Diego Melo: “Siempre hicimos todo con lo que teníamos”

Diego Melo, junto a Marcelo Di Paolo y Ernesto Rodríguez, ha llevado más de dos décadas de experimentación y pasión por el cine desde Mervel Films. Lo que comenzó como un juego entre amigos se transformó en un universo propio, que resultó en Panchopalooza, su primer largometraje, que condensa humor, acción y un espíritu completamente uruguayo.

¿Cómo arrancó Mervel Films?

En Mervel Films arrancamos siendo cuatro amigos. Después se fue mezclando: empezamos a meter familiares, hermanos, compañeros de liceo… y fue creciendo.
Pero siempre los cuatro cabecillas éramos nosotros: Marcelo Di Paolo —al que le decimos Mae, el actor principal—, Ernesto Rodríguez, que es el codirector de Panchopalooza, y yo.

Antes de Mae, el actor principal era Martín Martínez. Con el tiempo él fue dejando y Marcelo pasó a tener más protagonismo. En esa época Ernesto era más el camarógrafo, el que agarraba la cámara y hacía todo con ella. Yo me encargaba más de la dirección, los efectos especiales y la edición.

Me pasaba los cumpleaños editando. Siempre hacíamos un estreno en mi cumpleaños: invitaba a mis amigos a las seis de la tarde y hasta las diez u once no bajaba, porque me quedaba editando arriba. Entonces estaba mi cumpleaños, pero yo no estaba. Bajaba tipo quinceañera, ponía la película y listo. Siempre eran así los cumpleaños.

A veces llegaba a las doce y se querían matar: llegaba después de mi propio cumpleaños. Estaban todos ahí, comiendo y tomando, diciendo “che, ¿y Melo?”, y Melo estaba arriba editando.

Mi hambre era poder mostrar la película y brindar. En realidad la paga era esa: compartir lo que habíamos hecho. Sí, era muy egocéntrico, pero queríamos ver su reacción, si les gustaba.

¿Y en qué año empezó todo?

Mervel arranca en 1995, caminando al liceo. Mae y yo vivíamos cerca: él me pasaba a buscar y nos íbamos juntos al Liceo 2, por Parque Batlle.

Mis abuelos habían comprado una cámara de video. En esa época tener una cámara era una cosa compleja, no como ahora que hay cámaras hasta en los relojes. Que mis abuelos me dijeran “che, la pueden usar” fue un antes y un después.

Fue tipo: “pa, listo, ya está, vamos a hacer algo”. No sabíamos qué, hasta que Mae me propuso hacer nuestra primera película.

¿De qué trataba esa primera película?

Era una película basada en un cómic que yo hacía. Yo dibujaba cómics, era mi hobby del momento, y uno de ellos se llamaba Batmelo: era Batman, pero yo, con la panza para afuera. Era una cosa cómica, tragicómica, mezcla del Batman de Adam West con algo de Tim Burton. Una cosa rara.

Super nabo. Con chistes onda Los Simpsons, pero con la oscuridad de Tim Burton. Como El Pato Darwin.

¿Y llegaron a filmar el corto?

Sí. Decidimos hacerlo, y como mis cómics se llamaban Mervel Films —porque me gustaba Marvel, sobre todo El Hombre Araña— le pusimos ese nombre. Aunque en realidad me gustaba más DC: era más oscuro, los guiones me parecían más centrados. Batman me encantaba. Así que hice una mezcla: le puse “Mervel” por Melo, pero los cómics iban más para el lado de DC.

¿Y el nombre quedó?

Sí. Cuando ya hacíamos más cortos que cómics pensamos en cambiar el nombre, así que estuvimos una semana proponiendo nombres nuevos, hasta que dijimos: “dejemos Mervel, ya está”, ahí yo dije “Pero Mervel es de Melo” y ellos dijeron “No importa, dejalo así.”

Y quedó. Todos de acuerdo.

Vimos algunos de sus cortos viejos y queríamos preguntar: ¿cómo fue que llegaron a hacer I Want You for Agrimensura?

Hacía tiempo que veníamos filmando muchas pelis, y como Martín, Marcelo y Tito estudiaban ingeniería —yo al final me cagué al último minuto y me pasé al arte, dejé la pata de ingeniería—, ellos tres tenían mucho contacto adentro de la facultad.

Había lugares espectaculares. Uno le decían La Baticueva, que quedaba abajo. Ahora está divina, pero en esa época era un quilombo: lleno de cacharros, parecía un taller de científico loco o un búnker de apocalipsis zombi. Tremendo lugar. Ahí hicimos muchas pelis.

Siempre pedíamos permiso, el decano bajaba, nos firmaba, nos autorizaba, y ya éramos parte del lugar. Yo ni siquiera era de ingeniería, pero entraba igual. “¿Qué hacés, vení, pasá.” Era así.

Y un día nos dicen: “Che, vieron que en Agrimensura tenemos pocos alumnos. Hay que hacer una campaña para que venga más gente”. Porque Martín, Tito y Ernesto estudiaban ingeniería en sistemas, pero Mae había agarrado para el lado de la Agrimensura, que no es lo mismo que agronomía, como queda claro en el corto. Y les dijimos: “Dale, lo hacemos y lo movemos”.

Cortometraje: I Want You for Agrimensura

¿YouTube ya existía en esa época?

Sí, estaba empezando a hacerse conocido, pero todavía no era algo masivo. No todo el mundo andaba con celular ni había pantallas táctiles. Ver un video en el celular era impensable. YouTube era algo para ver en la compu, en tu casa, y tampoco era que todo el mundo tenía computadora. La computadora era para laburar o estudiar, no para mirar videos.

Lo que había era el cable. Nuestra cabeza estaba puesta en eso: hacer cortos y algún día terminar en HBO o en algún canal de cable. Nunca pensábamos en una plataforma como Internet.

Arrancamos a subir cosas a YouTube después, y medio de rebote. Nunca fuimos YouTubers, de subir un video tras otro. YouTube nos parecía solo una plataforma más –aunque el tiempo nos hizo ver que estábamos equivocados-. A nosotros lo que nos importaba era sacar los cortos en DVD y venderlos.

Teníamos una web para venderlos y también los movíamos en convenciones y festivales como Montevideo Comics o Montevideo Fantástico. Era nuestra forma de distribuir, como Metallica con los cassettes: nosotros movíamos el DVD.

Al ver Panchopalooza en el cine, sentimos que había un universo ya creado detrás de la película, con chistes internos que nos perdíamos. Eso nos llevó a investigar y descubrir la existencia de Mervel Films, una parte del cine uruguayo que, para quienes no la vivieron en su momento, parecía haber quedado un poco escondida en el tiempo ¿Podrías contarnos sobre ese rincón del cine uruguayo?

Fue una época en la que ser youtuber, tiktoker o influencer no existía como carrera. Pero entre 2005 y 2010, ponele, nosotros decimos que fue la época dorada de Mervel. Hicimos muchos cortos, nos presentamos en pila de festivales, y siempre, en cada Montevideo Comics o Montevideo Fantástico, estábamos presentando algo. Y había mucha gente esperando ver eso.

De hecho, los de Montevideo Comics una vez vinieron y nos dijeron: “Muchachos, ustedes tendrían que cerrar Montevideo Comics”. El último día, cuando se llenaba la sala por el concurso de cosplay, lo último antes del cosplay eran nuestros cortos. Y empezamos a cerrar Montevideo Comics. Para nosotros fue un honor.

Incluso después nos pidieron más cosas. Porque hacíamos de todo con ellos. Yo les propuse, por ejemplo, matar a Mae en el escenario. Te juro que Mae entraba a Montevideo Comics y le pedían autógrafos, lo paraban, se sacaban fotos. Era una celebridad. Todavía me acuerdo de gente que le decía: “No tengo nada, ¿dónde me podés firmar? Tengo un billete de 20 pesos, no lo gasto nunca. Firmáme el billete de 20 pesos”.

Le traían regalos, ofrendas. Había un loco que venía siempre, fanático de Mervel, y amaba una película nuestra que es Mati, un mediometraje. Si no la vieron, mirenla, porque es un cague de risa. El loco le traía bolsas de maní por Mati, por el personaje de la peli. Caminabas por ahí y eras una celebridad.

https://www.youtube.com/watch?v=H7jetNAxqPw&pp=0gcJCQYKAYcqIYzv

Ahora no nos conoce nadie, pero en la película, en Panchopalooza, pusimos un montón de recuerdos de esa época.

Romualdo, que en la película es muy importante, es un personaje de una serie de películas que se llama Hurgamán. Él es principal en Hurgamán 2 y en Hurgania, que vendría a ser como Hurgamán 3. Están en YouTube. Hurgania fue denominada en el diario El País como “la película más bizarra de Uruguay” en su época. En ese momento no sabíamos si era un elogio o qué. Después dijimos: “Nah, está bueno”.

https://www.youtube.com/watch?v=6Mt12TE4yiM

Romualdo para nosotros era muy importante y lo queríamos poner ahí. Pero hay de todo. El que de verdad siguió la historia de Mervel desde el arranque y ve Panchopalooza va a encontrar joyitas por todos lados.

Montevideo Comics y Montevideo Fantástico eran como los dos eventos principales de ese circuito más friki. Montevideo Fantástico, más que nada, era un festival con presentación de obras, premios, competencia. Sigue siendo así hasta el día de hoy.

Montevideo Comics era una convención. Ahí vos exponías; los cortos no competían. Se juntaba gente que le gustaba el cómic, la historieta, el anime, disfrazarse, hacer cosplay. No era muy común que hubiera mucho de eso en la vuelta. En Argentina había más, obviamente.

Y nosotros siempre tratando de estar en lo que se podía. Después cruzamos el charco y nos fuimos al BARS, Buenos Aires Rojo Sangre. También terminamos en el SARS, que es el de Chile.

¿Qué otros eventos del circuito había en esa época?

Fantapiria en Piriápolis, movidas en La Pedrera, La Movida Joven —que estaba buenísima y creo que ya no la hacen— tenía varios rubros y uno era cine: vos presentabas ahí.

También estaba el Vídeo Relámpago, que lo organizaba Cinemateca, si no me equivoco.

Ahí te daban una locación y cinco horas para producir un corto. Todo se hacía en cámara, o te anotabas en la versión de 24 horas para entregar el editado. Todos filmaban al mismo tiempo. Era un caos, pero estaba buenísimo. Nosotros hicimos varios cortos que están en nuestro YouTube y que nacieron del Vídeo Relámpago.

¿Tenés algún ejemplo?

Sí. Hay un corto nuestro que se llama Corré Carajo. Fue en el Teatro Solís. Podíamos filmar en todo el Teatro Solís y en toda la manzana, siempre que no saliéramos de la vereda. Adentro nos daban sectores: vos te anotabas y decías “quiero este sector, este y este”. Ponían todo en una hoja y se organizaba más o menos, pero todos filmaban a la vez.

Si querías una pared y estaban filmando ahí, tenías que pedir: “Che muchachos, ¿les queda mucho? ¿Nos liberan la pared un segundito para una toma?”. Era así. Se armaba idioma. Nos ayudábamos incluso. Preguntábamos “¿qué están haciendo? Qué bueno, a ver cómo lo hacen. Oh, mirá lo que hicieron”.

https://www.youtube.com/watch?v=WDmIRQtKwsc

¿Había competencia o era más colaborativo? ¿Se premiaba?

Sí, daban premios. Claro que había una atención ahí. A ver, cuando uno es artista, busca reconocimiento. Yo digo que todos los artistas tienen ego; si no, no podrían ser artistas. A todos nos gusta que te digan: “Ah, qué lindo que te quedó”. Que te den un primer, segundo o tercer lugar. A todos nos gusta. Y sí, daban premios.

Nos gustaba mucho. Mervel era como una banda de rock de garaje. Era la excusa para poder presentar algo: un corto en un festival, ir a Montevideo Fantástico, sacar una idea de la galera y hacer algo.

De cierta forma, Panchopalooza es el “concierto” de Mervel Films. La excusa de hacerla era celebrar los 20 años de Mervel Films. La bandita tenía 20 años y dijimos: “¿Qué hacemos? Vamos a hacer un largometraje para celebrar”.

La realidad es que Panchopalooza llega 10 años después, para celebrar los 30 años que vamos a cumplir ahora en diciembre. Nos llevó un montón, por varias razones. No es lo mismo hacer un corto de 10 o 15 minutos que un largometraje de una hora y media, y más cuando expandís mucho las zonas de confort.

¿Cómo afrontaban la producción con recursos limitados?

Siempre hicimos las cosas con lo que teníamos. Si quedaban mal, tratábamos de justificarlo como parte de la historia, porque sabíamos que había cosas que no íbamos a poder hacer. Lo hacíamos con amigos o familiares. Incluso si no teníamos camarógrafo filmábamos, dejábamos la cámara, la agarrábamos, nos pasábamos la cámara mientras nos filmábamos, lo que Martín denominó “el pase de la hamburguesa”.

¿Y cómo fue pasar de los cortos caseros a un largometraje más profesional?

Panchopalooza ya era otra cosa. Contratamos gente —todos amigos—, pero profesionales: cámara, sonido, luces. No era “che, me gustó ese rincón, vamos a filmar, 3, 2, 1, arranca”. Era: “Ah, pará, vamos a poner la luz, el arte, maquillarte…”. Llevábamos 25 minutos y todavía no empezábamos a filmar.

¿Cuánto tiempo llevó y cómo financiaron el proyecto?

Fueron dos años. El primer año fue 2016-2017, que fue cuando hicimos la mayor parte de la producción. En 2018 hicimos algunas cositas más y después, creo que fue en 2021, terminamos algunas tomas en la Facultad.

Fue financiado 100% por nosotros. La plata salió básicamente del bolsillo de Ernesto (Tito) y de Marcelo (Mae). Los profesionales amigos que trabajaban con nosotros tampoco cobraban, lo hacían de manera colaborativa. Filmábamos fines de semana para no interferir con los trabajos de nadie, lo que hacía que las jornadas de rodaje fueran irregulares: 15 jornadas distribuidas en un año, algunas quedaron para años posteriores.

¿Por qué hubo tanto tiempo entre 2018 y 2021?

Bueno, en la pandemia, clarísimo, en 2020 hubo una pausa grande. Entre 2018 y 2019 yo tuve mucho trabajo y también había que organizar qué nos faltaba, ordenar el material. Íbamos pateando planos que quedaban porque no necesitaban todo el equipo. Cuando vino la pandemia, tuvimos que frenar todo. Incluso pensamos en sacar algunas escenas de la película, pero para nosotros eran vitales. Por suerte no lo hicimos.

¿Cómo surgió la historia de Panchopalooza?

Cuando decidimos hacer un largometraje teníamos que pensar en el guion. No es lo mismo pensar un guion de un corto que de un largo. Por lo menos yo voy a hablar de cómo soy yo: termino el guion de la primera y, mientras estoy produciendo esa, ya estoy pensando en la segunda. Es tan enfermizo mi cabeza que ya pienso en la siguiente sin ni siquiera haber empezado la primera.

Era difícil centrarse en “¿de qué va a tratar esta película?”. Yo ya la quería tener terminada. Lo que terminamos haciendo fue agarrar tres guiones que teníamos dando vueltas que, por una razón u otra, no habíamos podido hacer y buscamos la manera de juntarlos. Cada uno era un mediometraje de media hora, y si los enhebramos, iba a quedar una película.

Uno se llamaba La leyenda del Judas, sobre el muñeco que se arma a fin de año y luego prenden fuego; en nuestra versión, se calentaba, se volvía un slasher y mataba a todos. Otro era la historia de la asesina, y el tercero era La mansión de los chanchos. De ahí sacamos la fiesta, el personaje excéntrico de Pancho, que lo hicimos aún más excéntrico. Terminamos unificando todo, viendo cómo combinar cada parte; Panchopalooza quedó desdibujado respecto a los tres guiones originales, pero nació de esas ideas que no tenían nada que ver.

No escribimos un guion literario. Era un caos: hojas de cuadernola, impresas, retocadas, mezcladas con storyboards tipo cómic. Saltabas de leer a ver un dibujo y volvías al texto. Llegó un punto en que hablábamos del final sin siquiera escribirlo. El final se discutió hasta durante el rodaje: yo quería uno, Tito o Mae otro. Al final logré imponer el mío, por suerte.

Después el montaje lo hizo un amigo, Federico Míguez, que también aparece en la película en un par de escenas como extra. Fede logró un primer corte muy bueno. Yo quería seguir puliéndolo, pero en mí recaían los efectos especiales y yo no estaba en condiciones: estaba hasta arriba del laburo, no daba más.

Ahí aparece Waldemar, el chiquilín que hizo los efectos. Es un salado total haciendo efectos, y estaba él solo. Yo hice algunos efectos también, pero los más berretas.

Como soy del palo de postproducción, durante el rodaje si faltaba algo decía “dejálo, lo arreglo en post”. Cuando te querías acordar, teníamos 96 efectos; ahora estamos en 250. Era una locura.

¿Y después, la distribución de la película?

Nosotros no sabíamos qué hacer con la película. Queríamos estrenarla de cualquier forma, para la gente que había estado ahí y nos apoyó. Nos daba lo mismo dónde saliera: si era en el fondo de casa con un proyector, lo hacíamos.

Hablamos con varias salas; algunas no respondieron. La que respondió rápido fue la Nelly Goitiño. Como estábamos fuera del circuito correcto, la sala nos dijo: “si la tienen y quieren, una semana después la pueden estrenar”.

Hicimos todo mal: lo usual es coordinar con todas las salas y ponerla en un calendario. Nosotros estrenamos en Nelly Goitiño y después golpeamos puertas de Movie y Life; nos decían “sí, todo bien”, pero estábamos desinformados. Aprendimos a los golpes, como siempre. Nunca nos formamos formalmente.

Nunca hicimos la ECU; todo lo que hacemos, desde postproducción, edición, guion, siempre fue amateur. La experiencia que tenemos hoy fue por errores o viendo a otros, no por un título colgado en la pared.

¿Cómo sentiste ver finalmente Panchopalooza en pantalla después de tanto trabajo?

Divino. Lo que hacemos siempre es sentarnos al fondo, mirar más qué cabezas se mueven, quién se levanta o se va. Son señales de qué hiciste bien y qué mal. Como dice Mae, algo que escuchó de Chespirito: no podés contentar a todo el mundo.

Cuando hacés algo, a alguien le va a encantar y a alguien no le va a gustar nada. Pero está bueno aprender de eso. Por ejemplo, si alguien se paró y se fue, tenés que ver por qué y cuándo pasó.

También te permite entender cómo cambió la percepción del público con los años. Vos podés hacer algo hace diez años y hoy, la misma escena puede provocar otra reacción. Es analizar, pensar, ver qué cambió en nosotros, en la sociedad.

Si la veo 600 veces, la veo con cara de póker, duro. Pero la energía de la sala es contagiosa: si alguien se mata de risa, te reís igual. Lo mismo con el miedo o la emoción: si varios se asustan o lloran, vos lo sentís también. Esa energía que se da en la sala es una droga, una adrenalina que querés vivir. Ver a la gente aplaudir, cagarse de risa. Cuando lloran, lloro. Porque te contagia esa energía.

Como artista egocéntrico, no voy a ver mi obra, sino qué hace mi obra. Eso es lo que me alimenta. Ver la reacción de la gente es la droga que consumo en el cine. Es compartir algo que salió de tu cabeza y tu corazón, querer que los demás disfruten, se rían, recomienden a otros. No siempre lo lográs, pero cuando lo lográs, es contagioso.

Ir al cine es una experiencia comunitaria, y eso me gusta más que la película misma.

Para terminar: ¿cuál es el futuro de Mervel Films?

Hoy estamos disfrutando Panchopalooza, sin pensar en la 2 o en qué haremos mañana. Lo hablamos, pero estamos en el presente. No sabemos cuándo se va a terminar, pero cuando llegue ese momento, le vamos a dar la última gota y después vemos. Nunca vamos a parar.

Llegaríamos a filmar con 90 años si pudiéramos. Hacer cosas que te gustan y que hacen bien a otros, aunque sea solo hacer reír, es suficiente. No salvamos vidas, pero la risa es algo valioso. Siempre está bueno hacer a alguien reírse.

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