juan Zorrilla de San Martín, que nosotros tenemos en el billete de 20 pesos, si hay un autor latinoamericano “contemporáneo” cuya obra puede relacionarse directamente con esta película, ese es el chileno Roberto Bolaño, quien dedica la primera parte de su libro de cuentos “Llamadas Telefónicas” a personajes que son escritores fracasados, y la mayoría viven o provienen de Latinoamérica o España.

Óscar Restrepo, además de la depresión, la tristeza, el abuso de sustancias o la obsesión de estos escritores, encarna la locura, en términos clínicos y sociales, una locura que solo puede ser tolerable o formar parte de la cotidianidad sin conllevar internaciones en el siglo XXI. Porque en Un poeta los personajes no son lúcidos; la única lúcida  –y por eso golpea tanto– es la película.

El orgullo es otra de las enfermedades que padece el protagonista; algo más que conecta a Restrepo con Bolaño es el parricidio a Gabriel García Márquez; lo que fue Cien años de soledad en el famoso boom latinoamericano de los sesenta no refleja en nada la sed miserable del siglo XXI por símbolos verdaderos. Del mismo modo la poética del valor casi nulo de los premios literarios.

Un poeta (2025, Simón Mesa Soto)

Ni siquiera las autoridades o las familias de buen pasar representan una visión de la realidad que no esté distorsionada ya sea por el poder, la mediocridad o la pobreza. Mesa Soto tiene la agudeza (ya demostrada en Amparo, 2021) de reunir un elenco y trazar un ecosistema cuyos factores no pueden existir si falta uno de ellos.

De manera que el estelar Ubeimar Ríos, de un equilibrio dramático muy conmovedor no opaca a nadie, ni siquiera al drogadicto con el que protagoniza una de las escenas más emblemáticas de la película, ni mucho menos a la pequeña Yurlady, la cual posee, como muchos adolescentes de este siglo, el impulso de escribir poesía pero no el sistema educativo adecuado para llevarlo a su pleno desarrollo. Con todo este trasfondo, cuando parece que los términos de la Guerra Fría son cada vez más distantes, el Tercer Mundo vuelve, y Mesa Soto nos lo hace doler.

El cine de Mesa Soto tampoco le tiene miedo a mostrar el ridículo ni los límites de la incomodidad, una característica que en su corta carrera (este es su cuarto largometraje) lo constituye como un director que sabe qué riesgos tomar, algo que hoy es una virtud enorme. Antes que “el director paisa que triunfa en Cannes”, Mesa Soto es uno de los cineastas autores más interesantes del ámbito hispanohablante y uno de los que más puertas le está abriendo a la industria sin perder la dignidad ni entregarse a estándares comerciales; en sus películas la comida mancha, los clichés no son defectos narrativos sino los mismos que vemos en el día a día, y la gente, antes de enfrentar cualquier juicio o categoría, es gente.

Más allá de que esté disponible en HBO Max y por Internet, Un poeta merece golpear desde la pantalla de Cinemateca Uruguaya, hasta el miércoles 12 de agosto.

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