La mitad de mi familia (2024, Ariel Wolf)

Cuando el ritmo acelerado de la rutina se paró aquel 13 de marzo de 2020 el tiempo empezó a transcurrir más lento. Las actividades que llenaban los días tuvieron que ser reemplazadas por otras que fueran compatibles con el aislamiento social y el cierre, durante varios meses, de los lugares de trabajo y estudio. La verdad es que si la pandemia de COVID-19 fomentó algún ejercicio este fue el de pensar. El freno de la vorágine diaria permitió que, de a poco, se pudieran escuchar mejor los pensamientos, y entre ellos los gritos del pasado.

Ariel Wolf, egresado y ex docente de la Escuela de Cine del Uruguay, no fue ajeno a este fenómeno. Motivado en parte por la carrera de sus padres, ambos psicoanalistas y por ende estrechamente ligados a la cuestión del sentido, y por otra parte también por la necesidad de investigar la tensión que había entre sus orígenes, se propuso documentar, a través de los recuerdos de su madre, la historia de su familia. Así nació La mitad de mi familia.

Si bien es cierto que cada familia es un mundo lleno de sus propias particularidades, la de Ariel representa muy bien no solo esta idea, sino también la síntesis de uno de los momentos más importantes de la historia: la Segunda Guerra Mundial. El abuelo de Ariel, David, fue un judío alemán dueño de una mueblería familiar, y su abuela, Anita, una alemana de clase acomodada. Fruto de su amor nació Doris Hajer, reconocida psicoanalista y madre de Ariel, narradora de esta historia y también, por qué no, su protagonista.

La misma razón que motivó a Ariel a retratar a su madre durante un año entero fue la que, previamente, había llevado a Doris a escribir sobre la misma temática. Ella tenía miedo de que, por los estragos del tiempo, se le borraran los recuerdos a su padre, y Ariel, aunque se sabe las historias con lujo de detalles, entendía la importancia de mantener el legado vivo, de preservar la memoria, y que no es lo mismo contada por alguien más. El ejercicio de la memoria es la madre de este documental, y es probablemente la actividad más difícil de ejercer puertas adentro. Ciertas experiencias, nombres, lugares, resultan tan lejanos (a veces incluso geográficamente, como Alemania) que el interés por saber de ellos nunca se enciende.

Doris tiene clarísimo que no proviene de una familia convencional: “nací en un hogar tan peculiar como muchos, más especial que unos cuantos” comenta casi al principio cuando va a comenzar a desarrollar su génesis. Al ser hija de inmigrantes se suma la carga histórica del origen de su familia, muy bien sintetizada por ella a través del sentimiento de que “ninguno de mis progenitores se dio por enterado de que la angustia que me acompañaba de modo inevitable era saber sin duda que la mitad de mi familia mató a la otra mitad”. Nacida en Uruguay luego de que sus padres escaparan de la guerra, Doris afirma que siempre sintió que no era ni judía ni alemana, que “quería ser uruguaya” pero que tampoco se la aceptaba del todo bajo esos términos. Se podría decir que la cuestión de la identidad es un leitmotiv tanto en su historia (y por ende en su vida) como en el documental. Gran parte de la niñez y juventud de la psicoanalista se desarrolla siempre entre bifurcaciones: judíos y alemanes, Uruguay y Alemania, su madre y su padre, su madre y su abuela paterna, Frankfurt y Berlín, etc.

Donde su madre, probablemente, veía un refugio y una vuelta a sus propios recuerdos, Doris ve un sufrimiento. Anita vuelve a Alemania de visita varias veces, en las cuales se reencuentra con su pasado. Allí es testigo de que así como su vida siguió en Uruguay (por ejemplo con el nacimiento de Doris), la de su familia también continuó en Europa (con la muerte de su padre siendo un episodio clave en este proceso). La uruguayidad de Doris, y su corazón, son una cuerda tensa que tira hacia el lado opuesto que la de su madre. Esa distancia emocional marcó su relación, y también la forma tan diferente en la que ambas vivieron sus vidas.

La primera vuelta a Alemania, cuando la protagonista era todavía muy pequeña, está marcada por los vestigios de la guerra: edificaciones destruídas, el primer acercamiento con lo que pasó y el reencuentro con unos recuerdos y un legado que, a tan corta edad, es difícil de procesar. ¿Quién fue su abuelo, padre de su madre? ¿Qué sangre corre por las venas de Doris y se mezcla con la de su propio padre? El documental no duda en poner sobre la mesa una pregunta que Hannah Arendt respondió en Los orígenes del totalitarismo (1951),  La condición humana (1958) y Eichmann en Jerusalén (1963): ¿Qué hace posible un comportamiento tan brutal?

Preguntarse por quiénes fueron los antepasados es en parte también preguntarse por quién es uno mismo, y cuando el pasado fue tan tormentoso el camino se hace todavía más escabroso de lo que ya es de por sí. Aunque la historia de Anita y David está marcada por el amor y la perseverancia, también encuentra momentos de terror y oscuridad, como cuando ambos son apresados por anarquistas en Alemania por creerse que eran espías. Con el paso de los años la perseverancia se mantiene, pero el miedo también, aspecto que se ve reflejado en los breves momentos en los que Doris puede ver una versión mucho más humana de su madre.

Ocurre una secuencia a la vuelta del primer viaje a Alemania en la que Doris es testigo de un romance entre su madre y otro hombre que no es su padre. Decir que este episodio es “interesante” resulta banal, pero quizás sea la mejor forma de expresar la sensación que deja en la audiencia. Momentos como ese recuerdan que, a pesar de ser una historia fantástica (en el sentido de increíble) no deja de ser la vida real. A veces la realidad parece mucho más ficcionada que la propia imaginación, y aun así una sigue siendo la verdadera y otra solo lucubraciones.

Es durante una caminata por el Barrio Reus que Ariel Wolf afirma que “todo vínculo es de poder” y que no recuerda si eso lo dijo Freud, Spinoza o Hegel. Fue este último filósofo el que desarrolló la dialéctica del amo y el esclavo/la dieléctrica del señor y el siervo. Puede que a primera vista resulte ajena, pero está presente en casi toda dinámica entre personas, incluso el propio Carlos Marx bebió de ella.

Explicarla en términos hegelianos requiere de un corpus teórico extenso, por lo que la parte teórica habrá que dejarla de lado. Así y todo, es relevante detenerse sobre el eje central de esta, el cual de forma extremadamente simplificada y resumida, propone que la conciencia debe reconocerse a sí misma para ser autoconciencia, y esto solo puede darse cuando esta descubre que ella misma es la que configura el mundo. Cuando ve la naturaleza, esta es en realidad un espejo de lo que hay dentro de sí. Cuando se pregunta por el mundo en realidad lo que está haciendo es preguntarse por ella misma. El problema es que, al reconocerse en el mundo, se da cuenta que no está sola, que hay otras autoconciencias. ¿Qué pasa cuando me cruzo con otras subjetividades que están igual de seguras que yo de que son idénticas al mundo? Comienza la lucha a muerte: las autoconciencias se enfrentan entre sí. El concepto de “lucha a muerte” no es un mero dramatismo, es una realidad: solo puedo encontrar mi reconocimiento si soy reconocido por alguien como yo, es decir, alguien que puede reconocer el mundo. El mundo reafirma lo que asevero porque existe otra conciencia que defiende lo mismo que yo. La resolución del conflicto se da a través del hecho de que ambas saben que su vida está en juego, pero que, al mismo tiempo, la vida de una depende de la de la otra. Si alguna muere la que se mantiene de pie no recibe el reconocimiento por el que pelea. Allí es cuando entra en la ecuación el miedo: una autoconciencia se atemoriza porque ve que la otra está muy bien plantada en su certeza, y no pretende retroceder. Entonces la primera prefiere darle la razón antes que morir. De esta forma, la primera evita dejar de existir y la segunda obtiene su reconocimiento porque no se ejecuta la muerte de la anterior. Básicamente, una conciencia decide renunciar a su propia autonomía porque teme a la muerte.

El propio Wolf ha afirmado que “la dialéctica del amo y el esclavo está muy presente en mí (…) y he tratado de lidiar con ello toda mi vida, no pudiendo jamás estar cómodo en un rol ni en el otro”. Es posible que también haya estado siempre pululando cerca de Doris, en relación a las dicotomías anteriormente mencionadas. Los choques culturales, emocionales, e incluso en cuanto al vínculo entre su madre y ella, o el de su madre y su padre o su abuela paterna y su madre, ilustran en menor o en mayor medida las ideas explicadas por Hegel en la Fenomenología del espíritu (1807). La propia Doris es la tensión entre la afirmación y la negación que dieron origen a su vida, o dicho de forma hegeliana: ella es la negación de la negación. ¿Cómo se carga con un legado tan fuerte?

El clímax del documental es alcanzado cuando Marisa, la pareja de Doris, afirma “nunca me permito ser pensada, siempre lo pienso por mi misma”. Si hay una forma bastante acertada de resumir el ejercicio narrativo, y analítico, de Doris durante la hora y treinta y cinco minutos del largometraje es esa frase. Toma las riendas de su propia historia y la expone de una manera que demuestra que es dueña de su pasado. Puede parecer obvio que deberíamos serlo, pero es probable que no todos lo seamos. En la misma conversación surge la temática de la dinámica de poder en las relaciones, y Marisa comenta que “los que tienen miedo a ser libres le tienen pánico a la libertad de otros” al mismo tiempo que la escena se difumina sobre una foto de los padres de Doris.

No hay mejor manera de sintetizar este documental que a través de una idea que Marisa suelta entre medio de sus reflexiones: “uno es responsable de lo que ama”. El amor, la dedicación, y el esfuerzo, principalmente de Ariel y Doris, traspasan la pantalla. Si existe una sensación que prima durante toda la película esa es el cariño, en todas sus formas.

El pasado miércoles 15 de octubre, en el marco del Festival de Cine Nuevo, se proyectó en el Auditorio Nelly Goitiño. Allí, una vez más, la historia de Anita, David, Doris, Ariel, y toda su familia volvió a recordarnos la importancia de la memoria. Otra vez, los espectadores fuimos invitados a revivir su pasado, y con ello a entrar a la casa llenísima de libros de Doris, y a escucharla tocar en el piano la canción El tilo, de Franz Schubert.

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