Donde pasan cosas

Crónica de un particular rodaje en Uruguay

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Paul Thomas Anderson dijo, luego de estrenar Puro vicio (2014), que cada vez que terminaba una película el cuerpo le pedía una siesta de tres años. Ese sumo agotamiento, resultado de una dedicación total que llega a punto crítico en el caos ordenado del rodaje, sin embargo, dura poco, lo que demora en volver la inspiración. A la hora de filmar, un buen equipo puede llegar a dar mucho más de lo estipulado por su sueldo o itinerario, sobre todo si hay un fuerte sentido de comunidad en el proyecto. Para el maestro de ceremonias de ese circo técnico-artístico (o, si se quiere usar la metáfora de John Ford, el principal arquitecto), cumplir el propósito de tal emprendimiento significa direccionar todas las diferentes energías del grupo hacia un lugar más o menos definido. El cine, en su sentido más industrial o de oficio, es logística convertida en entretenimiento (o arte). Stanley Kubrick lo describió como “tratar de escribir Guerra y Paz en un autito chocador”, si bien “cuando finalmente se logra, no hay muchas alegrías en la vida que se le comparen”. Así fue un poco el sentir de todo lo que Gonzalo Torrens (30) y Jeremías Segovia (29) vivieron al filmar un corto profesional bajo el mecenazgo y la asesoría de Fede Álvarez y Rodo Sayagués, tras ganar el concurso de cortos surgido a instancias del posterior estreno de No respires (2016).

La consigna era mandar por mail, antes del 25 de agosto, una idea de cortometraje que no superara los cinco minutos. Se podía enviar un breve párrafo explicando el concepto, un video de un minuto hablando de la misma, o el guión ya escrito. Los realizadores podían tener hasta 30 años y mandar cuantas ideas quisiesen, pero tenían que caer dentro de los géneros terror o ciencia ficción (o una mezcla de ellos) y transcurrir en una sola locación. Haber estudiado cine o tener experiencia en rodajes no era un requerimiento excluyente pero sí importaba. El ganador recibiría un paquete de producción valuado en 25.000 dólares, cubriendo todos los aspectos de la creación del corto, incluyendo la curación del guión por parte de Álvarez y Sayagués.

De entre 300 historias que participaron, ganó El hada de los dientes (6 minutos con créditos), estrenado en el canal AXN Latinoamérica el 8 de octubre a la media hora después de la medianoche, es decir, la madrugada del 9. Narra la historia de un niño que ignora las advertencias explicitadas en el cuento folclórico y se saca un diente flojo para hacerse del dinero que la anciana mágica deja debajo de la almohada. Esta bruja (versión hemisferio norte del Ratón Pérez) no tolera muy bien eso extirparse un diente con el tirón de una puerta. La terrorífica noche que le espera al protagonista ya se anticipa cuando, diente atado al pestillo, se pone amagar con el movimiento de la puerta y esta se cierra por sí sola. En esa breve y alarmante escena está condensada el alma del relato; el resto del corto y los efectos que produce en el espectador solo pueden experimentarse al verlo, así que más vale decir poco. Eso sí: se nota la calidad técnica de primer nivel y la clara intención creativa detrás de cada secuencia.

El comunicado les llegó disfrazado de broma. Se habían enterado de que eran finalistas y Jeremías abrió el Skype para recibir la llamada correspondiente. Apareció un hombre con acento de otro país y le preguntó si estaba dispuesto a conversar temas legales sobre la historia. Cuando este hombre se retira para darle la silla al abogado, el que sienta es Fede Álvarez, con la noticia de que eran los ganadores. Jermías se creyó broma de los abogados, si bien “apareció Rodo en el fondo, asomó la cabeza, y dije: “Mirá, ¡ahí está Rodo!”, que se escondió enseguida.”

Gonzalo, mientras, se recuperaba de una fiebre considerable y demoró en enterarse, pero una vez que supo se tomó la recuperación con más seriedad. Eso fue el lunes 29. Enseguida comenzaron a girar los engranajes: al próximo día estaban reunidos con el equipo (Gonzalo via Skype) y el miércoles se estaban encargando del casting (todos presentes) que fue lo primero que realizaron en términos de producción junto con la selección de locaciones. El equipo ya formado era parte del premio, y fue provisto por las empresas co-productoras Oriental Features y Mother Superior Films. El corto sería producido por Ignacio Cucucovich (MS) y Diego Robino (OF).

Los directores, Segovia y Torrens, en pleno rodaje.

Los directores, Segovia y Torrens, en pleno rodaje.

La dupla Gonzalo-Jeremías envió un total de 5 guiones al concurso, presentados de la manera en que se suelen pitchear las películas en Hollywood, es decir, con un logline, que sería el breve resumen de la historia. “El famoso high-concept”, señala Jeremías como la base de la infraestructura del cine de género y lo que ellos tenían en la mira: relatos con una premisa dramática bien concisa. Si para E.T., el extraterrestre (1982) sería “un niño que descubre y se hace amigo de un alienígena”, para No respires giraría en torno a “un grupo de ladrones que decide robar la casa de un hombre ciego”. De esa semilla, de esa consigna narrativa, de esa idea germinal se trabaja y encauza todo el contenido asociado a la idea. Jeremías: “A mí me pasó por ejemplo con La mujer rota que la imagen que me venía a la cabeza, la imagen que arrancó todo, era la de una mujer herida adentro de un ascensor subiendo a un último piso. No sabía qué le pasaba. […] Y acá la imagen que surgió fue esta del niño con un diente atado al pestillo.”

Es preciso notar que tanto Demasiada agua (Gonzalo Torrens & Nicolás Botana, 2010; 14 min.) como en La mujer rota (Jeremías Segovia, 2012, con guión escrito junto a Gonzalo; 8 min.) la incertidumbre da lugar al desarrollo de la historia y no al revés. Los géneros implicados también se encuentran con los órdenes subvertidos: lo oscuro y misterioso se mezcla con el humor y lo absurdo, como si David Lynch se fusionara con Spike Jonze. Es que para muchos uruguayos, cualquier adopción de modelos importados debe recontextualizarse o convivir, en cierta medida, con su parodia. Etiquetas aparte, podría decirse que El hada de los dientes es, de ambos, el corto que más se queda dentro de un género definido y en el que la premisa se establece ya en el comienzo cuando el niño nos lee el cuento de hadas.

De la misma manera en que el espectador percibe la película y está en un constante juego de sentir curiosidad o proyectar posibles desenlaces, así trabajaron la escritura de sus guiones, parándose en una imagen disparadora y preguntándose por qué estaban ahí. Muchos guionistas hacen lo mismo y Mario Levrero tenía un procedimiento similar para conseguir material literario: solía auto-hipnotizarse para investigar, mediante algo parecido a la imaginación activa, qué más albergaba el universo detrás de una imagen recurrente o un sueño que había tenido (su novela París es un excelente ejemplo).

Lo que también es relativamente común, y sumamente efectivo, es el método de trabajo, suerte de taller de escritura, que venían empleando Gonzalo y Jeremías, junto a Nicolás Botana, antes del concurso. El caso de Fede Álvarez y Rodo Sayagués con No respires es similar y tuvo más o menos las siguientes etapas: primero surgió el concepto inspirado en diversas imágenes o ideas, después hicieron lo que allá se llama treatment, que sería como la película hecha cuento, narrada en no más de tres o cuatro páginas, luego uno de ellos escribió un borrador del guión y después el otro corregía o rescribía fragmentos, y así se reunían periódicamente para revisar y conversar cambios.

Había mucho de la producción del El hada de los dientes que, debido a los tiempos, estaba necesariamente pre-configurado, pero el casting implicó sumar gente nueva. Haber tenido experiencia con otros actores fue sin duda una ventaja: “Teníamos medio definido quién iba a hacer el rol de la madre. Sabíamos que iba a ser Romina Peluffo. Jere tenía ganas hace tiempo de filmar con Romina. A mí también me pasaba lo mismo, y era un consenso, sabíamos que iba a ser ella”. Por otro lado, el hada de los dientes fue querían que fuese Estela Mieres, quien había trabajado en Demasiada agua con Gonzalo: “Además de ser una formidable actriz, es una formidable persona, y yo quería que fuera el hada de los dientes, pero no dábamos con el contacto”. Gonzalo logró ubicarla y, acostumbrado al ritmo acelerado, se tomó un taxi y le hizo el casting en su casa.

El principal y más delicado componente del elenco, el niño, no demoró en ser elegido. Jeremías, que contaba con experiencia como recreador infantil, comentó: “Como yo trabajo muchas veces como asistente de dirección, tenía algunos niños vistos y entonces estuvo bueno porque ya había trabajado con Lucas Fresero hacía muy poco, sabía cómo trabajaba él, cómo se manejaba en un horario relativamente extenso de rodaje. Justo además se le había caído un diente. Entonces hicimos el casting de niños pero ya con algunos niños preseleccionados, no fue un casting genérico.

Jeremías Segovia y Gonzalo Torrens (directores) junto al protagonista del corto.

Jeremías Segovia y Gonzalo Torrens (directores) junto al protagonista del corto.

Durante la preproducción también trabajaron con el guión junto a Fede Álvarez y Rodo Sayagués, tanto por medios electrónicos como en persona. Ambos habían llegado hace poco tiempo a Uruguay después de un intenso tour de prensa para atender a la avant première de No respires que tuvo lugar en el Montevideo Shopping el lunes 5 de septiembre. Rodo incluso aprovechó para tocar con su banda, Jacqueline. “Básicamente, la ayuda vino más por ese lado, cómo resolver la historia, cómo potenciarla”, dice Jeremías, y Gonzalo agrega que la experiencia de trabajar con ellos fue amena y sumamente interesante, sin ningún tipo de jerarquía: “En general estábamos en el 90% de los casos de acuerdo, y eso está buenísimo también porque somos unos pibes que estamos arrancando y [Fede] está con su segunda película allá, o sea, era una charla de realizador a realizador”.

Tras una semana y media de preproducción comenzó el rodaje y para cuando había pasado un mes el corto estaba terminado. La filmación duró una jornada y media “pero fue una jornada y media muy extensa y muy dificultosa” en la que hubo que coordinar efectivamente un sinnúmero de factores cuya evolución apenas podrían haberse contemplado en tan poco tiempo de preparación. Cada día de rodaje es una serie de obstáculos diferentes cuyo surgimiento a veces no puede ser previsto ni por los más veteranos. La falta de experiencia con un equipo profesional les jugó una mala pasada en relación a un plano que ellos habían imaginado de otra manera (aunque como está en la versión terminada del corto, es brillante), si bien la impresión general es que estuvieron a la altura del desafío.

Jeremías describió este proceso metafóricamente como un simulador de batalla y sintió que fue como filmar “un largometraje concentrado en un mes de trabajo”. Ambos tienen un logrado currículum y viven, en mayor o menor grado, del cine (Gonzalo como docente en la ECU y Jeremías como asistente de dirección), pero cada instancia para practicar el oficio es una oportunidad valiosa porque todo rodaje es una colección de problemas únicos y en base a eso se construye la carrera de un director. “El imprevisto”, comenta Jeremías, “es también la gracia de filmar. Es la antítesis de la rutina. Nunca te vas a encontrar un día igual al otro.” Y Gonzalo, haciendo eco de las palabras de Krzysztof Kieślowski cuando dijo que si lograba realizar un 30% de lo que se había imaginado quedaba satisfecho, agregó: “Vos nunca filmás la película que escribís”.

Por otro lado, destacan el apoyo moral y psicológico de Gustavo Hernández, Ignacio Cucucovich, Santiago Paiz, y Federico y Gonzalo Moreira de La Mayor, en diferentes partes del arduo proceso. El feedback constante de tan buena compañía fue central a la hora de llevar el corto a su mejor versión posible. La postproducción fue tan cargada como todo lo que vino antes, ya que había que darle a la historia pesadillezca, entre otras cosas, una rica y profunda dimensión sonora. Sin embargo, había suficiente equipo como para que Jeremías y Gonzalo se concentraran en dirigir.

Cuando comenzaron la postproducción, el editor ya tenía un corte preliminar, una de esas cosas que los realizadores amateur anhelan en secreto. “Yo siento que fue un gran entrenamiento para dirigir. Creo que fue un excelente campo de entrenamiento para el rol de director”, comenta Gonzalo. “Fue una cosa que nos profesionalizó”. Equipo de aproximadamente 40 personas, un presupuesto considerable, filmar con un niño, efectos especiales y una fecha de transmisión fijada; a pesar de desempeñarse incansablemente, el día de la transmisión por televisación tuvo que posponerse acorde a un panorama más realista, pero ninguno de los involucrados demora en resaltar que la principal sensación operante en todo el proceso fue una de aprendizaje y agradecimiento, recompensa invaluable más allá del resultado.

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El cargado itinerario de una producción como la que tuvo El hada de los dientes terminó siendo una fuerza benigna que los dejó con un corto de calidad profesional en un mes, otra gran diferencia con las filmaciones amateur en las que el realizador, además de cumplir varios roles,  experimenta, medita, reformula, no tiene que responder ante decenas de personas y está más o menos a la merced de su propia lucha interna entre ociosidad e iniciativa. “Es un panorama distinto, no es que sea mejor ni peor”, reflexiona Gonzalo, señalando que, tal vez, en un ambiente profesional se pierden algunos procesos de búsqueda más espontáneos en pro de lograr soluciones técnicas y narrativas que funcionen en un escenario a contrarreloj.

Eso sí, con un equipo como el que los acompañó, esas soluciones prácticas normalmente tienen la garantía de contar con el talento de varios profesionales. John Carpenter, metido de lleno en el rodaje de La cosa (1982) en un páramo helado de Alaska a 1200 metros sobre el nivel del mar, hizo un balance similar cuando fue entrevistado por el crítico Jonathan Rosenbaum: el tiempo y el dinero se vuelven los dictadores absolutos del proceso creativo y se extraña la libertad de exploración que permite una película de bajo presupuesto, pero el material filmado por un equipo de alto calibre en circunstancias difíciles puede llegar a ser increíble.

¿Qué es esto de filmar cine de fantasía, terror o ciencia ficción en Uruguay? El hada de los dientes, que compitió con otras 300 historias de género, es un fuerte vocero de la transformación que viene atravesando el cine uruguayo y que cada día gana impulso. Los cortos de terror de Marco Bentancor y Alejandro Rocchi, por ejemplo, nada tienen que envidiarles a los que se hacen en otras costas. Gonzalo: “Yo trabajo con la ECU y sé que las generaciones nuevas por lo general traen historias y reivindicaciones que hacerle al cine y a la cultura”.

Jeremías comenta que no nos han faltado razones para perderle confianza al cine uruguayo, y que su vez los realizadores tienen que remar contra esas expectativas. Gonzalo repara rápidamente en que “[algunas películas uruguayas] no son malas porque son lentas, muchas veces son malas porque de verdad no pasa nada y el cine de no pasa nada no es interesante en ningún lado. […] Whisky es una obra maestra donde pasan un montón de cosas, y ahí está la diferencia, cómo una película puede tener ritmos diferentes, diferentes al ritmo de una película mainstream, menos ágil y menos dinámica, pero ser igual increíblemente cinematográfica y poderosa. […] Me parece que el error está en interpretar que en Whisky no pasa nada y hacer películas donde no pase nada.

No es que hay que educar a los espectadores, no, que se eduquen los cineastas, que hagan películas donde pasen cosas, que hagan películas para ser vistas en un cine.

¿Podría Hollywood filmar más películas aquí? Sí, dijo Fede Álvarez en la charla del Círuclo Uruguayo de la Publicidad, pero los estudios te piden que pongas la mitad de los costos del rodaje local, y eso es muy poco probable que suceda, a pesar de ser una interesante fuente trabajo y capacitación. ¿Podríamos nosotros acceder y crear un cine que compita con ese mercado, al menos técnicamente? Sí, también, y El hada de los dientes es prueba de ello. Además, muchos de los que trabajaron en No respires eran uruguayos, incluso en campos tan especializados como efectos visuales (estudio Aparato, con base en Pocitos). Hoy en día hacer cine es más barato que nunca, así que vale reiterarlo: poco sirven inversiones millonarias si no hay un cambio en la forma de hacer y pensar, si no hay comunicación entre empresas, artistas e instituciones, si no estamos dispuestos a ir más allá de nuestro propio bien y, como hacen los cineastas independientes, no esperar a nadie, juntar gente y salir a hacer. Generar, en fin, ese espacio, en la calle y en el alma, donde pasan cosas.