Susana Lastreto tiene una vida atravesada por el teatro, la enseñanza y la creación en movimiento constante entre Uruguay y Francia. Su nuevo largometraje Renée Pietrafesa Bonnet. La quinta de los secretoses un documental de 52 minutos que define como una carta, un gesto íntimo hacia una amiga y figura central de la música uruguaya. Combinando archivos, dibujos, conciertos, conversaciones y memoria, Lastreto construye una película que busca recuperar a Renée y devolverla al presente con la misma libertad con la que vivió y trabajó.
Antes de entrar en la película, le pedimos que se presentara y que contara cómo fue ese camino que, desde el teatro, la llevó al cine.
Bueno, queríamos que te presentes, que cuentes un poco tu trayectoria.
Toda mi familia es de aquí, de Uruguay. Toda la vida aquí. Después vinieron los problemas que hicieron que muchos se fueran. Tuve hermanos que tuvieron que irse, y después yo también me fui a Europa.
Empecé haciendo teatro aquí, en el Teatro El Galpón, y después, cuando me fui, seguí estudiando en una escuela internacional, donde después también di clases. Fundé una compañía, hice unos treinta años de teatro y llegué a tener un teatro en París, que dirigía durante el verano. Pero siempre tuve esa idea de que quería hacer cine.
Soy dramaturga, tengo bastantes obras publicadas, y un día dije: “Bueno, voy a escribir un guion y ver qué pasa”. En el año 2020 tuvimos la oportunidad de filmar en Montevideo un primer largometraje, Eurídice allá lejos. Y desde entonces estoy siempre buscando financiamiento para un segundo largometraje, que es muy difícil de conseguir.
Ahora tuve la oportunidad de filmar a Renée Pietrafesa, que era una amiga, pero además una figura importante de la música contemporánea uruguaya. Fue pionera en un mundo muy masculino (la música, la dirección de orquesta), y trabajó en eso desde los años setenta hasta 2022, cuando falleció. Era una persona muy comprometida con la enseñanza: durante más de quince años dio talleres en su casa para niños. Yo quería rescatar esa figura, que poco a poco se olvida o que las generaciones jóvenes ya no conocen. Era alguien con mucha libertad, con muchas facetas: también pintaba.
Desgraciadamente falleció mientras filmábamos, así que tuve que terminar la película trabajando con archivos y montando a partir de eso. Pero creo que quedó un documental interesante, al menos eso me dicen, y yo quedé muy contenta.
Antes de entrar en la película quería preguntarte cómo fue ese paso al audiovisual.
Y un día dije: mirá, allá tengo mi compañía, acabo de hacer una obra de teatro en París que duró bastante y fue muy bien, pero pensé: si no lo hago ahora, no lo voy a poder hacer más. Así que dije: “basta”. No pedí más subvenciones para teatro.
Tengo un amigo que es director de fotografía (que ganó el premio a mejor foto de ficción con mi primer largometraje) y me dijo: “vamos a filmar un corto, así lo usás como carta de presentación para los productores”. Filmamos el corto, que fue muy lindo, también lo seleccionaron, y después dije: “bueno, ya que les gustó y parece que soy capaz de hacer un corto, voy a intentar un largo”.
Hice unos meses en una escuela allá, la Louis Lumière, para aprender un poco la gramática del cine, lo básico, digamos. Después empecé a llamar a productores, y con el primer largometraje pusimos plata de mi compañía, plata personal, y conseguimos apoyo del PUA y de otros fondos que ayudaron con la postproducción y así lo terminamos aquí.
Y con este nuevo proyecto ya fuimos un poco más allá: tenemos como productor a Federico Moreira, de LaMayor Cine, y seguimos avanzando con eso y otros proyectos. No fue nada fácil, fue todo muy audaz, por suerte con gente que me quiere y me acompaña.
Después de una carrera dedicada a otra cosa, un día dijiste: “también quiero hacer cine”. ¿Y estudiaste para eso?
Sí, hice ese curso de seis meses en la Louis Lumière, para aprender lo básico, y tuve la suerte de encontrar a la persona justa: el director de foto con el que trabajo es como otro yo. Nos entendemos muy bien. Yo le puedo decir “quiero ver esto” y él lo capta enseguida, o le digo “mirá, pasa un pajarito, filmalo”, y lo hace. No hay prohibiciones: estamos siempre en movimiento, y eso para mí es muy importante.
Siempre defendí que uno puede hacer todo y nada, que no hay que encasillarse. En general, te encasillan: “ah, hacés teatro”, “ah, hacés cine”, y parece que no podés hacer las dos cosas. Yo creo que sí: uno tiene que hacer todo. Después los demás dirán si esto es mejor o peor, pero si tenés una necesidad de expresarte, cada cosa encuentra su forma. Algunas ideas piden el cine, otras el teatro, otras la escritura. Tengo varias obras publicadas, dos novelas también. Cada historia pide su modo.
No me pongo límites, hasta que el cuerpo me dé.
Bueno, ahora sí, entrando en la película. ¿Cómo surge? ¿Cuándo arrancás?
Eso fue en 2019. Yo venía mucho a Montevideo y era amiga de Renée desde hacía años. Nos habíamos reencontrado en París.
Eurídice fue en 2020. Se estrenó en el Festival de Cinemateca de 2022, y después, en 2023, la mostramos por todos lados. Hizo el mismo recorrido que estamos haciendo ahora.
¿Entonces ya habías arrancado a filmar un poco a Renée?
Sí, había empezado, pero sin la idea de hacer un documental. Hasta que un amigo de ella me dijo: “tengo tantas ganas de que se conozca más a Renée, ¿por qué no hacés un documental?”. Pero no había plata, así que íbamos con la cámara filmando sin una idea clara. Le pregunté: “¿podemos seguir filmando?” y me dijo que sí. Así fue, de a ratos, intermitentemente.
Después Renée falleció, y me quedé con todo ese material. Pensé que sería una lástima dejarlo en un cajón. Entonces, una amiga suya (la que guarda los archivos y todo lo que ella hizo, su música) me sugirió pedir un fondo.
Yo no pensaba hacer documentales (siempre hice ficción) pero me entusiasmé.
¿Cómo cambia la película en el momento en que Renée fallece?
Tenía una idea previa, pero me quedaron muchas cosas por preguntarle. Entonces se me ocurrió entrar en su vida de otro modo. No quería que fuera una biografía, sino algo distinto: una carta, una carta de amor a alguien que admiré y admiro, diciéndole: “mirá esto, esto, esto”. La película se fue escribiendo desde el montaje.
Y en los huecos, cuando ya no podía filmar más, dibujé. Cada vez que necesitaba unir escenas y no tenía material, dibujaba. Así se fue haciendo.
Algo que me gustó de la película es eso: se siente como una carta, muy física. Los dibujos aportan mucho a esa textura. ¿Eso se buscó?
Renée era muy ecléctica, polifónica. Quise hacer un documental que se pareciera a ella. Y también estaba mi emoción: había perdido a una amiga. Eso era lo más importante. Si la gente se emociona y entiende que el hilo es emocional, no biográfico, entonces la película funciona.
Esto ya se menciona en la película, pero ¿cómo era tu relación con Renée?
Ella era mayor que yo, así que primero fue una relación de admiración. La música siempre me interesó, aunque ese tipo de música no es fácil. Después fue una relación muy humana. Cuando hice un espectáculo para niños en Francia, le pedí música y me mandó uno de sus discos para que eligiera algo.
Nos veíamos poco, porque ella vivía aquí y yo allá. Hubo un tiempo largo en que no vine pero cuando la llamaba y le decía “hola Renée, vengo a verte”, era como si nos hubiéramos visto ayer. Esas personas que las llamás treinta años después y te dicen “¿cómo andás?, vení a tomar un café”. No había distancia. Estábamos en la misma sintonía.
Por eso fue fácil volver a encontrar cómo hacer el documental, aunque también fue doloroso, porque estaba trabajando con alguien que ya no estaba.
Bueno, preguntarte también por la música de la película.
La música es toda ella. Hubo que elegir. Eso lo diseñamos con el montajista, porque había que ver que no fuera ilustrativo, que a veces funcionara en contraste, que hubiera momentos emocionantes y variedad de climas.
Después, en la mezcla de sonido, se agregaron cosas: los dibujos de los barcos que pasan, las gaviotas, los ambientes. Pero todo lo que es música (incluso esos pequeños bing, bing, bing, como gotas cuando se abren las puertas) es de ella. No solo las composiciones, también las grabaciones. Siempre que suena un instrumento, lo toca ella.
¿Cómo sentiste el cambio de la ficción al documental?
Fue sin querer. No lo pensé, simplemente se dio que eso era lo que tenía que hacer. En cierto modo no lo pensé como un documental, lo pensé casi como una ficción. No es ficción porque todo lo que cuento es verdad (incluso lo que parece mentira, como lo del taxi), pero lo vi como alguien que está contando una historia. Usé elementos de la ficción dentro del documental. En realidad, no me veo haciendo un documental de esos que dicen “la persona tal nació en tal año”, o “la isla tanto tiene cuatro volcanes”. No es mi mundo.
¿Podrías desarrollar esa idea de tratar al documental como ficción?
Sí, sabiendo que no era una ficción. Pero quiero decir que no la traté con las reglas del documental, esas que te explican lo que ves. Yo no quería explicar lo que veía, lo estaba diciendo. Por ejemplo, le digo “ahí estás tocando tal cosa”, pero no es que se lo diga, porque claro que sabe qué está tocando.
La pregunta era cómo hacer que el público también lo sepa, que entienda qué es lo que suena, y que eso tenga sentido dentro del relato. Decirle: “me acuerdo que estabas dirigiendo esta orquesta con esta obra”, que además también es de ella. La ficción sería ese camino de hablarle a alguien que está muerto.
Es un poco… no sé si conocés el concepto de autoficción.
Sí, ¡cómo no! Lo inventaron los franceses.
¿Va a estrenarse la película allá en Francia?
En principio sí. Eurídice la presentamos. Salió incluso en salas en París, en una. También la pasamos en la Embajada del Uruguay, en los consulados de León y Burdeos.
Yo formo parte de una asociación que se llama Cine Club Uruguayo en Francia, junto con Rubén Otormín. Somos tres o cuatro, y organizamos muchas funciones de cine uruguayo: las mostramos en la Embajada Uruguaya —que tiene un público grande—, en la Casa de América Latina en París, que también tiene una sala tremenda, y a veces con el Instituto Cervantes u otros espacios. Más o menos cada dos meses presentamos una película uruguaya, porque allá casi no se ven.
No hay distribución como con las argentinas, por ejemplo. Y mostramos de todo: todas las películas de Gabriela Guillermo, Los modernos, El baño del Papa, Whisky… y también las más nuevas, como Tiburones, que la vamos a pasar ahora.
Para cerrar: ¿qué esperás para la película y el legado de Renée?
Para mí, ahora lo importante es que la película se vea lo más posible. Que la gente joven la vea. Por ejemplo, vamos a ir a Mercedes, a un nuevo festival audiovisual y cinematográfico. Es el primer año que lo hacen, y les interesó porque hay muchas escuelas de música. La idea es que los jóvenes vean que se puede hacer muchas cosas con la música, que no hay que limitarse a una sola forma.
Y porque además Renée es una figura nacional. Como está Onetti en la literatura, está ella en la música. Hay compositores contemporáneos, pero mujeres hay pocas. Y eso es un tema: incluso hoy hay muy pocas directoras de orquesta en el mundo, y ella ya dirigía con la sinfónica del Sodre.
Mi idea es esa: recuperar, no olvidar. Mis temas en general van por ahí, cómo recuperar un Uruguay que conocí, que ya no existe, que se transformó. Que no se olviden ciertas cosas que fueron importantes.
Mientras hacía la película, el sentimiento era íntimo: “que no se olviden de ti”. Ahora es más amplio: que la gente sepa que fue una gran profesional, y que todo lo que dejó no puede tirarse a la basura. Que haya directores que dirijan sus obras como se dirigen las de Tchaikovsky o Beethoven. Que se recupere, que se programe.
Hizo muchísima música para teatro, ganó dos Florencios. Todo eso también se puede volver a mostrar. Que sirva para inspirar a la gente joven.
Ella trabajó en Canal 5, en talleres, con niños, como se ve en la película. Siempre hay alguien que me escribe: “Yo la conocí, hice un taller con ella”. Hay muchos que se deben reconocer en los archivos.
A partir de cierta generación, todos la conocían. Después se olvidó, con todo lo que pasó: la cultura se cortó, mucha gente se fue, y cuando volvió, era otro país. Hubo una época en que no había más eso.
Esa es mi idea: que no se pierda. En Francia, por ejemplo, la mostré y les encantó. Me decían: “Qué personaje tan interesante, qué luminosa”. Les daban ganas de escuchar su música. Y claro, uno puede pensar “qué música tan complicada”, pero ella misma decía: no es complicado si uno se deja ir.
Al fin y al cabo, de eso se trata.
