En diciembre, poco antes de tomar la decisión de poner en pausa Revista FILM por unos meses, fui a Rocha y aproveché para reunirme a tomar un café con Leonel Cauchois, director novel de Román –la película rochense que el año pasado recorrió medio país y ganó el premio de Medios y Largos Nuevos Talentos del Festival de Cine Nuevo-, con la intención de entrevistarlo.
Esa entrevista ocurrió pero, por distintas circunstancias, nunca se publicó. Ahora, cuando estábamos por apretar el botón de reanudar la revista, volví a escribirle a Leonel para re-hacer la entrevista incluyendo las actualizaciones que hubo en los últimos meses. Sobre todo, el estreno de su nuevo cortometraje, Uruguay 2002, que estrena hoy, 7 de marzo, en la Muestra de Cine del Tridente.
Como la vez anterior, primero quiero pedirte que te presentes.
Tengo 23 años. Soy realizador audiovisual en el interior, específicamente en Rocha. Hace un tiempo hice una película que se llama Román, que tuvo mucha más repercusión de la que yo pensaba que iba a tener, sobre todo siendo una película hecha acá en Rocha, filmada por gente de Rocha y producida por gente de Rocha.
Al principio, más que nada por una cuestión medio protocolar, empezamos presentándola en centros culturales. Después fuimos yendo a lugares más populares, hasta que llegó a salas de cine. Incluso terminó entrando en el catálogo de estrenos de ACAU en 2025. A partir de ahí se me empezaron a abrir muchas puertas.
Yo no tengo formación académica en cine, es todo autodidacta. Y la verdad es que todo esto me viene resultando muy lindo. Se me han abierto muchas oportunidades: ir a festivales, conocer lugares que jamás pensé que iba a conocer, o estar hablando ahora contigo. Porque yo estoy acá en Rocha, en el interior, y es complicado: las cosas cuestan el doble. Entonces, para mí es casi un milagro estar hoy haciendo más cosas audiovisuales, haciendo películas como Román. Estoy muy contento de que se hayan abierto esas puertas.
Bueno, ya pasó más de un año desde el estreno de Román. Viéndolo en retrospectiva, no tanto la película sino el recorrido de distribución: ¿qué te gustaría repetir y qué no? ¿Qué sentís que hiciste bien en ese proceso?
Las principales ganas que tengo de hacer otra película también vienen de que en esta me equivoqué en muchas cosas. Hoy me gustaría cambiar varias cosas. Ahora ya sé qué puertas tocar, qué protocolo seguir, dónde arrancar y dónde terminar. En ese momento todo era muy sobre la marcha: ir a un centro cultural y ver si nos dejaban presentar la película, básicamente.
Más allá de eso, hay muchas cosas de las que no me arrepiento. Haber ido a lugares extraordinarios como Cinemateca, o a salas de cine muy lindas que hay en Montevideo y en el resto del país. Pero sí, en lo protocolar, en lo que tiene que ver con la gestión del estreno y con la distribución —que era un tema con el que yo estaba bastante obsesionado— hay cosas que cambiaría para una próxima película.
Y a Román le fue bastante bien considerando que nosotros no teníamos portafolio, ni una carta de presentación, ni nada. Llegábamos, tocábamos una puerta y lo único que teníamos era una película. Ahora es distinto, y por eso tenemos muchas ganas de seguir haciendo.
¿Qué lectura hacés de haber hecho ese camino más ligado a centros culturales que a un recorrido comercial más tradicional?
Uruguay es un país maravilloso —lo digo sin ser alcahuete, porque yo soy argentino—. Es un país donde, culturalmente hablando, tenés las puertas bastante abiertas. Te tiran para adelante sin demasiadas condiciones.
Yo vengo quizá de un lugar que no es hostil, pero donde no es tan fácil tocar una puerta y decir: “Hola, tengo una película y quiero estrenarla”. Entonces valoro mucho eso.
Mi lectura es que me encantaría repetir todo ese recorrido de vuelta, esta vez con más ganas y más entusiasmo, porque ahora sé que la gente se presta, que te dan el espacio para estar ahí, para mostrar tu película, y te empujan para adelante. Eso es algo que se valora muchísimo.
Por eso mi lectura es totalmente positiva. Si alguien quiere hacer algo audiovisual acá, que lo haga y que recorra este camino, porque no le van a cerrar las puertas: al contrario, le van a dar para adelante.
¿Vos ahora, además de lo audiovisual, estás trabajando en algo?
Sí, yo tengo mi vida en paralelo. Trabajo con Canal 9 acá en Rocha y también con otros canales de televisión y medios locales, páginas y cosas por el estilo. De una forma u otra estoy bastante ligado a todo eso.
Pero también me han permitido tener tiempo y condiciones para poder filmar y hacer cosas audiovisuales. Mucha gente me pregunta cómo hago para llevar una vida laboral de ocho horas y, al mismo tiempo, intentar ser Robert De Niro. Es complicado, no es fácil. Encima estando acá en Rocha, donde todo cuesta un poco más.
Igual fui moldeando mi vida en estos últimos años para poder estar hoy haciendo estas cosas: para poder filmar, para poder estar hablando contigo ahora. Es un trabajo largo que hice, pero no me arrepiento de nada.
Ahora sí, entrando en Román como producción. Contame cómo fue el proceso de producción. Tema presupuesto, por ejemplo, y también cuánto sentís que hubo de inversión en trabajo y tiempo.
Voy a tratar de ser breve. Filmar Román nos llevó, en tiempo, un año y medio. Durante ese año y medio estuve muy metido en el personaje y pensando constantemente en la película, en querer filmar.
Y en cuanto al presupuesto: cero. Cero presupuesto, cero pesos. Dependíamos de que las personas pudieran filmar, de que el equipo tuviera disponibilidad y de que yo organizara todo para que la filmación pudiera suceder.
No quiero tirarme flores ni nada por el estilo, pero realmente fue una hazaña. Hubo muchos momentos en los que dije: “No puedo más, no se puede, no tengo forma de hacer coincidir a todas estas personas para poder filmar”.
También fue un año y medio de mucha frustración y desgaste emocional. Porque cuando estás tan metido en algo —como yo estaba con el personaje de Román— lo único que querés es filmar, filmar y filmar. Todo el tiempo decía lo mismo al equipo: “Quiero terminar esta película cuanto antes”.
Sin embargo, el resultado terminó saliendo muy lindo. Una vez que ya teníamos todo filmado empezó otra etapa que también fue muy pesada para mí, que fue el montaje. Ya habíamos terminado la filmación y tocaba entrar en la postproducción. Cuando vi las 28 carpetas que tenía en el escritorio casi me da algo. Pensé: “¿Cómo voy a armar todo esto?”.
Tuve charlas interminables con mi madre y con amigos, preguntándome si todo ese esfuerzo realmente valía la pena, si iba a tener algún tipo de devolución, si al final del camino iba a haber una lectura positiva.
Al principio, no te voy a mentir, tuve muchísimas dudas. Iba y venía todo el tiempo: si hacerlo o no hacerlo, si valía la pena seguir. Fue un año y medio de desgaste emocional y laboral para que, recién después del estreno —un mes, dos meses después— empezara a aparecer todo el resultado de ese trabajo.
Ahí empezaron a llegar mensajes de todos lados y la película de alguna manera se me escapó. Entonces, si tengo que dar un consejo a alguien que quiere hacer algo así, es que no se rindan. Sé que suena muy cliché, pero realmente vale la pena.
Yo no dudé de lo que podía llegar a ser la película. Sí dudé muchas veces de si hacerlo acá en Rocha era lo adecuado, o si mi vida en ese momento pedía meterse en algo tan grande. Pero cuando al final del camino se abrieron esas puertas y llegó la recompensa, pensé: haría todo esto mil veces.
Recién dijiste que en cierto momento la película se te fue de las manos. En la entrevista anterior también habías mencionado algo de que la película, en un punto, dejó de ser tuya y pasó a ser de la gente. ¿Cómo desarrollás esa idea?
Para algunas personas eso puede sonar peligroso, como si fuera algo negativo. Te dicen: “Ojo, tené cuidado, la película es tuya”. Pero yo lo digo en un sentido conceptual, y también bastante literal.
Muchas veces ofrecí la película como diciendo: “Che, esta película es tuya, pásala cuando quieras. Decime cuándo la vas a pasar, a qué hora, y listo”. En ese sentido, dejó de ser mía porque yo ya no estaba gestionando directamente todas las funciones.
Le mando un fuerte abrazo a Sebastián Amoroso, del ACAU, porque muchas funciones me las organizó él. Otras me las organizó Daniel Fenoglio, de Circula Cine, y también otras personas con sus proyectos o empresas que se acercaron a preguntarme si había condiciones para pasar la película.
Ahí fue cuando empecé a sentir que la película dejó de ser mía: cuando yo dejé de ir con la película al hombro y empezaron a venir ellos, con ganas de pasarla. Mucha gente, de distintos lugares, me dijo que tuviera cuidado con eso, que tampoco es tan así. Y lo entiendo.
Pero en mi caso, siendo Leonel Cauchois, que prácticamente no me conoce nadie, me venía muy bien que esas cosas pasaran. Me venía bárbaro que hubiera gente que pusiera su propio esfuerzo para ayudar a distribuir la película.
Entonces, cuando empezaron a aparecer esos mini-tours por el interior, las funciones en distintos lugares y festivales, yo me corrí un poco para atrás y dejé que la película se manejara sola. Y, de alguna manera, eso fue lo que terminó pasando.
Volviendo al tema producción: equipos. Tanto equipo técnico como de personas. ¿Cómo fue conseguirlos?
Sí, bastante. Es gracioso porque algunos me dicen que prácticamente no me moví más de dos cuadras para filmar. Muchas escenas están filmadas cerca de mi casa, con gente que vive muy cerca de mí.
En lo técnico hay un debate grande: mucha gente dice que hay que filmar con lo que uno tenga, incluso con un teléfono. Y yo defiendo eso. Si tenés que filmar con un teléfono, filmá con un teléfono. De hecho, esta película —lo dije varias veces— la habría filmado igual con un celular, porque estaba convencido de lo que podía ser el proyecto.
Pero también hablé con las personas adecuadas. Así como estoy hablando contigo ahora, hablé con gente que tenía equipo y cámaras. Le mando un abrazo enorme a Gonzalo Torres, que es compañero mío de trabajo y mi mano derecha en todo lo técnico, en cámara y en ese aspecto.
Se portó muy bien conmigo porque confió plenamente en mí. No había presupuesto, no había forma de pagarle el servicio. Y aun así confió en lo que yo estaba haciendo y en lo que podíamos llegar a sacar. Incluso él mismo quedó sorprendido con el resultado.
En realidad el equipo técnico éramos tres personas: mi productor, Matías Mego; yo, como realizador; y Gonzalo Torres en cámara.
Después el resto del elenco fue contactado casi sobre la marcha. Les escribía días antes o incluso momentos antes de filmar y les decía: “¿Te gustaría hacer esto? Estos son tus diálogos, la escena va más o menos así”.
El 95% del elenco de Román no son actores. Son gurises normales, como yo. Les mandaba un mensaje, les mostraba el guion y se animaban. Y muchos de ellos ahora guardan esas escenas como un recuerdo lindo, se acuerdan de sus diálogos, de los planos.
Como creador eso me llena mucho. Parece una hazaña grande, pero en realidad es simplemente lo que pasó: éramos tres personas con un equipo de gente que confió en mí.
En tu nuevo cortometraje, Uruguay 2002, ¿qué aprendizaje de Román sentís que lograste aplicar o mejorar?
Uruguay 2002 es algo que me enorgullece mucho. A veces cuando digo esto la gente piensa que estoy “pegándole” a Román, pero no es así.
Cuando vi el producto final sentí que era, de alguna manera, todo lo que aprendí haciendo Román, pero llevado un paso más allá. Uno de mis miedos como artista era no avanzar, no crecer en lo que hago.
Y la verdad es que a todas las personas a las que les mostré el corto hasta ahora me dijeron que hay un crecimiento claro: en el montaje, en la narración, en la forma de contar.
Eso ya escapa un poco de lo que yo pueda decir sobre mi propio trabajo, pero visualmente Uruguay 2002 se ve mucho mejor que Román. Muchísimo mejor. Es un producto que, cuando lo miro habiendo pasado por la experiencia de Román, me hace pensar: “Qué bueno haber hecho aquella película”.
Porque todo lo que aprendí ahí está aplicado acá. Y lo más interesante es que no tengo que decirlo yo: la gente que vio el corto lo notó sola. Me dijeron: “Mejoraste, aprendiste”. Y al final eso es lo importante, que se vea en el resultado.
Antes de entrar de lleno en Uruguay 2002, para introducir la próxima pregunta, vuelvo un paso atrás: ¿cómo surge Román? ¿Cómo aparece la idea de hacer una película y de hablar de esos temas?
Primero surge una necesidad muy personal de querer filmar, de querer hacer una película. Eso aparece después de que fui a ver Desperté con un sueño, de Pablo Solarz, un director palomense, de La Paloma, acá en Rocha.
Él es un director local que trabajó con productores grandes. Pero lo que me impactó fue que esa película estaba filmada acá: algunas escenas en Rocha, otras en La Paloma. Yo todavía tenía la cabeza en un modo en el que pensaba que no había forma de hacer cine en el interior, que eso simplemente no existía.
Y estaba totalmente equivocado. Era una mezcla de ignorancia y soberbia, no creer que esas cosas podían pasar acá.
Fui a ver la película, salí de la sala y le dije a mi pareja de ese momento: “Yo tengo que filmar. Tengo que hacer una película acá en Rocha”. Porque el cine estaba ahí, frente a mí. Ellos habían tenido las cámaras, el equipo y las condiciones para hacerlo. Entonces pensé: yo tengo que conseguir esas condiciones, porque las ganas ya las tengo.
Ahí empezó todo. Primero apareció la necesidad de filmar, y después la pregunta fue qué película hacer. Ahí me di cuenta de algo que hoy repito bastante: si hacés una película para que le guste a todo el mundo, al final no la hacés. Porque terminás intentando agradar a alguien que ni siquiera sos vos.
Entonces tomé la decisión de hacer una película que me gustara a mí. Una película que yo pudiera mirar y decir: “Esto me gusta”. Y si a mí me gustaba, tal vez también podía gustarle a otras personas. Que fue lo que terminó pasando.
En cuanto a los temas, yo tampoco soy especialmente fanático de las películas sobre salud mental, aunque las respeto mucho. Pero tampoco tenía los recursos para hacer, por ejemplo, una película de acción o de terror.
Entonces pensé: hagamos un drama. Un drama que parta de la psicología de un gurí, de lo que pasa en su cabeza. Empecé a pensar en cosas más vinculadas al montaje, a las apariciones y desapariciones, a jugar con el sonido y con las imágenes.
Al principio mucha gente decía: “Va a quedar una película muy rara, muy de autor, medio pretenciosa”. Y puede ser que sí. Porque Román es, de alguna manera, una película totalmente de autor. Tiene un dramatismo y una seriedad muy marcados, y eso está en su propia identidad.
La idea era que la película tuviera esa cara, esas vibras.
Después de que apareció esa intención, lo que faltaba era definir concretamente qué historia íbamos a contar. En menos de una semana escribí Román con mi compañero Rubén. Adaptamos el texto a guion cinematográfico y ahí ya empezamos a contactar a las personas que necesitábamos. A partir de eso arrancó todo el proceso de filmación.
Ahora sí, con Uruguay 2002, si bien es una temática distinta, se siente una progresión. Las dos comparten cierto clima de crisis, de drama. ¿Cómo surge la idea de contar esta nueva historia?
Conectando un poco con lo anterior, ahora es mucho más fácil que las cosas surjan. Es más sencillo presentar una idea, anotarse a un fondo o a alguna convocatoria y poder filmar.
Con Román demoré mucho en arrancar. En cambio Uruguay 2002 fue cuestión de dos mensajes y ya estábamos filmando. Mi compañero de trabajo estaba muy entusiasmado y me decía: “Vamos a hacer algo, filmemos de nuevo”. Entonces le dije: “Dame un poco de tiempo”. Me puse a escribir y a pensar la identidad del proyecto.
Porque a mí no solo me gusta escribir el corto o la película. También me gusta pensar la identidad del producto: las tipografías, las imágenes, los afiches, cómo va a ser la estética general. Todo eso lo voy imaginando desde el principio.
Y en todo lo que es montaje, narración, escritura, preproducción y postproducción, siento que hay una mejora. Incluso a mí mismo me sorprendió. En el proceso me di cuenta de que estaba resolviendo cosas más rápido, trabajando mejor, tomando decisiones con más claridad.
Las ganas de hacer Uruguay 2002 también tienen que ver con que es un tema delicado. Creo que me gusta tocar temas bravos. No soy Shakespeare para hablar de la tragedia ni de la muerte, pero sí me interesa meterme en temas que marcaron a mucha gente.
En este caso, la crisis de 2002 fue la crisis monetaria más grande de la historia del Uruguay. Fue un momento durísimo, con una tasa de suicidio muy alta. Yo nací en 2002, así que no tengo forma de haberla vivido realmente. Pero hablé con muchas personas que sí la atravesaron y todas coinciden en que fue una época muy fuerte. Entonces pensé que valía la pena retratarla de alguna manera.
Algunas personas que ya vieron el corto también me dijeron algo parecido a lo que mencionás: que hay cosas que recuerdan a Román, sobre todo en la mirada autoral. Creo que eso ya tiene que ver con el artista. Son cosas que a mí me salen naturalmente.
Después de haber hecho Román, que tuvo muchas locaciones y un proceso de un año y medio, ¿eso influyó en la decisión de que este proyecto sea un corto y en una sola locación? ¿Cómo fue pasar de una producción tan larga a algo mucho más concentrado?
Fue un lujo, realmente. Porque en Román no solo tenías que coordinar locaciones: también personas, equipo técnico, horarios… Era un rompecabezas enorme. Antes de filmar una escena ya estabas dentro de una película.
En Uruguay 2002, en cambio, ya sabíamos a qué hora llegábamos, a qué hora nos íbamos y exactamente qué íbamos a filmar. Eso te da una comodidad enorme.
Incluso me dieron ganas de probar ese método en un largometraje. Si con este nivel de tranquilidad y fluidez pudimos hacer Uruguay 2002, capaz que en el próximo largo podamos aplicar esa misma lógica. Siento que aprendí a nadar en ese sentido.
Mencionaste antes que una de las cosas que hubieras hecho distinto con Román es la distribución. Con Uruguay 2002, ¿ya partís con una estrategia más pensada?
Sí, totalmente. Al principio tenía miedo porque venía de hacer un largometraje y de repente estaba pasando a un cortometraje. Y la verdad es que no conocía mucho el circuito de festivales de cortos: dónde tienen cabida, dónde se mueven.
Pero ahí la ACAU volvió a darme una mano. Me orientaron sobre qué pasos seguir, a qué festivales presentarme, cómo mover el corto. Incluso existe un fondo de posicionamiento internacional que te permite viajar si el cortometraje queda seleccionado en algún festival afuera, en Perú, en Chile o donde sea.
Eso te da más ganas de seguir presentándote. De ir probando en distintos lugares.
Entonces sí: ahora partimos con una planificación más clara. Igual siempre pueden aparecer cambios, porque nunca sabés qué va a pasar en el recorrido de un corto. Pero ya tener un estreno programado es un avance enorme.
Con Román teníamos la película terminada y no sabíamos dónde estrenarla. Terminamos estrenando en Castillos porque era el primer lugar disponible, ni siquiera fue en Rocha. Ahora, en cambio, con un portafolio y con experiencia previa, es mucho más fácil organizar esas cosas.
Por ejemplo, Uruguay 2002 se estrena el 7 de marzo a las 20:15 en la Muestra de Cine del Tridente. Y la verdad es que estamos muy contentos.
También organizaciones locales como Rocha Filma se acercaron para colaborar. Y eso está buenísimo, porque al final es un intercambio: yo tengo un producto que quiero mostrar, y ellos tienen un festival o un espacio donde exhibirlo. Cada uno aporta lo que tiene.
Y para mí es un avance que hace dos años me parecía imposible.
Bueno, como bien dijiste, en Uruguay 2002 hay una herencia clara de Román. Apenas lo ves sentís ciertas similitudes. Pero igual te pregunto: ¿qué sentís que hereda Uruguay 2002 de Román?
Hereda todo el pulimiento de los planos que a mí me gustan, el montaje que me gusta, la forma de contar que me gusta. Con Román pensé que había salido así porque simplemente, como artista, me salió así en ese momento. Pero con Uruguay 2002 me di cuenta de que no es solo algo que pasa por casualidad.
Inconscientemente tengo una forma artística de hacer las cosas. Me di cuenta de eso. No estoy diciendo que Uruguay 2002 sea igual a Román, pero sí me sorprendí viendo que hay planos parecidos, tiempos parecidos, un tipo de montaje parecido, aunque mucho más pulido y trabajado.
No diría perfeccionado, pero sí más afinado. Y creo que a partir de Román todos los trabajos que vengan después van a tener alguna relación con esa película. No tanto en lo estético, sino más en la vibra. Es mi ópera prima y, como artista, es inevitable que marque algo de lo que venga después.
Sí, es lo que te iba a decir. Para mí, más que en lo estético, lo que comparten es una cuestión de sensación. Las dos juegan mucho con la percepción de los personajes. En Román todo está más o menos desde su punto de vista: ves y sentís lo que siente el personaje. Y en Uruguay 2002 pasa algo parecido. ¿Trabajaste conscientemente esa idea de la percepción?
A mí me gustan mucho los puntos de vista. Me interesa cuando una historia se muestra completamente desde la posición de una persona, desde sus ojos.
En este caso era un chiquilín. Y claro, alguien puede decir que esos son los ojos de un chiquilín en particular, pero podría haber mil gurises distintos viendo la vida de mil maneras distintas. Justamente por eso me interesa: ver qué es para cada uno el bien, qué es el mal, qué está bien y qué está mal.
También me gusta mucho cuando el personaje se habla a sí mismo. En Uruguay 2002 hay una voz que no sabés muy bien si le está hablando al público, si se está hablando a sí mismo o si lo está escribiendo. Esa ambigüedad me interesa.
Para mí es más interesante mostrar un punto de vista que simplemente cubrir un hecho o contar un argumento de manera más convencional. Me gusta ponerme detrás del personaje. No literalmente poner la cámara detrás, sino pararme desde su lugar.
Mucha gente me ha dicho que, tanto en Román como en Uruguay 2002, sienten que están viendo la historia como si fueran el personaje. No necesariamente porque se identifiquen o porque sea un personaje “querido”, pero sí porque sienten lo que él siente.
Y eso, como artista, es una sensación increíble. Porque no lo hago de forma consciente, no es algo calculado. Yo simplemente intento hacer algo que a mí me guste. Y resulta que esas cosas que me gustan a mí también conectan con bastante gente.
¿Y cuáles son tus referencias? No solo en cine: pueden ser libros, teatro, lo que sea. ¿De dónde sentís que viene ese interés?
A mí me gusta mucho el dramatismo. Me gusta cuando una acción tiene su momento, su espacio, su música. Por ejemplo, algo tan simple como sacar un arma o robar un auto. Si le das toda una construcción alrededor, esa acción se vuelve casi mágica.
Desde lo narrativo no te voy a negar que me gustan mucho ciertos directores contemporáneos. Me gusta mucho David Fincher, me gusta Ari Aster, me gusta Jordan Peele. Toda esta camada que hace un cine que se siente distinto. No quiero decir “cine nuevo”, pero sí es un cine que no está tan atado a los estereotipos más clásicos.
Creo que Román toma bastante de esa nueva ola. Incluso el atrevimiento del guion tiene que ver con eso. Son temas que capaz no son los más comerciales o los más rendidores para una película, pero sí son temas que cautivan.
Entonces aparece la pregunta de siempre: ¿qué hace que una película sea buena o mala? Mucha gente me dice: “La próxima hacé una de risa”. Pero a mí me interesan más los directores que hacen películas que les gustan a ellos mismos. Eso es lo que más me atrae.
Recién hablaste del posicionamiento internacional. ¿Ves Uruguay 2002 como una especie de carta de presentación hacia afuera?
Hace poco hablé con Manuel Facal, que para mí fue una bendición, porque tiene mucha experiencia. También pude conversar con Pablo Solarz, que son cineastas que tengo cerca y con los que puedo intercambiar.
Ellos me dijeron que Uruguay 2002 es un cortometraje fuerte, que puede presentarse en distintos lugares. Yo, por mi parte, quiero intentar mostrarlo en varios festivales. Primero en Uruguay, en los más importantes.
Y después, como una especie de meta personal, me gustaría poder salir del país con este corto. Por eso te mencionaba antes el Fondo de Posicionamiento Internacional. Si aparece una oportunidad en algún festival afuera, me encantaría poder viajar con el proyecto.
Como artista y como persona, sería un sueño.
Esto ya me lo contaste en la otra entrevista, pero te lo pregunto: ¿cuál es el futuro de Florencio Cine? ¿Qué esperan hacer ahora? ¿Otro corto, otro largo?
Nosotros queríamos tener un cortometraje pronto de acá a julio, que es cuando vamos a volver a filmar. Y también tenemos un largometraje ya pensado, que estamos intentando gestionar como sea: conseguir dinero, sumar más equipo, profesionalizarnos para poder hacerlo.
Nuestra meta no es simplemente hacer una película más. La meta es, como pasó con Uruguay 2002, seguir subiendo la vara y hacer algo mejor que lo anterior. Para mí eso es fundamental.
Como te digo, vamos a volver a filmar. Es un hecho que Florencio Cine va a tener su próxima película. Y lo que siempre le digo a mi equipo —y lo digo también ahora— es que puede ser nuestra última película o puede ser la que nos abra la puerta al mundo. Nos jugamos todo en esa película.
La única premisa que te puedo dar es esa: nos jugamos la vida, la profesión y el corazón en lo que está por venir.
En su momento me habías contado algunas cosas de la película. No sé si cambió algo o si querés contar un poco más. Me habías dicho que era un drama deportivo.
Sí, eso se puede seguir diciendo.
No quiero decir que vaya a ser un Rocky, pero después de Román, que era un drama más lento y quizás más triste, y de Uruguay 2002, que ya tenía más movimiento, más picardía, lo que está por venir es otra cosa.
Es algo más místico, algo más grande. Y lo digo ahora porque estamos en el presente, pero mi objetivo cambió. Si en Román quería hacer llorar, ahora quiero hacer soñar. Quiero que la gente salga de la sala diciendo: “Che, quiero perseguir un sueño”. Para mí esa vibra es fundamental en esta película.
¿Sentís que es más accesible al público? ¿Más comercial?
Puede ser más comercial, sí, pero sin dejar de ser una película de autor. Va a seguir teniendo mis ideas, mis vueltas, mi forma de contar. Pero capaz que mucha gente, en vez de decirme “hacé una comedia”, salga diciendo: “Gracias por mostrarme esta película” o “me emocioné mucho”.
Va a tener vibra de autosuperación, muy ligada al deporte. Y en Uruguay eso está muy marcado. Me gustaría que muchos gurises la vean y salgan pensando: “Yo también quiero intentar algo”.
¿Y repetís el esquema de escribir, dirigir y protagonizar?
Sí, porque hoy por hoy es la forma posible de hacer estas cosas. Quizás el día de mañana pueda contar con un equipo más grande que me respalde más, pero por ahora también responde a una necesidad artística mía. Prefiero dirigir, actuar y también hacer el montaje.
Igual siempre contando con mi equipo, que es Gonzalo y Matías. Con ellos tiramos para adelante.
