Hace tiempo discutí por horas que tomar la pastilla azul de Matrix –fuera de las implicaciones metafóricas que conlleva- no estaría tan mal. Sí, entiendo, ¿quién no quiere conocer “la realidad”? ¿Quién querría vivir en un mundo “de mentira” donde somos cerebros en una cubeta manejando cuerpos falsos? Nadie, pero es inevitable.
Tomar la pastilla azul te mantiene dormido, viviendo en el mundo que siempre conociste, pero que es “falso”. Tomar la pastilla roja te despierta y te manda al mundo “real”, pero ¿qué tan real es ese mundo? ¿Acaso sirve de algo saber que la mesa que estás tocando es “real” si no tenés forma de demostrarlo? ¿Qué es lo real? ¿Qué hace que la mesa del “mundo real” sea “más real” que la mesa del mundo “falso”? La “realidad”, como cualidad de las cosas, no es objetiva en el momento en que todo depende de la percepción de uno.
Seamos o no cerebros en una cubeta, interactuamos como tales. No hay que volverse loco pero hay que aceptar que Descartes tenía razón: la única existencia que podemos saber que es “real” es la de la propia consciencia; hayamos tomado la pastilla roja o la azul.
No somos personas, somos imágenes. Creés que conocés a tu madre pero no conocés a tu madre como persona; conocés a tu madre como imagen, una imagen creada en tu mente a partir de la imagen que emite ella. Hay dos paredes muy marcadas entre tu madre y vos: su emisión y tu interpretación.
Podemos creer que no somos cerebros en una cubeta pero toda interacción nuestra es entre imágenes caminando en un mundo que creemos real; donde la imagen de uno depende del otro y la imagen del otro depende de uno. El mundo en el que vivirías tomando la pastilla roja es igual de real que el mundo en el que vivirías tomando la pastilla azul.
Ahora, ¿qué tiene que ver La caja negra? Todo, siendo que su punto de partida es poner en escena la fragilidad de toda imagen.
La caja negra (2025) es el primer largometraje documental de Elisa Barbosa Riva como directora y guionista, y se presenta como un viaje en torno a la figura —y la ausencia— del escritor uruguayo-cubano Daniel Chavarría. Filmada a lo largo de casi una década, la película combina entrevistas, archivos, relatos íntimos y reconstrucciones para trazar un retrato imposible: fragmentado, desplazado y en permanente tensión entre memoria y olvido.
Un “problema” –que no es necesariamente un problema dado que en realidad es la forma en la que solemos vivir- de los documentales –y de los retratos en general- es que parten de la idea de que la persona retratada existe. Parten de la idea de que la persona retratada es retratable.
Un retrato es, según la RAE, una “pintura o efigie (imagen o representación) de una persona”; siendo esto una definición completamente ideal. Un retrato intenta ser la imagen de una persona pero es inevitable que se quede en el camino en el momento en que existen, como individuos, el retratista y el retratado.
El retratista retrata la imagen que percibe –percepción alterada no sólo por la propia consciencia sino también por contexto y otros factores- de la imagen que emite –emisión incompleta resultante de una mezcla de la intención y las posibilidades del emisor- el retratado. El retrato acaba siendo la imagen (retrato) de la imagen (interpretación) de la imagen (emisión) de una persona.
La caja negra, cuyo lema preliminar era “Un retrato de Daniel Chavarría”, se presenta como “Un retrato fragmentado”; que la propia Elisa Barbosa Riva, en la entrevista que le realizamos con Mateo Alves, explica de esta forma:
“‘Un retrato sobre Daniel Chavarría’ siempre nos hacía ruido. ¿Un retrato sobre alguien? ¿Es posible retratar a alguien por completo? Creo que nunca se llega del todo. Una película no es “sobre” alguien, sino “cerca de” alguien. Sería, en todo caso, estar cerca de Daniel Chavarría.
Siempre vas a quedar cerca de algo, nunca llegar al todo. Como cuando intentamos tocar algo: molecularmente nunca llegamos a tocarlo realmente. Lo mismo pasa con una persona: estamos siempre cerca, en constante construcción y deconstrucción. El “retrato fragmentado” es eso: la búsqueda de materializar a Daniel desde distintas aproximaciones, pero también con su ausencia.”
En sus casi 10 años de realización, la forma de abordar el documental viró drásticamente. Lo que en un inicio intentó ser un retrato sobre Daniel Chavarría, se fue topando con las paredes que mencioné antes.
Es eso lo que hace especial a La caja negra: no es sólo saber que “nunca vas a poder retratar del todo a alguien”, es saber que lo que estás retratando no es una persona, sino una imagen; consciente o inconscientemente.
La caja negra no retrata una única imagen. La caja negra es un collage. Es una película consciente de que la forma más fiel de “retratar” a una persona es no retratándola. La caja negra retrata contextos, retrata imágenes e interpretaciones sobre Daniel, imágenes en momentos tan difusas que escribían su nombre como “Daniel Chavarriaga”.
Pienso en esto y me acuerdo del documental Saura(s) de Félix Viscarret. El director, que admiraba a Carlos Saura, quería retratarlo y decidió hacerlo a través de sus siete hijos. En la teoría, su idea no suena muy diferente a lo que estoy halagando de La caja negra pero, filosóficamente, parten de conceptos diametralmente opuestos.
Saura(s) intenta “retratar a Carlos Saura a través de sus hijos”. La caja negra retrata el mundo que rodeaba a Daniel Chavarría. Saura(s) es un documental expositivo: te muestra lo que dicen sus hijos sobre él y lo que él mismo dice sobre sí, creando una imagen teórica y concreta. La caja negra no; La caja negra te muestra cosas que, en diálogo con otras, te hacen experimentar y no sólo ver.
La caja negra sabe que la vida no es objetiva. La caja negra sabe que retratar “a alguien” es un concepto abstracto porque las personas no somos hechos concretos, sino entes abstractos y variables. Somos un cúmulo de imágenes abstractas y es eso lo que intenta (y logra) representar.
Volviendo a la entrevista, al preguntarle sobre si la película siempre partió de esta idea, Elisa nos comentó:
“Hay algo que quiero enlazar: un poeta cubano que admiro mucho, José Luis Serrano. La poesía cubana me fascina, y Serrano fue un referente importante para esta película.
(…) Quiero traerlo porque creo que él es un gran referente para entender la poesía como ciencia. Para mí la poesía es una ciencia exacta. Si queremos describir algo, la poesía se acerca más que nada a una fórmula matemática capaz de expresar fuerzas de atracción de masas.”
Ahora sí: es eso. Es eso lo que hace especial a La caja negra.
La caja negra no es un texto expositivo sobre Daniel Chavarría. No es una biografía. No es una antología de entrevistas de gente hablando sobre Daniel. La caja negra es un poema.
La caja negra es un retrato de muchas cosas que rodeaban a Daniel Chavarría. Su familia, sus conocidos, sus lectores. Sus obras. Los animales, la violencia. El amor, el sexo, la muerte.
