UNA CRÍTICA PROVINCIAL Y POCO SERIA SOBRE SÁNGUCHE CALIENTE (2025)

Parte de la discusión alrededor de Sánguche Caliente, de Manuel Facal —estrenada el año pasado y hoy disponible en AntelTV— quedó atrapada en un ruido un poco lateral a la película. La campaña de promoción insistió bastante en dos ideas: primero, que estaba filmada con un celular y que era la primera película uruguaya en hacerlo (justo cuando parecía que ya habíamos logrado sacarnos de encima el karma del “primer algo” en el cine nacional); segundo, que su irreverencia, su humor zafado y su velocidad representaban una especie de antídoto contra ese “cine uruguayo aburrido” contra el que su protagonista, Alan Futterweit, despotricó en entrevistas y redes con una intensidad bastante acorde al personaje que interpreta en la película: un tipo siempre al palo, incluso antes de que se le reviente una bolsa con tres gramos de merca escondida en el culo.

Su gesto —medio punk, medio performático— terminó organizando gran parte de la conversación pública sobre la película. Y fue también el contexto en el que, hacia fines del año pasado, un comentario negativo en Letterboxd del crítico Nicolás Pedrucci escaló hasta convertirse en una pequeña polémica, amplificada luego cuando la revista Estado de Vigilia publicó una versión expandida de ese comentario. Allí Pedrucci sostenía, en esencia, que al presentarse como una supuesta antítesis del cine “tradicional” o “comercial”, Sánguche Caliente no hacía más que consolidarlo: una irreverencia de superficie que en realidad no arriesga nada, una película que aparenta combatir algo pero termina confirmándolo.

El primer problema con ese argumento es que parte de una oposición bastante dudosa: la idea de que existe algo así como un bloque relativamente homogéneo llamado “cine comercial uruguayo”, frente al cual esta película vendría a funcionar -o pretender funcionar- como alternativa. En la práctica, ese bloque es difícil de identificar. Tanto la defensa provocadora que hace Futterweit de su película como la refutación de Pedrucci parecen partir del mismo supuesto: que el cine uruguayo puede dividirse más o menos claramente entre un cine hegemónico, lento y solemne, y otro cine irreverente que vendría a romper con ese modelo. Ambos le están ladrando a una sombra en la pared.

Porque lo que Pedrucci señala puede ser parcialmente cierto, aunque no necesariamente en relación con las películas mismas sino con el imaginario persistente que circula sobre el cine uruguayo. La cruzada de Futterweit contra ese supuesto “cine nacional aburrido” no hace más que reforzar la idea de que el cine uruguayo es una cosa más o menos única, más o menos uniforme, más o menos lenta. Y la crítica que intenta desmontar ese gesto termina atrapada en la misma lógica: ambos terminan discutiendo una abstracción antes que la película en sí.

Y Sánguche Caliente, más allá de todo ese ruido discursivo, es bastante concreta en términos formales.

De hecho, muchas de sus decisiones formales se entienden mejor si se piensa la película como una especie de cartoon trasladado al live action. No sólo por el uso sincrónico de acciones exageradas y efectos de sonido —Eva larga humo y suena un tren, una música siniestra subraya la mirada sospechosa de un personaje— sino por la lógica misma que organiza el mundo de la película: una lógica elástica, caricaturesca, más cercana a la animación que al realismo. La forma en que Alan camina rígido cuando está re-duro, los merqueros mandibuleando con una intensidad casi mecánica en el baño del Clash, o la aparición y desaparición casi sobrenatural del ninja interpretado por Luciano De Marco funcionan según ese mismo principio: el mundo de la película no responde tanto a las leyes de la física como a las del gag.

En ese sentido, Sánguche Caliente puede entenderse como la tentativa de mezclar la lógica de otras zonas del audiovisual contemporáneo: el ritmo vertiginoso del influencer, la acumulación de gags y efectos visuales berretas, la hiperactividad sonora y la exageración física que caracterizan buena parte del ecosistema audiovisual actual en redes, cruzado con ciertos registros de la televisión rioplatense de los noventa y el cartoon clásico. Lo que suena como un pastiche termina siendo un delirio bastante coherente. Una película que no busca tanto construir una ilusión de realismo como sostener una maquinaria de estímulos, chistes y accidentes narrativos que se encadenan con la velocidad de una ametralladora.

Leída desde ahí, la película también encaja bastante bien dentro de la filmografía de Manuel Facal. Desde sus primeros trabajos, Facal parece perseguir una cosa bastante específica: filmar, con una mezcla de amateurismo obstinado y entusiasmo cinéfilo, un universo juvenil burgués medio zafado y saturado de estímulos. Esa búsqueda lo llevó tanto al amateurismo radical de proyectos como Achuras 1 y 2 como a producciones de mayor escala como Relocos y Repasados o Fiesta Nibiru. Entre esos dos polos —el cine hecho literalmente con amigos y el intento de entrar en una producción más profesional— su filmografía siempre pareció moverse en una especie de tensión.

Sánguche Caliente da la impresión de ser el punto donde esa tensión encuentra, por lo menos momentáneamente, una síntesis. Porque si el bajo valor de producción confinaba a sus películas más amateurs a un nicho muy específico de seguidores, el aumento de escala de sus producciones más profesionales a veces terminaba introduciendo una voz algo impostada —una moralina medio Cris Morena en Relocos y Repasados, o cierta frialdad publicitaria en el delirio de Fiesta Nibiru. En Sánguche Caliente, en cambio, el dispositivo parece encontrar un equilibrio bastante preciso entre precariedad productiva y libertad formal. Un equilibrio que más que cobijarse detrás de una irreverencia sin forma, como acusa Pedrucci, parece más bien plantarse en un cine que se piensa a sí mismo desde la energía formal como una forma de pensamiento cinematográfico. En este sentido, el error del texto de Pedrucci es quizá suponer que el pensamiento en cine sólo puede aparecer bajo la forma de una idea explícita o de una puesta en escena reflexiva o solemne. Pero hay películas cuyo pensamiento está en su energía, en su ritmo, en su lógica interna y referencial.

La película es, en ese sentido, profundamente local. No porque esté llena de referencias uruguayas —que lo está— sino porque responde a un impulso bastante literal de filmar y retratar a todo trapo lo cercano: los amigos, las anécdotas, los espacios propios, el pequeño universo cotidiano del director. Facal ha filmado recurrentemente en su propia casa, con sus propios amigos y a partir de historias que parecen emerger directamente de su entorno inmediato. Lo que hace acá -y que trató de hacer siempre- es inyectar a ese costumbrismo una dosis considerable de delirio, épica y velocidad.

Curiosamente, la película que fue acusada de ser completamente inofensiva terminó generando una de las discusiones más interesantes del cine uruguayo reciente. Tal vez porque, más allá de sus virtudes o defectos —que los tiene—, se trata de una película que al menos produce fricción. En otro comentario de Letterboxd alguien decía que Facal lleva quince años haciendo la misma película. Puede ser. Aunque también podría decirse que lleva quince años intentando hacerla. Sánguche Caliente da la impresión de ser el momento en que esa búsqueda finalmente se consolida.

Y si es así, lo interesante no será tanto esperar que repita esto, como una fórmula, sino ver qué hace ahora que parece haber saciado un sueño de larga data.

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