COMEDIA EN UNA TOMA en el Festival de Cine Nuevo

La risa, tan impredecible y visceral, es también una cuestión de ritmo. Como ya es tradición, cada año el Festival de Cine Nuevo propone el desafío de rodar un cortometraje en una sola toma (plano secuencia), reinventando la consigna a partir de una temática distinta. Se empezó con locaciones y con el tiempo el eje viró hacia los géneros. Este año, se apostó por una de las combinaciones más arriesgadas del cine: “Comedia en una toma”. Y es que si el plano secuencia ya implica una coreografía milimétrica entre cámara, puesta en escena y tiempo, sumarle humor convierte el rodaje en un ejercicio de pura sincronía.

Hacer reír sin cortes es un acto de fe, el gag no admite segundas oportunidades, y el silencio que sigue a una broma fallida puede sentirse más largo que un travelling de Tarkovski. Pero ahí reside precisamente la belleza del reto. La comedia, tan a menudo subestimada, exige precisión y una comprensión casi musical del instante. En una sola toma, cada gesto, cada error, cada mirada fuera de lugar se convierte en parte de la partitura. El desafío de este año propuso, entonces, algo más que una consigna técnica, casi una reflexión sobre el tiempo del humor, sobre el vértigo de sostener una risa sin cortar la respiración.

Con 35 obras proyectadas en dos funciones y la sala repleta en ambas, especialmente en la segunda, directores, actores, equipos técnicos y acompañantes inundaron la Sala Blanca Podestá de risas y una energía contagiosa.

La comedia es, quizás, el género más libre que existe. Todo cabe en su territorio, desde la ironía más sutil hasta el absurdo más delirante. Por eso resultaba fascinante ver las infinitas formas en que los participantes abordaron el desafío de este año. Entre ellas, una de las más destacadas fue la del humor negro, y ahí aparece Autanasia (Federico Molinari). Con una premisa tan ingeniosa como provocadora, una pareja de ancianos que acude a un servicio donde pueden elegir el tipo de choque automovilístico que los matará, para así morir juntos, el corto logra convertir lo macabro en ternura y la tragedia en risa. Su dirección precisa y dinámica guía la mirada con elegancia, y el uso de cámara, fluido, expresivo, siempre al servicio del gag, potencia la idea sin subrayarla. El resultado es una pieza tan amarga como divertida, que demuestra que incluso el final puede tener sentido del humor.

Autanasia (Federico Molinari) – Obra ganadora del “Premio Canelones” del Desafío “Comedia en una toma”

Siguiendo una línea temática similar, Apego divino (Lulú Carmela) (portada – Obra ganadora del “Premio Nacional” del Desafío “Comedia en una toma”) dialoga con Autanasia desde otro ángulo del mismo impulso: el deseo de morir con quien se ama. Aquí, una anciana recibe el “llamado divino” para reencontrarse con su esposo, presente en escena sólo en forma de cenizas, ropa y peluquín. La puesta en escena compone un retrato íntimo, casi ritual, en el que lo doméstico se tiñe de lo sagrado. Y cuando la cámara, con un movimiento final tan simple como revelador, nos muestra que la mujer ha abierto el gas para ahogarse lentamente, la comedia se disuelve en una mezcla de ternura, absurdo y tragedia contenida.

Uno de los cortos más singulares, y también más desafiantes en términos de rodaje, fue El balconcito de la calle Rocha (Ignacio Puglisi). Con tono sepia y espíritu de cine mudo, la pieza homenajea a Chaplin a través de gags visuales, ritmo acelerado y un humor físico impecable. Los diálogos aparecen en pancartas, la actuación se sostiene en la gestualidad y el paneo de cámara se integra con precisión al juego escénico. El resultado es un ejercicio de estilo nostálgico, virtuoso y encantador, que demuestra que el humor puede ser tan expresivo sin decir una sola palabra.

El balconcito de la calle Rocha (Ignacio Puglisi) – Mención especial del Desafío “Comedia en una toma”

Un recurso inevitable, pero también desafiante, dentro de este tipo de propuestas es el plano fijo. Hacer comedia desde una sola imagen, sin movimientos de cámara ni cortes, exige una precisión absoluta: todo depende del tempo actoral, de la composición del encuadre y del ritmo interno de la escena. Atrapadas (Sofía Cabrera) es un ejemplo brillante de cómo esa restricción puede volverse una virtud. Filmada desde la cámara de seguridad de un ascensor, la historia despliega la dinámica entre tres chicas con personalidades y estados emocionales opuestos. La interacción entre ellas, potenciada por un guión ingenioso y actuaciones llenas de timing, logra que, en apenas unos minutos y con un único plano, la comedia respire con naturalidad.

Dentro de esta misma lógica del plano inmóvil como espacio de juego, aparecieron también Aquella llamada memorable (Juan Ignacio “Nacho” Galleno) y Aseguradora Buena Voluntad (Federico Lorenzo), dos cortos que trasladan la acción al formato contemporáneo de la videollamada laboral. Ambos explotan con inteligencia las pequeñas tragedias y absurdos de ese entorno: los silencios incómodos, los accidentes inevitables, las interrupciones, las sonrisas forzadas. Con recursos mínimos, consiguen reflejar lo ridículo, y profundamente humano, que puede volverse lo cotidiano cuando la cámara nunca se apaga.

La dinámica entre personajes, diálogos y recorrido de cámara es siempre un terreno fértil dentro del plano secuencia, y varios cortos apostaron por explorar esa coreografía precisa entre movimiento y comedia. Prejuicios (Joan Manuel Cabrera) es un gran ejemplo. Cuatro personajes, cada uno vestido de un color distinto, habitan una misma casa cargada de tensiones que van y vienen. El ritmo se sostiene gracias a las interpretaciones y al uso expresivo del espacio, mientras una música inquietante intensifica el caos hasta llevarlo a una ebullición tan graciosa como rígida.

Prejuicios (Joan Manuel Cabrera)

Por su parte, Alguien se estará haciendo cargo del mundo (Mariana Pallas Lorenzo) propone un juego similar, aunque más íntimo y emocional. Dos amigas atraviesan situaciones casi paralelas, y el movimiento fluido de la cámara acompaña sus conversaciones, revelando pequeñas neurosis cotidianas que el humor suaviza con ternura. Cuando la tensión culmina y una de ellas es consolada por un grupo de payasas, el corto encuentra un cierre tan inesperado como simbólico. Un notable trabajo de color y composición, que dota a la historia de una identidad visual propia y una ligereza encantadora.

El amor, con todas sus complicaciones, también se hizo presente en el desafío, aunque aquí la gracia estaba en exagerar lo absurdo de esas tensiones amorosas. En Sos re linda (Belén Malvarez), un joven intenta desayunar con su cita, pero no puede controlar sus escapes intestinales, y el conflicto surge de su estrafalaria incapacidad de admitirlo. La situación, por ridícula que parezca, se sostiene gracias al timing cómico y la química entre ambos actores, logrando un gag tan simple como efectivo.

En Una vez casi hice un gol (Maite Piñeyrúa Segura y Pedro Piaggio), la comedia se expande en una coreografía constante de cámara y personajes. Una chica invita a su cita a su casa, sin imaginar que allí se celebra el cumpleaños de su abuela con toda la familia presente. El humor nace de la tensión de los diálogos, las decisiones espaciales y las múltiples situaciones que suceden simultáneamente, convirtiendo un inicial encuentro romántico en un pequeño gran caos hilarante.

Una vez casi hice un gol (Maite Piñeyrúa Segura y Pedro Piaggio)

Otros cortos del desafío exploraron la comedia desde territorios más diversos y originales. El de Morón (Ramiro Betarte, Agustín Díaz y Carlos Daniel Espinosa) se desarrolla en una sala de espera hospitalaria, donde tres personajes muy distintos, con personalidades y problemas médicos contrastantes, se cruzan en situaciones tan tensas como cómicas. La cámara alterna entre movimientos sutiles y planos centrados en ellos, subrayando sus reacciones y generando un humor que nace de lo cotidiano y lo inesperado. Por otro lado, malviaje.mpg (Mayra Allaix, Sebastián Napoli y Juan Diego González) apuesta por un plano fijo que se rompe con un movimiento final ingenioso, apoyándose en la química de los protagonistas, en lo bizarro y en una estética psicodélica que refleja los efectos de los porros consumidos, combinando humor visual y el buen laburo de sus intérpretes. Finalmente, Ticholo (Matías Eyherabide y Mar Shiavone) entrega un divertido intercambio entre un niño patrón criminal y su empleado. La actuación del niño, enérgica y expresiva, domina la escena, mientras la cámara lo sigue con precisión dentro de un único espacio, acompañando la acción y amplificando la comicidad de cada gesto y decisión.

Con 35 obras en pantalla, sería difícil mencionarlas todas, pero lo que permanece es la experiencia compartida. Reír al unísono, contener la respiración en los momentos más absurdos y estallar en aplausos al final de cada corto. Esa energía colectiva, que transformó la sala en un espacio de complicidad y celebración del cine, es quizá el mayor logro del desafío. No solo mostrar creatividad y talento, sino hacer sentir a todos que cada gag, cada gesto y cada instante en pantalla tiene su propio peso y efecto.

El desafío dejó grandes resultados. Una amplia variedad de estilos y aproximaciones al humor, actuaciones destacables y soluciones técnicas ingeniosas de sus creadores. Más allá de las obras individuales, el desafío de este año confirmó que la comedia en una toma puede ser un terreno fértil para la experimentación, capaz de sorprender, emocionar y, sobre todo, unir al público en una risa colectiva que todavía resuena después de salir de la sala.

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