Viene a mi mente un comentario de Chris Marker en Sans Soleil. La exactitud de las palabras se ha ido cubriendo por las arenas del tiempo, pero el mensaje todavía sobresale: recordar no es lo contrario a olvidar, sino que es el ordenamiento de lo sucedido. Poner en secuencia los eventos, darle una lógica que subyague y ate instantes pasados, la memoria es meramente el acto de recontar. Y al hacerlo se llenan los espacios en blanco o se le agrega color, detalles que no son propiedad del pasado sino de la imaginación. Por lo general, en el cine este proceso se obvia, se incluye dentro de la pantomima que como espectadores hemos decidido aceptar como real mientras nos encontramos sentados en la sala. Así sucede en la ficción, nadie cuestiona los personajes y eventos de El baño del papa, por más que haya surgido a partir de una anécdota real. Y así también sucede el documental, al ser presentado un hecho como real, tendemos a tratarlo como tal. Pero, cada cierto tiempo aparece una película en la que el mismo acto de recordar se pone en tela de juicio y el recontar se sincera, en esta ocasión esa película es Un mundo recobrado.
La directora argentina Laura Bondarevsky se encontró con un desafío tremendo: quería retratar a una persona muy querida que recientemente había fallecido, pero no tenía entrevistas a ella, u otros tipos de material fílmico suficiente como para hacerlo. Esta persona era Yenia Dumnova, una rusa soviética que terminó siendo una pieza clave para la izquierda uruguaya y chilena en tiempos de dictadura. Su vida por sí sola daría para hacer el más interesante de los documentales biográficos o un abanico de películas de género según qué momento de su vida, desde un thriller político hasta una comedia romántica de época, realmente fue una persona así de interesante. Bondarevsky, naturalmente, decidió hacer todas las anteriores combinadas, sumándole un escalón más, la autoconciencia del medio utilizado. Es decir, hizo un ensayo cinematográfico.
Un ensayo cinematográfico es una cosa que es más fácil definir viéndolo que con palabras. De todos modos, voy a hacer mi mejor esfuerzo. Para empezar, en un ensayo se toma distancia. La historia de Yenia se trata desde su fallecimiento, por lo que en cada frame de la película ella es algo lejano, un recuerdo. La conexión dramática directa que tenemos es con la protagonista de la película, su directora, Laura Bondarevsky. Ella aparece como personaje tanto en una voice over como en pantalla. Sin embargo, Laura Bondarevsky (pj) no es interpretada por Laura Bondarevsky (directora), sino que es interpretada por la actriz Verónica Gerez en pantalla y por Laura Paredes detrás de esta, en la voice over. Esta necesidad visceral por separar el hecho de la persona es un elemento que puede haber sido tomado de la previamente mencionada Sans Soleil, donde Chris Marker separa el proceso de filmación del proceso posterior reflexivo, poniendo una voz femenina para enunciar el último.
Este distanciamiento tiene como propósito mantener un tono tirando a poético que habilita un libre uso de material de archivo, la espina del ensayo. Para contar la vida de Yenia se usan archivos personales, tanto de su vida como de Bondarevsky, como archivo histórico. Destaco las imágenes de la dictadura uruguaya y del golpe de estado en Chile, que personalmente no había visto antes: enfrentarme a esta violencia y caos por primera vez fue una experiencia demoledora. Y no sólo las imágenes, el trabajo de sonido también es muy bueno y fundamental para crear impacto. Justamente del sonido surgen preguntas que enlazan al relato con la naturaleza reconstructiva del documental, “¿Cómo suena una bomba estallando en el medio de una ciudad?”, se pregunta Bondarevsky, lejana a al terrorismo estatal de los 70s. Existe una brecha irreconciliable entre la vida de ambas, aunque están atadas por circunstancias de vida; la película abre con la montaña nevada y se vuelve en varios puntos a esta imagen que cumple la función de sintetizar emocionalmente tanto la conexión entre ambas: nevada y fría era la Rusia natal de Yenia, así como también la Suiza donde ella conoció a Laura.
Además del archivo, la película reconstruye momentos con actores, la médula de este ensayo. Ya mencioné que Verónica Gerez interpreta a la directora, incluso estando en plano interactuando con algunos entrevistados, pero además tenemos una actriz que interpreta a Yenia en su juventud, Carla Moscatelli (Las vacaciones de Hilda, Alelí). Ella aparece dando una muy buena actuación en momentos claves de los setenta, que cambian de tono y género bajo la voz de mando de la directora:“Ahora es cuando la historia se vuelve un thriller”. Esta reconstrucción autoconsciente me hizo recordar momentos de My Winnipeg, con la diferencia de que acá la puesta en escena es subjetiva según las emociones de Yenia: en los momentos de alta intensidad, el foco será blandito y se perderá, por ejemplo. Estas escenas son en separado un interesante retrato cotidiano de la dictadura en la capital de este país que es muy interesante ver, aunque pueden chocar un poco con las imágenes reales de estos momentos. Pero ahí está la gracia del ensayo fílmico: permite una honestidad en el uso de recursos que apuntan a una pregunta más grande.
La relación de Laura con Yenia es una de nieta y abuela. Pero no en un sentido biológico, sino espiritual. Se conocieron en el exilio, una era una mujer mayor, cansada de tener que plantar sus raíces cada vez que la vida la llevaba a país diferente y la otra era una niña pequeña que crecía en un entorno nostálgico por un lugar que ella no conocía. En ese momento, la niña pequeña le preguntó si era su abuela, ya que no podía conocer a su abuela biológica por el exilio, y ella, al no tener hijos ni nietos, le respondió que sí. No es relevante si el vínculo fue muy duradero o real, sino que lo importante es que lo sintieron. Eso es lo que se da a entender durante toda la película, como en la escena al principio en la que Laura viaja a reconocer el cadáver de Yenia. Casi al 100%, esto no sucedió. Es meramente una hipérbole de los sentimientos de Laura que además tiene una función narrativa.
Rumbo al final, un bichito empieza a crecer en mi oreja y me pregunta, entre tanta reconstrucción dramática y anécdotas grandilocuentes, ¿Es realmente Yenia a quién vemos plasmada en la película?, ¿No está un poco idealizada? ¿Existe una barrera dónde termina el mito y comienza lo que fue realmente su persona? Y no puedo ignorar al bichito, cómo lo haría en una ficción, sobre todo considerando las circunstancias dramáticas en las que terminó su vida, las cuales no voy a spoilear porque su revelación en la película es un latigazo de agua helada directamente al pecho.
Pero al final, el bichito se calla viendo un montaje sobre el ocaso de la vida de Yenia. Vemos al esposo de ella tocar algo en el piano y esa música nos lleva a un caleidoscopio de imágenes de su casa, su patio, árboles, vida… pero cuando volvemos a la imágen de su esposo no está realmente tocando la misma melodía, toca algo un poco más amargo. Es en una de las pocas escenas que vemos a Yenia en movimiento, hablando y expresando sus propias opiniones. Ese cambio en el audio es la conexión entre lo recontado y lo poco que tenía antes, también es una manera de dar conciencia que la película es simplemente una reconstrucción. Lo dice con honestidad desde el título: este es un mundo recobrado, no el mundo directamente como fue. Pero como con los recuerdos, lo importante es el esfuerzo de hacer memoria, de conservar el espíritu de aquello que ha pasado y más importante, compartirlo. Si no fuera por esta película, nunca hubiera conocido el mundo de Yenia.
