El Niño y el Mundo (2013)

La Película de la Semana

El Niño y el Mundo, exhibida en la Sala Zitarrosa durante Febrero y en cartel en Cinemateca Pocitos hasta el 14 de marzo.

La primera secuencia de El niño y el mundo se presenta como un espacio en blanco del cual emergen formas giratorias que se van rehaciendo y transformando en otras formas hasta el infinito y sin pausas. Como un fractal en movimiento que concluye en un largo espiral de colores. Más tarde descubriremos la relación de esas formas con un caleidoscopio, a través del cual este niño sin nombre y apenas un rostro -protagonista de esta nueva y particular animación brasilera- puede ver el mismo tipo de formas coloridas.

El caleidoscopio es un objeto viejo y  manual del cual pocos niños deben haber escuchado hablar. No se carga, ni suena, ni se le puede enchufar nada; no son más que unas pocas piedras de colores amontonadas, algunos espejos en el medio y un agujerito por donde mirar. Sin embargo las formas que reproduce pueden deslumbrarnos. Mostrar un espiral con formas de colores a esta altura de la imagen audiovisual resulta un recurso viejo y trillado, igual que regalarle un caleidoscopio a un niño de cinco años. Sin embargo, contra esta idea, allí está el comienzo y el espíritu general de El niño y el mundo con su valentía, como si quisiera demostrarnos que todavía la animación puede hacerlo, que todavía esa clase de sencillos efectos visuales funcionan para el espectador. Y sí que funcionan.

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La animación tal vez no sea simple, pero sí es rústica y directa. Y cierta brutalidad se esconde en el trazo de sus personajes sensiblemente construidos. La misma brutalidad que subyace en el tratamiento de su tema, que guarda intenciones mayores.

El gran tema de El niño y el mundo es el capitalismo que en nombre del avance y el progreso desplaza gente, construye ciudades, logra idiotizar a unos cuantos y empobrecer a miles. Las imágenes elegidas para ponerlo en evidencia van desde referencias a los martillos de The Wall (1982), a la imagen del pueblo como gran masa uniforme y monótona que utilizaba Eisenstein y las de otras animaciones comunistas. Y de ahí es que parte hacia sus imágenes propias. Como la de los trabajadores de la fábrica que son echados porque ahora hay maquinas automáticas. O el ave de colores (representante del pueblo) que pelea contra un ave negra (fascista y símbolo de la fábrica que dejó a todos sus empleados en  la calle, imagen recurrente en el imaginario latinoamericano).  O el niño que pasa esquivando basura en su bicicleta, junto al estadio, ignorado por las masas que aplauden algún importante partido de fútbol (una de las pocas referencias concretas de la película al presente de Brasil, tras un mundial).

Estas y otras imágenes que poco tienen de originales en su concepción y que son más bien modelo y copia, son presentadas de forma clara y directa sin ninguna vuelta. No como nuevas, sino como verdaderas. Como si al igual que con el espiral del principio, la intención de la película fuera la de subrayar el cliché y reactivarlo de su olvido, buscando que prevalezca la importancia de las ideas que contiene por sobre la obviedad de su imagen. Lo que se está mostrando es cierto, así se haya mostrado una y mil veces de formas similares.

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El niño y el mundo es una biografía desordenada. La biografía de un niño sin nombre, con una cara que parece un botón, y que además habita un mundo sin idioma (sin un idioma que nosotros podamos reconocer, al menos).

El mundo al que se refiere el título, en la película se divide en dos. Uno es un lugar lleno de gente amontonada, con grandes avenidas en ciudades flotantes, enormes puertos atestados de contenedores industriales, paredes apestadas de publicidad, un estadio y edificaciones a patadas. Y otro donde sólo pasa un tren, predomina el campo que luego se convertirá en basural o terreno deforestado, y donde viven pequeñas comunidades. La obviedad del cliché al que nos referíamos empieza a alternarse. Uno no es triste u oscuro, ni el otro es alegre y colorido. Nada de eso. Aparecen otras imágenes nuevas y originales. Como ese ómnibus que se llena de siluetas humanas sin matices, o el tren de donde salen miles de hombres iguales que a su vez son y no son el padre del niño protagonista (de quien él solo guarda una melodía de su flauta en una cajita) o esas publicidades que muestran un tipo de gente que se parece a nosotros pero que en la película directamente no existe.

La trama, la historia del niño y estos mundos, de este mundo único, este mundo pasado y presente, mundo de hoy y de ayer o de hace 60 años, se cuenta a través de una cronología desordenada. Incluso no existe una verosimilitud constante. El niño en varios momentos existe en su propio futuro como niño y como adulto. Es un pequeño abrazando a su padre y es también ese hombre que se sube al tren, o el que trabaja en la fábrica de tejidos. O eso parece. Y es que la película nunca quiere dejarlo en claro y no es por lo tanto del todo certero ponerse a especular sobre su posible -o no- linealidad. No por el riesgo a encontrar errores, sino porque su naturaleza es anti cronológica, e intentar ordenarla sería contradecirla. Pues su guión corresponde a la lógica de los sueños, y no a la coherencia del mundo real. En esta película, como en los sueños, se viaja de un lugar y un tiempo a otros, sin que se pueda reconocer nunca el trayecto. Al igual que en los espirales; partimos de aquí y llegamos hasta allá, pero nadie puede explicar bien cómo, ni por qué, ni qué paso en el medio.

Nombre original: O menino e o mundo | Dirección: Alê Abreu | Guión: Alê Abreu | Año: 2013 | Duración: 80 min.

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