ALIEN: COVENANT (2017)

Melodías familiares, consonancias diferentes

Los integrantes de la nave colonizadora Covenant, destinados a asentarse en el distante planeta Origae-6, se encuentran, poco después de sufrir averías, tragedias humanas y encontrar una transmisión perdida, con el siguiente dilema: seguir el curso estipulado y volver a la criogenización por siete años más, o aventurarse al cuerpo celeste de donde viene la confusa y misteriosa señal, perfectamente habitable y a tan solo unas semanas de distancia. Por cambios jerárquicos y traumas recientes, la Convenant y su tripulación se perfilan al planeta descubierto hace poco, decisión que lleva la trama a su violento y agitante desarrollo.

Hay algo que suena familiar, sí. Para los fanáticos de la saga, el concepto detrás de Alien: Covenant se parece mucho al de la primera entrega, Alien: El octavo pasajero (1979): una señal transmitida desde una luna poco investigada hace que, por reglamento corporativo, la nave tenga que desviarse y descender para prestar auxilio. LV-426 guarda en su tormentoso aire y superficie una extraña nave alienígena que chocó hace mucho tiempo, en la cual no hay nada excepto el enigmático fósil de lo que podría ser el piloto y un nivel inferior lleno de huevos. Cuando uno de los tripulantes examina un huevo, este se activa y lanza a la cara del curioso una criatura de ocho patas huesudas y una cola larga que se pega a su cara, inserta una probóscide en la boca y deposita un embrión en alguna parte del tórax. Resumiendo, el protocolo de cuarentena se ignora por orden del capitán y el infectado eventualmente resulta ser el anfitrión temporal de una terrible bestia de cabeza alargada que crece en tamaño hasta superar el de un hombre. La tripulación no tiene a dónde ir y la criatura los va aniquilando uno a uno. La memorable heroína encarnada por Sigourney Weaver termina siendo quien, por obra del destino, es la que se enfrenta a la bestia hasta el final. Escribió Luis Elbert en su reseña de la original: “Lo que hay aquí es el viejo tema de la vida en peligro ante fuerzas demasiado poderosas, y la película juega sus mayores cartas a ese oscuro atractivo público. Lo demás, es en realidad lo de menos porque se trata del envoltorio con que aparece presentada esta nueva incursión en la angustia.”

Alien: Covenant tiene algo del ADN del film génesis (reutiliza partes de la icónica banda sonora, por ejemplo), pero también ha mutado para adaptarse y diferenciarse en el siglo XXI. Lo que sí, la presencia de estos lazos sanguíneos establecen de por sí una mejora sobre su iteración anterior, Prometeo (2012). Es innegable la continuación de ciertas cualidades que hicieron de El octavo pasajero un gran ejemplar del género, como la cuidadosa construcción de espacios y la degustación de atmósferas, la trama contenida y bien explotada, los sustos, los saltos, el encuentro con situaciones y detalles que cautivan la imaginación y un ritmo narrativo desenfrenado pero balanceado. Por su peculiar ubicación en la historia de la saga y la evolución de la industria cinematográfica en lo que ya son casi cuarenta años, Alien: Covenant no cultiva tanto el miedo en base al encuentro con la encarnación de un horror incomprensible y amoral, donde la ciencia se fusiona con la pesadilla, sino el miedo en base al daño físico, la traición y la posibilidad de una terrible metamorfosis (hay algo de La cosa (1982) de John Carpenter). La película tiene su cuota de acción y pulsos de thriller, aunque no deja de lado las preocupaciones con todo lo relativo a la creación de vida y la manipulación genética, asuntos centrales que en Prometeo pierden gravedad o importancia por estar en una niebla de incongruencias narrativas.

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Esta nueva entrega de Ridley Scott no es gran ciencia ficción (aunque su prólogo y final rozan esas alturas), pero sí se destaca por otorgarle al espectador un ajetreado paseo por latitudes peligrosas, con “trucos muy típicos del cine industrial de suspenso, explotando hasta último momento el mecanismo tensión-distensión-tensión-distensión” (Elbert, describiendo El octavo pasajero), que no por ello pierden efecto o validez. Lo que sin duda aplica es la inercia con la que se dan los eventos de la trama y se toman las decisiones: “Como si personajes y espectadores estuvieran a bordo del Tren Fantasma, todo ocurre como en una fuerte experiencia emotiva, fantasiosa, cuya eficacia depende de su carácter no-racional y de la actitud pasivamente receptiva del espectador. Y para refrendar esto, la película incluye todavía otro viejo cliché: el villano es el científico, el que piensa y razona, el que tiene motivos ulteriores para sus actos”. Para rematar lo antes dicho, el capitán de la Covenant, el que decide cambiar de rumbo e ir al lugar donde aguarda el desastre, es un hombre religioso. Las connotaciones de esto, sin embargo, han cambiado un poco en los últimos tiempos. Ya no es tanto humanidad vs. ciencia sino ciencia usada para propósitos buenos, ciencia de la cual dependemos, en contraposición a las manipulaciones más oscuras del conocimiento científico (androides fieles versus androides con características demasiado humanas). Hoy por hoy, donde la coexistencia de los grupos fundamentalistas religiosos con los conocimientos universalmente compartidos de la ciencia se siente más contrastada que nunca, el problema no es la des-humanización sino el embrutecimiento y las búsquedas de dominación; el científico sigue siendo loco pero además es vengativo y tiene ambiciones para con toda la humanidad (puede decirse que una de las mejores cosas de la película es Michael Fassbender).

La tripulación también es diferente y provee un interesante cambio de resonancias a la hora de considerar las consecuencias dramáticas de lo que sucede. “Los siete tripulantes de la nave tienen características distintas que permiten su individualización psicológica”, dice Elbert acerca de la nave Nostromo, y en la Covenant se diversifica: la tripulación está constituida más que nada por parejas, tiene 2000 colones durmientes y un montón de embriones refrigerados. Tal vez signo de nuestros tiempos, donde todo debe ser lo más grande y global posible, la película sin embargo sabe darle tiempo de pantalla a los personajes secundarios sin que los protagonistas naufraguen en la polifonía. Encontrar un nuevo hogar es la esperanza que alberga Daniels (Katherine Waterston), pero lo único que puede hacer es sobrevivir. Si hay un paralelo entre la situación de la tripulación de la nave y lo que está pasando con refugiados en muchas zonas de nuestro planeta, hubiera necesitado más desarrollo. La consigna, de todas formas, poco tiene que ver con eso.

De las cosas que Covenant no se salva está el viejo hábito de “no pensar” que suelen tener los pobres diablos que padecen este tipo de desventuras. Lo dijo Elbert en 1980 y lo dijeron varios; estos personajes son incapaces de tomar decisiones objetivas y racionales o las circunstancias se lo impiden. De otra manera tal vez no hubiera cine, historia. Por otro lado, es más fácil pensar en soluciones inteligentes desde la butaca que imaginarse lo que puede llegar a ser encontrarse en una situación así. La seguidilla de revelaciones y tragedias, una tras otra, es lo que no deja pensar demasiado en cuanto a los pasos a seguir y a la vez lo que le da a la película su poder para incomodar y sorprender al espectador. Parte de la excelente reseña que hizo Elbert de la entrega original consistió en hablar de la evolución de la película taquillera, la pasividad del espectador y la doble actitud de la industria del cine, la cual encarna ciertos males que critica. Hoy en día eso sigue siendo cierto, como el hecho de que los estudios siempre fueron los agentes de una dominación cultural y que su búsqueda por nuevas formas de imponerse y atraer a los espectadores es por momentos cuestionable. Si a El octavo pasajero se le puede acusar de estas cosas, Alien: Covenant es aún más culpable, pero nada de esto es nuevo y no le quita mérito a las cosas que Hollywood sí hace bien.

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Las películas de Ridley Scott, de variada calidad e importancia, siempre tuvieron una impronta estética bien trabajada, y en ocasiones memorable (Los duelistas, Alien, Blade Runner, Leyenda, Lluvia negra, Gladiador, Reino de los cielos, Gangster americano, El consejero). Alien: Covenant no es la excepción. El pecado estético de esta película (como su predecesora, Prometeo) es el abuso de la computadora a la hora de generar los monstruos y las consecuencias físicas de su actuar. Los alienígenas que aparecen en la pantalla carecen invariablemente de la calidad que podían aportar las “marionetas” reales de las primero cuatro entregas en la mayor parte de sus apariciones. En estas instancias de encuentros cercanos con bestias del espacio profundo y transformaciones corporales, la impresión de realidad sensorial es fundamental, y el CGI no está ni cerca de sustituir lo que un hábil maestro de efectos especiales prácticos puede lograr. Parece broma, pero también es un tema de iluminación. El xenomorfo es una criatura estéticamente fascinante (cortesía del artista suizo H. R. Giger) que funciona mucho mejor cuanto menos luz haya. En Alien: Covenant no deja de captar la atención pero sufre de sobre-exposición, eco de nuestra época donde todo está al alcance de las cámaras. Las apariciones del alien y los bloques de tensión, aquí son mejores que en Prometeo, pero siguen acarreando algunas inclinaciones de mal gusto. Por otro lado, Alien: Covenant cumple con creces en las puestas en escena, y cuando explora y expande las ramificaciones biológicas del terrible patógeno que genera estos seres. Son cruciales en estas películas las especulaciones más o menos científicas y su realización artística, la presentación de atmósferas de otro mundo, la textura y los detalles de los elementos que pueblan la escenografía y el potencial imaginativo o filosófico que puedan llegar a tener las partes más conceptuales. A fin de cuentas, uno no va al cine para estudiar las minucias de la causalidad del guión. Covenant, que ahora tiene que enfrentarse a una audiencia acostumbrada a series con elaboradas cronologías, hace lo mínimo indispensable, y eso está bien.

No puedo hablar por todos los fanáticos de la saga. En mi humilde opinión, esta última incursión en el universo de la corporación Weyland y la experimentación biológica merece ida al cine, por qué no más de una vez. No es para todo el mundo; por más que suene familiar a El octavo pasajero, tiene mucho más violencia y ambiciones grandielocuentes. Tal vez un poco más de Wagner (no solo la música, que toca con gracia algunos segundos de la película, sino lo que significa el arte en la película) y menos computadora le hubieran suavizado algunas asperezas, pero es lo que es, y funciona. Mi respeto al equipo y a su director Ridley Scott, que con 79 años todavía puede hacerme retorcer en la butaca.

** Aprovecho para recomendar la grabación completa de la banda sonora de El octavo pasajero, compuesta por Jerry Goldsmith. Fue lanzada por el sello Intrada. Es uno de los mejores soundtracks de la historia del cine, criminalmente poco utilizado en la película (aunque por otro lado, se entiende que Ridley Scott la utilizara de forma más funcional)


Título: Alien: Covenant / Año: 2017 / Duración: 2h 2min / Presupuesto: US$ 111,000,000 / Director: Ridley Scott / Escritores: John Logan y Dante Harper (guión), Jack Paglen y Michael Green (historia en la que se basa), Dan O’Bannon y Ronald Shusett (escritores de la Alien: El octavo pasajero) / Elenco principal: Michael Fassbender (Walter/David), Katherine Waterston (Daniels), Billy Crudup (Oram), Danny McBride (Tennessee). / Música: Jed Kurzel / Director de fotografía: Dariusz Wolski / Editor: Pietro Scalia / Productores: David Giler, Amy Greene, Walter Hill, Mark Huffam, Hannah Ireland, Teresa Kelly, Michael Schaefer, Ridley Scott. / Cámara: Arri Alexa XT

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